"Paco Peiró, in memoriam".

Por José Payá Bernabé.

 Al inolvidable Enrique Vidal Pina..

En El Veïntat de junio de 2002, Xavier García – pintor de excelente futuro -, María Sánchez, Rafael Poveda y José Poveda Giménez – nuestro dinámico e intuitivo Cronista Oficial -, han coincidido en calificar al pintor Paco Peiró, tristemente desaparecido , de gran hombre, artista y caballero. Por la amistad que me unió a él y por la admiración que me inspiró no puedo por menos que adherirme a ellos.

Paco Peiró – al igual que Paco Montoro y Paco Pérez Verdú -, han sido y son personajes impares de nuestra cultura local y universal. Sé que se me acusará de exagerado, pero si repasamos sus biografías, producciones y monoverismo más allá del aspecto local , comprenderemos que han dejado una impronta, una manera de ver Monóvar como una ciudad abierta a cuantos nos han visitado, especialmente desde el punto de vista pictórico, literario e histórico. Los tres han coincidido en un tiempo y, en sus primeros y últimos años, en un espacio – Monóvar -, y en una forma de actuar: intentar engrandecer nuestra cultura, cada uno con sus cualidades de artista, crónista, orador o historiador.

Peiró ha tenido una vida llena de sobresaltos, máxime en su última etapa. Muchos de éstos han sido positivos, ya que se ha reencontrado plenamente con su Monóvar, tras bastantes años de pervivencia en la capital del Turia. Además, por su humanidad y buenas maneras, ha logrado el reconocimiento de todos los sectores monoveros: Palera, Concejalía de Cultura, Casino, Tertulia "Amigos de Azorín", Casa-Museo Azorín, Coral Monovera, Asociación Amas de Casa, Hogar del Pensionista, Biblioteca Municipal, Asociación de Estudios Monoveros, El Veïntat, el Programa de Fiestas, Radio Monóvar… Paco era querido y se sentía querido. Su entierro, tan rápido, tan inesperado, no nos cogió de sorpresa. Una intensa riada humana desfiló para dar su pésame. No podía ser de otra manera, dado su carácter y su cortesía para jóvenes y mayores.

Coindidimos en decenas de actividades culturales; asistimos a sus exposiciones; le vimos pintar en el Museo, Casino, Santa Pola, en su casa, en la calle… Disfrutaba con cada pincelada; se ensuciaba los dedos perfilando algún apunte; iba continuamente a Muebles Salvador Martínez a elegir un marco; revisaba sus folletos; preparaba concienzudamente sus exposiciones. Quedó muy satisfecho de la última exposición que el Casino organizó a su hija, de la que destacaba su arte por los retratos, una técnica que a él le costaba tanto, a diferencia de los bodegones de cobre, libros o flores que tan bien le quedaron siempre.

Sus achaques, propios de la edad, le impedían pintar como quería. Vendió cientos de cuadros. Fui testigo de más de una venta y de su generosidad a cuantos se interesaron por su obra.

Este invierno vino a la Casa-Museo una investigadora de la Universidad de Barcelona, Gemma Marquez. Quería hacer – y está haciendo -, una tesis doctroral sobre "Azorín y la pintura". Le mostré las cartas de Azorín dirigidas a Paco Peiró que se conservan en el Museo. Enseguida brotó su interés por conocerle, ya que no existen tantas cartas de Azorín dirigidas a pintores, a pesar de los cientos que le retrataron. Peiró se mostró encantado de que fuera a su domicilio a entrevistarle. Nadie podía prever que fuese su última entrevista. El mismo día que falleció, llamé a Gemma. Le pedí que revisara sus apuntes y que, si era factible, mandase un artículo con su entrevista. El artículo va junto al nuestro en esta revista a la que Peiró quería tanto, en la que colaboró con escritos y con reprodución de sus cuadros en la portada. En la entrevista se aprecia, una vez más, que Paco vivió y sufrió hasta el final por lo que más amó: su familia, su pintura y su Monóvar.

Decían Xavier García y María Sánchez que Paco vivirá entre nosotros porque su obra "está presente – ingente, prolífica, variada, con bodegones y flores bellísimas -". Y así es: Peiró realizó más de un millar de bodegones. Unos, de libros; otros, de bronce; otros más, de flores. En muchos de ellos predominaba, a modo de contraste, un vaso de agua cristalina, pura, radiante. Llamaban la atención esas copas y vasos brillantes. Me recordaba una frase que el escritor Juan Gil-Albert pronunció en Monóvar, en 1985, en una conferencia que dio en la Casa-Museo. Decía Gil-Albert que " tomaramos un libro de Azorín y sumerjámonos en su Tiempo como si bebierámos un férvido vaso de agua natural conservada en un algibe". Búsquemos el fervido vaso de agua en la lectura de Superrealismo de Azorín mientras admiramos la cristalina copa de los bodegones de Peiró. Ambos son perfectos, intemporales y fervientes monoveros. No es casualidad que mantuvieran una vieja amistad durante muchos años.

Peiró se ganó el respeto y la amistad de mucha gente y eso quedó patente en el sepelio; en los comentarios de cuantos le conocieron y en el hecho de que sus lienzos cuelgan de las paredes de muchas hogares de España. Paco Peiró y Enrique Vidal – el otro pintor querido, admirado y prematuramente desaparecido-, amaron Monóvar, contribuyendo a subir su listón cultural. Por eso esta ciudad les debe rendir el homenaje merecido.