RECUADROS MONOVEROS
José Payá Bernabé.
Luis Quiles Picó nació en Monóvar en 1923.A los trece años, le sorprende la guerra civil. Los números, las cuentas, los listados, se le dan bien. Pronto empieza a controlar, como ayudante de oficina, piezas de aviación en una nave frente a la Gilma. De ahí pasa a Gilma; Soli; Palomares y Cía y a las Bodegas de Isidro Gran, donde despierta su auténtica vocación: las representaciones de envases de cartón para embalaje; de hilo o de alcohol para quemar. Sin embargo, ansiaba la independencia, ser agente comercial, para lo cual reúne una condición innata: su verbo fácil. Poco a poco, su profesión de Agente Comercial va consolidándose, fundamentalmente en artículos de marroquinería en los ámbitos de Albacete, Alicante y Murcia. Con los años, asiste, frecuenta y comercia en las Ferias de Madrid, Barcelona, Milán y Bolonia.
Desde un punto de vista familiar, Quiles Picó se casó en Monóvar el 23 de abril de 1949. Fueron sus testigos Joaquín Palomares Vidal y Dolores Pina Vidal. La ceremonia la ofició el sacerdote José María Ramos Climent. El matrimonio tuvo cuatro hijos: Consuelo, Mª Luisa, Luis y Carlos.
Aún cuando lo más importante para el protagonista de esta historia era la familia, también formaban parte de su vida “El Palera”, la Sociedad Cultural Casino de Monóvar y el “Mojón 6”, lugar kilométrico de la carretera Monóvar-Novelda donde Quiles había creado su paraíso particular traducido a una espléndida Casa de Campo en la cual disfrutaba regando, sacando hierba, paseando y trabajando, incansablemente, sin horario.
Pertenecía a la Peña Mitja Coca que conforma una activa y culta tertulia en el Bar Olé. Integraban la misma Raúl Gran, Jesús Gran, Primitivo Quiles (padre), Pepe Albert Herrero, Paco Albert Herrero, Emilio Albert Herrero, Salvador Amorós, Joaquín Albert Herrero y él. Daba gusto verles conversar, sin prisas, pero con sapiencia.
Quiles estaba harto de ver los achaques de sus contertulios: falta de memoria; operaciones, dolores lumbares; problemas de odontología… Se rebelaba al pensar que alguno de estos síntomas pudiera afectarle aun cuando sólo fuera “por simpatía”. Resistió lo que pudo. El 6 de diciembre de 2002, era operado de urgencia. Durante los seis meses siguientes, fue un constante espejo de coraje, de fe, dando una lección imborrable a sus seres cercanos. El 13 de junio de 2003 fallecía a los ochenta años menos cinco días.
Su impronta, su buen hacer, permanecerá en el corazón de muchos monoveros y monoveras. Quiles tenía unas aficiones que eran un ejemplo: escribir, pintar de forma autónoma y cuidar su refugio de la calle Lope de Vega. Allí, entre sus vinos, de los cuales estaba enamorado, pasaba horas y horas cuidando primorosamente su bodeguilla.
Si tuviéramos que definir a Luis, empezaríamos por decir que era un optimista de la vida, lo cual, en los tiempos que corren, no es poco. Además, era modesto, realista y perseverante. Una persona que no imponía y sí proponía. Un ser que luchó hasta el final sin desmayos. Esto último es incuestionable: con goteros o sin ellos, repleto de medicación, con flojedad en las piernas y demás, pintó un cuadro de la calle de La Torre para remitírselo a su amigo Constantino Pérez Peinado, monovero residente en Móstoles; corrigió un libro inacabado sobre su vida profesional; repasó sus ensayos inéditos y, quince días antes de espirar, compuso dos artículos sobre Paco Peiró y “los Picó-Pérez” para el Programa de Fiestas de este año. No tenía fuerzas y, sin embargo, los fue pergueñando lentamente en su máquina de escribir. Pero lo más llamativo es que el 25 de mayo de 2003, acompañado de sus hijos, en un vehículo particular, “cumplió con el deber” - como él diría -, de ejercer su voto en las elecciones municipales y autonómicas. Quiso cumplir hasta el final y lo hizo. Tuvo la mente despejada hasta el último instante. Era de una pasta especial y quiso demostrarlo. Quiles decía que hay que tener la cabeza ocupada para no escucharse. Era su manera de advertir que así se evitan los malos pensamientos. Una norma de vida que, en su caso, transmitía seguridad y serenidad.
Su espíritu continúa paseándose hoy por su campo, El Cid, Boni, Som Nou, Casino, Olé y Casa-Museo Azorín, animando a todos a “tener la cabeza ocupada”, a divertirse y, si es posible, culturizarse; algo que a él siempre le cautivó como puede verse en su obra Así fue (2000), una biografía apasionada de un adolescente, en sus propias palabras. Quiles fue una persona equilibrada, amigo de sus amigos, entre quienes no debemos dejar de recordar a Luis Boix (padre) y a Raúl Gran, a quienes visitaba con asiduidad. Descanse en paz.