(Introducción a Madrid, de Azorín. Madrid, Biblioteca Nueva, 1997).

 

 

Introducción    

                                   

                                                                                           José Payá Bernabé.

 

            Posdata es un libro de Azorín editado, por Biblioteca Nueva, en 1959. Cuando lo redactó contaba Azorín con 86 años. En él narra cómo fueron sus principios periodísticos a su llegada a Madrid el día 25 de noviembre de 1896.

 

            Martínez Ruiz arribó a la capital de España “en un tren lento” y no sabía de qué modo podría vivir. Lo único que sí sabía - como apunta José Mª Valverde[1]-, "es que quiere y debe ser periodista". Una vocación inherente en él. Un deseo que arrastra desde su más tierna mocedad.

 

            En Madrid comienza a dejarse notar en El País, de cuya redacción es expulsado por su radicalismo y en El Motín[2], donde fustiga al mundo literario y eclesiástico. A los veinticuatro años, publica su célebre Charivari. La crítica fue contundente: Martínez Ruiz era un muchacho con talento que había buscado un mal camino para hacer saber al público sus cualidades. Le achacan el poner de manifiesto hechos que pertenecían a la vida privada de literatos de valía y reproducir conversaciones que había arrancado en la intimidad y que nunca debieron ser de dominio público. Sólo Clarín, el temido crítico, acertó a ver algo positivo en tan polémico librito y, desde Madrid Cómico, el 8 de Mayo de 1897, en su famoso Palique, dio un poco de aliento al incipiente escritor monovero :

 

                   “Pero no quememos el libro /Charivari/, aunque lo merezca; porque dentro hay una honra literaria que no merece el fuego; y que tal vez un día, si hoy se le hace justicia verdadera, esto es, caritativa, nos dé un escritor talentudo, templado, noble, que será el primero a condenar estas atrocidades de ahora. Si la crítica estuviera en estado de sitio, no escapaba Martínez Ruiz sin los cuatro tiritos. Pero, como no lo está, no hay para que ser sumarísimos”

 

             Así las cosas, Martínez Ruiz regresa a Monóvar, su ciudad natal. Cuenta que cada vez que se veía en el pueblo “le embargaba una incertidumbre angustiosa”, pues pensaba: "Ya, definitivamente, no seré nada". Anhelaba triunfar, desarrollar aquello para lo que creía servir : ser un buen periodista. En Posdata confiesa que " amaba el pueblo, amaba las gentes del pueblo; amaba el campo" pero ansiaba la viva literatura; la vida fecunda de las redacciones y editoriales :

 

                   "No podía resignarme al fracaso (...) No; yo en Monóvar -retraído a la fuerza-, sí sentía que la Fama, con voz pregonera, no cantara mi nombre".

 

            En Monóvar, “la ciudad apacible”, en su caserón de la calle Salamanca número 6, refugiado en su cuarto de trabajo, Martínez Ruiz lee y relee, medita, reflexiona y escribe una y otra vez. Aspira a ser un maestro en la propiedad del lenguaje. Cuida los pormenores, los detalles, con meticulosidad. Le placen los diccionarios; los estudia en vez de consultarlos. Anota los vocablos en su minúscula libreta de bolsillo y luego, en la intimidad, consulta el diccionario para no incurrir en un vocablo impropio. De nuevo, torna a revisar sus escritos cuidadosamente. Redacta con una prosa expresiva, dinámica, limpia, personalísima. Busca la innovación e intenta escribir de un modo fino, terso, expresivo y flexible. Su estilo se va perfeccionando y brota un nuevo literato que haya la inspiración no en la realidad, sino en los libros[3].

 

            Martínez Ruiz regresa a Madrid. El derrumbe histórico de 1898 conlleva que tiemble el gobierno, suba el pan y se respire un aire de pobreza. Emprende diversas campañas tratando de transmitir a sus lectores la preocupación por lograr un porvenir de bienestar y justicia para España. Junto a Pío Baroja y Maeztu, forman el grupo de Los Tres y, en un manifiesto conjunto, exponen :

 

                    " Hay en la atmósfera moral de este período en que vivimos un fermento tan enérgico de descomposición, que dogmas, utopías, fórmulas metafísicas, todo lo que no tiene una base positiva y exacta, aunque nazca lozana y fuerte, lo digiere el ambiente con una rapidez inverosímil".

 

            Unamuno[4] - mentor y guía espiritual del grupo -, pide la llegada de una juventud que haga realidad ese equilibrio que España necesita. Baroja se queja de que " los viejos no supieron hacer de una patria grande, negra y triste una nación próspera y feliz". Los Tres tuvieron la idea de hacer un monumento a los combatientes de Cuba y Filipinas. Redactó Martínez Ruiz el mensaje a la opinión pública. El general Polavieja les prestó su concurso y el monumento fue erigido en el Parque del Oeste de Madrid.

 

            De lo que aconteció en aquellas fechas hay bastantes testimonios. Francisco Grandmontagne opinaba:

 

                   " Fue el Desastre el punto de arranque de la renovación (...) La crítica dura, áspera, cáustica, implacable del 98 fue utilísima, iniciándose bajo tales acicates la era de la reorganización".

 

 Azorín, años más tarde, resumía su actuación con estas palabras:

 

                   " El Desastre significaba la quiebra ruidosa, clamorosa, de multitud de ideas y sentimientos hasta aquel momento válidos, prestigiosos. Desde 1898 para acá, ya la crítica política y social se va sistematizando; se robustece una convicción capital, esencial: la de que es preciso un cambio radicalísimo en la vida española". (...).

 

                    " ... el trabajo principal de nuestra contricción y reflexión a raíz del desastre y años después no se limitó principalmente a los tiempos pasados; se comenzó a hacer la psicología de lo actual, del pueblo español de nuestros días".(...).

 

                    “El grupo tenía un ímpetu, un ardor, un gesto de independencia y fiereza, un desdén hacia lo caduco, una indignación hacia lo oficial que no es fácil de emular ni tan siquiera hoy en día”.

 

 

            Los Tres intentaron salvar a España mediante la apertura a las inquietudes europeas, abriendo la conciencia nacional a los valores que poseía Europa. Véase, como dato curioso, la coincidencia entre Unamuno y Azorín a propósito del viejo Continente:

 

                   “... hay que descubrir España, y más allá, Europa”, dice Unamuno.

 

                   "España está por descubrir, y sólo la descubrirán los españoles europeizados. Se ignora el paisaje y el paisanaje y la vida toda de nuestro pueblo" (...); "Tenemos que europeizarnos y chapuzarnos en el pueblo", secunda Azorín.

 

            En 1900, nace El Alma Castellana y, con ella, un Martínez Ruiz innovador. Joan Maragall es uno de los primeros en percatarse. En carta dirigida al prosista monovero, el 22 de enero de 1901, así se lo hace saber:

 

                    " Su Diario de un enfermo me ha sobrecogido por la fuerza plástica de la expresión, por la dureza de claro-oscuro, que tanto corresponde a mi reciente visión de la luz castellana. En algo menos fuerte que he ido viendo por aquí y por allá de otros autores para mí desconocidos, me ha parecido ver la misma tendencia; y todo ello, cobijado por El Alma Castellana de usted, empieza a hacerme sospechar si ustedes los de la nueva generación han vuelto a encontrar, a fuerza de seriedad y sinceridad, el espíritu inmanente del arte castellano en un nuevo sentido de su lenguaje, el sentido de la sobriedad"[5] 

 

            El 1 de octubre de 1901, Pío Baroja y Azorín fundan la revista Juventud con el objetivo de "hacer el estudio de España, cuasi desconocida e ignorada, sobre todo en el aspecto social, efectuando una labor de investigación intensiva". En el espíritu de este grupo late el redescubrimiento de España y la europeización de la misma. Y había otro punto común: su interés por el paisaje, otra de las novedades en el campo literario.

 

            Martínez Ruiz sigue haciendo probaturas en su afán por conquistar la fama literaria. Su originalidad le lleva a promover, junto a Pío Baroja, Ignacio Alberti, Ricardo Baroja, Camilo Bargiela, José Fluixá, Jesús Fluixá, Antonio Gil, un homenaje a Mariano José de Larra, visitando su tumba en el cementerio de San Nicolás, el 13 de febrero de 1901, y honrando su memoria. Para ellos, la figura de Larra debe ser venerada como la de un amigo y un maestro. Imprimen un panfleto en Madrid, en la imprenta de Felipe Marqués, en la calle Madera número 11, dando a conocer públicamente en qué consistió el acto. Recoge el suelto el texto “La tumba de Larra”, firmado por Pío Baroja; el discurso pronunciado por J. Martínez Ruiz y una nota biográfica sobre Larra. Firman el manifiesto "los concurrentes".

 

            Esta singular atracción por los cementerios - origen de otro capítulo de Madrid -, le llevó, años más tarde, a estar presente en la exhumación de los restos de Espronceda. Llegó, incluso, a cortar un pedacito del chaleco del poeta con un botón y lo guardó celosamente en un relicario.

 

            En 1902, compagina artículos sociales combativos, punzantes y polémicos, con campañas contra el juego y la prostitución en Málaga[6]. Adoptan una actitud crítica ante la sociedad. El momento histórico que viven Los Tres queda reflejado en el capítulo “La Intervención social” de este volumen. Es, en este año, cuando Martínez Ruiz crea La Voluntad, obra profunda y llena de novedades, de la cual el profesor Miguel Ángel Lozano ha dicho con acierto:

 

                    "La voluntad (...) muestra su verdadera condición de novelista innovador: ruptura con la forma tradicional - el realismo-naturalismo -, falta de ilación en el relato, aparentes inconexiones (...). Es La voluntad, sin duda, la novela más innovadora, formalmente, de entre las publicadas en 1902, año de especial importancia en lo que a innovaciones se refiere".[7]

 

 

PAISAJE.

 

            La base del patriotismo es la geografía, decía Azorín en Un pueblecito. Riofrío de Ávila. En este sentido afirmó: "No amaremos nuestro paisaje, no lo amaremos bien, si no lo conocemos. Sintamos nuestro paisaje: infiltremos nuestro espíritu en el paisaje". Un tema - el paisaje como motivo literario -, que aflora en varios capítulos de Madrid y que ha permanecido, junto al tiempo, como un hilo constante en la obra azoriniana.

 

             En su Diario de un enfermo (1901) ya comentó que "el paisaje somos nosotros; el paisaje es nuestro espíritu, sus melancolías, sus placideces, sus anhelos". Y es que en el espíritu del 98, latía la idea del redescubrimiento de España y la europeización de la misma. Tenían en común el afán de crear un cambio radicalísimo en la vida española y un interés por el paisaje, otra de sus mayores novedades en el campo literario:

 

                   " Nos quedábamos absortos ante un paisaje y los cuadernitos inseparables del escritor se llenaban de notas. En tal novedad reside el secreto de la innovación cumplida de esos escritores ".

 

             Y es que Azorín, como buen cronista, tenía la afición de rellenar cuadernitos sobre las descripciones de viejos pueblos o sobre cómo eran los campos, sus eras, el horizonte que las circundaba o los tejados de las casas. El mismo, en varias ocasiones, ensalzó esta técnica:

 

                   "¡Cuántos cuadernitos he llenado de notas de antaño!. ¡De notas para la pintura de los paisajes, de los tipos! ¿Será esto un exceso? Un buen aprendizaje sí que lo es. Se acostumbra el escritor a observar la realidad, a ajustarse a la realidad. La voluntad, Antonio Azorín, Los pueblos, están escritos según la anotación minuciosa y exacta de mis cuadernitos".

 

            En sus búsqueda de paisajes, va, a veces, él solo, como en La voluntad, donde, para describirnos un amanecer, se levanta de noche, se envuelve en una manta, toma una pequeña lámpara de aceite y se dirige a la loma que está enfrente del Collado de Salinas y, cuando llega la luz prístina, va tomando notas de cuanto ve para, posteriormente, darle sentido literario e inmortalizarlo en su obra. En otras ocasiones, como en su visita a Toledo[8], Monóvar o Yecla, va acompañado de su amigo Pío Baroja:

 

                    "Juntos hemos viajado Baroja y yo por España, estudiando el paisaje en una época en que el paisaje - al menos tal como lo entendemos hoy - era cosa insólita en la literatura. Juntos hemos intentado reaccionar contra una estética - la anterior a 1898 -, que reputábamos absurda y ridícula. Juntos hemos pretendido llevar al arte un poco de vida y de realidad" (1913)

 

            Esa cosa insólita es una de las mayores novedades de Azorín en la literatura española. Quizá encontró mayor facilidad para captar el paisaje nativo que el castellano, pese a la fama lograda con Castilla en 1912. El mismo intenta explicarlo en "La Gravedad castellana" de Madrid:

 

                   "A un vasco, un vasco como Unamuno o Baroja, no le era difícil llegar a la gravedad castellana. La seriedad vasca es afán a la de Castilla. Variaba mi caso. Nacido en Levante - en la antigua Corona de Aragón - Castilla tenía para mí paisajes, modos y hombres que no eran los de mi tierra. Tenía yo a mi favor para llegar a la gravedad castellana ocho años de internado en un colegio de religiosos, los escolapios, y abundantes lecturas de clásicos castellanos en la adolescencia, en la edad en que más adentro llegan las lecturas".

 

            Azorín supo ver y transmitir en su obra el paisaje de la mayor parte de las comunidades autónomas de España. Ejemplos de esto se prodigan en Castilla, Superrealismo, Madrid o España Clara. Una de las cualidades azorinianas, en las que sobresale con luz propia por encima de cualquier otro autor español de la primera mitad del siglo XX, es precisamente por sus descripciones del paisaje. Lo dejó dicho:

 

                   "Un escritor será tanto más artista cuanto mejor sepa interpretar la emoción del paisaje".

 

 Esta emoción aparece levemente sugerida en Madrid, del mismo modo que su predilección por los pintores Ignacio de Zuloaga, Darío de Regoyos, Carlos Haes, Aureliano de Beruete (a quien dedicó Castilla en 1912) y El Greco, a cuya figura dedicaron el único número de la revista Mercurio. Todos ellos están reflejados en Madrid.

 

 

 

 

PERIODISMO

 

            En Posdata sigue contando Azorín: "Y volví, ahora ya establemente, a Madrid. La angustia de la incertidumbre había terminado. El primer sueldo seguro y de suficiente, lo gané en el diario España".

 

            Este es el origen y el dilema del Azorín periodista: amaba su ciudad natal, pero sabía que el triunfo - el éxito como escritor - estaba en Madrid, en el diario España, en el cual, en 1904, realiza una de las más valiosas aportaciones al periodismo del siglo XX con sus "Impresiones Parlamentarias", elemento muy útil para los amantes de la historia de España. En estos artículos laten Maura, Moret, Silvela, Canalejas, La Cierva y otros destacados políticos del momento. Con estas crónicas Azorín - seudónimo empleado por primera vez el 28 de enero de 1904[9] -, crea un nuevo género periodístico.

 

            No sólo se preocupa de ser original en su estilo y concepción de los artículos, sino que trata de que sus personajes sean también innovadores. Tal es el caso del capítulo de "El buen juez" del libro Los Pueblos, "una de las mejores piezas de este libro y acaso de toda la obra de su autor", en opinión de José Mª Valverde.

 

             En los diarios España, de Troyano; El Imparcial, de José Ortega Munilla y ABC, de Luca de Tena, Azorín se consolida como periodista. Como se aprecia en el capítulo "Las redacciones", precisamente estos lugares son auténticas escuelas de buen estilo. Manuel Troyano, "la reflexión sosegada", siempre fue objeto de un amable trato por parte de Azorín. En 1958, en la intimidad de su gabinete de trabajo, después de tantos años, lo recuerda con estas palabras:

 

                   "En el diario España, el director, don Manuel Troyano, salía de su despacho todas las noches, después de haber escrito el artículo de fondo, llevando un cucurucho de papel en la cabeza. Troyano, en La Prensa, representaba el buen sentido, el aplomo, la moderación de la gran burguesía española en un momento de su historia; el estilo de Troyano era claro, sencillo; convencía Troyano y persuadía. Y allí estaba, en la sala de redactores, esperando a Troyano, Ramiro de Maeztu, que después de ennegrecer sus cuartillas, iba y venía de un lado a otro; se frotaba nerviosamente las manos y a veces mascaba un pedacito de papel. Troyano era el presente y Maeztu era lo porvenir ".

 

            Según Azorín, Maeztu realizó una labor vastísima y espléndida como periodista; Baroja fue un periodista ocasional y crítico de teatro displicente y los periodistas más populares fueron Cavia, Toboada y Eduardo de Palacio.

 

            Al retirarse Troyano de la dirección del diario España, Azorín pasa a El Imparcial, dirigido por José Ortega Munilla - padre de Ortega y Gasset -, que representaba "la cumbre de la fama periodística", de la que descendió tal como nos relata en el capítulo " La cumbre".

 

 

            En El Imparcial logra entrar tras no poco esfuerzo y después de que lo hiciera Ramiro de Maeztu. Con motivo de la conmemoración del III Centenario de El Quijote, Ortega Munilla le mandó realizar un viaje por la Mancha. Le entregó un carro, una mula y un pequeño revolver para el trayecto. De las crónicas mandadas por Azorín desde Argamasilla y otros lugares descritos por Cervantes, nació La Ruta de Don Quijote (1905), una novedad en todos los sentidos, hasta el punto de que Azorín pensaba en cómo los viejos redactores del diario se reirían al parafrasear, en voz alta, sus descripciones; o bien, cómo analizarían sus artículos una vez leyeran la diatriba lanzada por Federico Urales, en La Correspondencia de España, bajo el título "De las famosas aventuras que Azorín corrió en la Mancha", donde se mofa de él por no sentirse inspirado en Argamasilla sin una biblioteca a la cual poder acudir.

 

            El tiempo dio la razón a Azorín. La Ruta se tradujo al inglés, francés y noruego. En vista del éxito, Ortega Munilla le encomendó que hiciera otro viaje por Andalucía. De ahí nació "La Andalucía trágica"[10] en la cual Azorín pone de relieve, mediante artículos-denuncia, los problemas del paro, latifundios y minifundios que existían en esa zona, lo cual, unido a una agria polémica - no exenta de originalidad periodística - con Romero Robledo, presidente del Parlamento, le lleva a ser expulsado del periódico.

 

            Azorín comienza a triunfar, pese a este revés, ante un público que supo reconocer su fina perspicacia para descubrir los pequeños detalles, para crear un nuevo tipo de periodismo. Así supo apreciarlo Luca de Tena, quien lo incorpora inmediatamente al diario ABC . Cuenta Azorín que Torcuato Luca de Tena[11] trajo a la prensa española, en 1905, una innovación que los tiempos reclamaban: el fotograbado aplicado a la prensa diaria. Comenta:

 

                   "Y eso que ahora parece corriente, ha sido para el periodismo tan trascendental como la utilización del telégrafo; se hacía ahora periodismo con la imagen; la imagen atraía todas las miradas; si al principio de siglo se había revolucionado la prensa con el simple grabado en madera, al presente, con rapidez, con vertiginosidad, se informaba a una inmensa masa de lectores con la imagen cotidiana"[12]

 

            El primer artículo que Azorín firmó en ABC[13] fue “Crónica del Viaje Regio. La sonrisa del Rey. Le cupo el honor de ser la primera crónica remitida, desde el extranjero, por un periodista español a través del telégrafo. La mayor creación de Azorín en ABC fue contada, por él mismo, con motivo del cincuentenario del nacimiento del periódico:

 

                   "la literatura de los periódicos tenía un carácter de actualidad. No se había dado - y eso es lo que hizo ABC - literatura, digamos sin qué ni para qué. No se había hecho todavía que lo escrito un siglo o dos siglos antes, o los que fueren, se convirtiera en cosa del día, palpitante y atractiva. Sospecho que he intervenido algo en esta gesta".

 

            Azorín, en 1906, ya es un periodista acreditado de ABC[14]  .Ha realizado, entre otras cosas, entrevistas a los más prestigiosos intelectuales de Cataluña. Asimismo, ha visitado a don Antonio Maura, Presidente del Gobierno, en su finca de Valldemosa. De allí se desplaza a Monóvar, a pasar con su familia las fiestas patronales. El 5 de septiembre, se dirige a Gabriel Maura Gamazo, hijo de don Antonio:

 

                   "Estos días he tenido una carta de Madrid ofreciéndome un puesto en El Imparcial, " en mejores condiciones que la otra vez". Lo indudable es que yo no vuelvo ni atado..."[15]

 

            Esta tentativa denota la importancia adquirida por Azorín en los círculos literarios y periodísticos madrileños. Sin embargo, él ansiaba, en su fuero interno, una notoriedad ridícula y, al mismo tiempo, comprensible: triunfar en Monóvar, de donde partió en busca de la fama en 1893 a Valencia y, en 1896, a Madrid. También cree haberla obtenido, como se desprende de una carta remitida a Gabriel Maura, el 10 de mayo de 1906. Esta epístola, por la similitud con otros capítulos y nombres, nos recuerda al célebre libro Los Pueblos, editado un año antes:

 

     "Mi querido amigo: he recibido su carta, que agradezco vivamente. Todas las mañanas D. Juan, D. Rafael, Perico, Ricardo, D. Jacinto, Luis Pepe, D. Fernando, me hacen mil preguntas, me sonríen, me confunden con su efusión. Yo estoy un poco asombrado de este súbdito amor a mi persona que se ha apoderado de estos queridos paisanos míos. ¿ No era yo la última vez que vine por estas tierras un hombre raro, de poco más o menos, que no salía de entre sus libros, que no tenía prestigio y que escribía cosas inconsistenciales? Yo voy contestando afable y directamente a D. Fernando, a Ricardo, a Luis a D. Jacinto, etc. "Don Antonio - les digo - quiere la paz y la concordia de todos; él no pondrá al mediano sobre el malo, ni al malo sobre el mediano. Esperemos todos, con tranquilidad, con calma, a que él resuelva". Y como estos buenos señores son un poco impacientes, un poco vehementes, se quedan un momento indecisos, desorientados. " ¡Hombre!", exclama D. Rafael. " ¡Caramba!", grita Paco, que quisiera ya ver muerto a sus pies al dragón de Poveda. "¡Está bien, está bien!", observa D. Jacinto con una leve ironía, dando en el suelo con su bastón. Y como ya se aproxima la hora de comer, yo les dejo a todos y me marcho por las callejuelas en busca del yantar meridiano. " ¡ Al diablo - pienso yo - el Dragón Poveda y la Sabandija Maestre!".

                   Y después de comer cojo una vieja sombrilla y pasito a paso me marcho a una huerta cercana al pueblo. Hay aquí en esta huerta un ancho estanque en que cae el agua con rumor sonoro; junto al estanque unos frondosos albaricoqueros que inclinan sus ramas hasta tierra; un alto trigal rodea a estos frutales. Yo me siento bajo estos buenos arboles y voy leyendo algunas páginas de algún poeta o algún filósofo. De rato en rato, entre el ramaje, veo el cielo azul, radiante, y por encima de los trigos, allá en la lejanía, columbro las montañas suaves, las montañas amadas. Y siento una harmonía perfecta, profunda, inefable, entre el azul del cielo, el gris de las montañas, el verde oscuro de los trigos y el verde claro de los frutales. Una procesión incesante de hormigas sube por el tronco de los albaricoques. " Buenas hormigas - les pregunto yo - ¿sabéis vosotras algo del Dragón y de la Sabandija?"

                   Cuando comienza a llegar el crepúsculo vuelvo al pueblo. Tal vez después de la cena me acometan de nuevo D. Marino, Felipe, Paco o D. Rafael. "Déjenme en paz - les torno a decir - la concordia debe reinar entre todos ". Todos vuelven a mirarse un tanto desorientados, y así que dan las diez a mis lares y me entrego a Morfeo. "¡Al diablo - pienso yo cuando apago la luz - al diablo el Dragón y la Barandija!". Y me quedo dormido.

                   Aquí tiene usted el resumen de mi vida en el pueblo. ¿Quién desea perder humor, tiempo y salud? ¿Lo desea alguien? Que venga a esta bella, a esta (...) tierra - clara y sutil - y que se meta en estos enrredijos políticos. Suyo siempre y de todo corazón, Azorín".[16]

 

            En esta epístola deja claro que ha cumplido uno de sus anhelos: ser famoso en su ciudad natal. A partir de 1906 se irá consolidando como uno de los mejores prosistas del siglo XX. Le definirán como redescubridor de obras maestras de nuestra literatura; difusor de los clásicos; renovador del teatro y de la novela española; descubridor de pintores y alentador del grupo del 27. Con todo, siempre habrá que tener presente a Ramón Gómez de la Serna, su primer biógrafo, quien, en una visita realizada a la ciudad monovera en 1930, escribió:

 

                   "En Monóvar comprendí al Azorín de ventanas abiertas... Conociendo Monóvar - viendo el fondo de sus comedores que no se hurtan al mirar desde la calle -, conviviendo en ese pueblo rodeado de verduras, como con golondrines todo el año, comprendí como nunca a Azorín y la magnitud de su sacrificio viviendo el austero Madrid con el alma puesta en la blandicie de su pueblo. Esa extraña lágrima que lleva Azorín pendiente del lagrimal y que tanto me ha chocado en mis paseos y excursiones con él, le sale por no estar en su Monóvar porque la vida intelectual de la capital de España le tiene inmóvil en su mechinal".

 

 

 

 

MADRID, 1898

 

            Martínez Ruiz abrió los ojos de muchos lectores sobre los acontecimientos culturales que tenían lugar en la capital de España mediante sus colaboraciones en el semanario satírico Madrid Cómico. En una sección denominada "Gaceta de Madrid", el joven literato da cuenta de la aparición de un nuevo libro del modernista Gómez Carrillo ("Gaceta de Madrid", 1-03-1898); del ambiente político madrileño ("Gaceta de Madrid", 2-04-1898); de la personalidad de Romero Robledo ("Gaceta de Madrid", 16-04-1898); de un estreno teatral en El Español ("Gaceta de Madrid", 23-04-1898); y de la personalidad del gran orador P. Calpena ("Gaceta de Madrid", 7-05-1898). Una sección que compagina con otros títulos como "Hidalgos y Ginoveses" (Madrid Cómico, 10-05-1900)en la que se queja de la exposición de Santiago Rusiñol ha sido silenciada por la prensa madrileña. También, en Madrid Cómico, aborda temas de crítica como "Pecuchet diputado" (30-04-1898) o más eruditos en torno a "Gracián" (29-09-1900). Actúa como un joven en un periodo de intensa creación a la búsqueda de un puesto en la prensa madrileña.

 

MADRID, 1905

 

            Un año clave en la biografía de J. Martínez Ruiz. No sólo se le conoce ya por sus novelas, sino que su faceta de periodista está empezando a jalonarse de éxitos. Desde el diario ABC escribe sobre los más importantes intelectuales del momento. A "Silverio Lanza" (ABC, 7-07-1905), por ejemplo, lo califica de precursor del movimiento que está teniendo lugar en España; a "Unamuno" (ABC, 13-09-1905) le hace la crítica de su libro Vida de Don Quijote y Sancho y a Rubén Darío (ABC, 6-07-1905) le llama “visionario novísimo”

 

            También se desplaza a otras poblaciones. A Santander, para visitar a José Mª de Pereda (ABC, 10-08-1905) y a Benito Pérez Galdós (ABC, 16-08-1905); a Oviedo, para ver la biblioteca de Clarín (ABC, 17-08-1905) y saludar a Pérez de Ayala y a Rubén Darío. De regreso a Madrid, dedica un artículo al museo del Prado (ABC, 18-09-1905) y otro a “Los Maeztu (ABC, 31-10-1905), es decir a María, Ramiro y Gustavo, el pintor. De estos personajes volverá a darnos noticias en Madrid.

 

            El 16 de diciembre de 1905, aparece un artículo de Azorín denominado "La calle de la Montera", en la cual él mismo, siguiendo el axioma " si quieres encontrarte con alguien de tu pueblo, pasa por la calle de la Montera", tropieza con un paisano. En este artículo se aprecia la estética azoriniana y gustó tanto al propio autor que lo incorporó, en 1909, junto a "Un madrileño (1890)" a la primera edición de su libro España.

 

       La Residencia de estudiantes intentó despertar la atención de sus residentes hacia aspectos interesantes de Madrid que tuvieran un valor educativo. Con este propósito editó una revista conteniendo una Guía de Madrid. Ramón Mª Tendeiro ofreció su impresión acerca del cielo madrileño en "Celajes de Madrid" y Azorín se centró en la calle la Estrella, 20 y 22, de Madrid. Una casa que no ofrece requilorios ornamentales, sencilla, sobria, lisa, blanquecina. ¿No es - en la piedra - como una página de Cervantes o un ensayo de Feijóo, un artículo de Larra?. Para Azorín "los grandes momentos pueden desaparecer, y el alma de la ciudad perdura".

 

            Azorín reveló que para describir una ciudad era preciso aportar todas las posibles consideraciones morales o filosóficas si se quería describir con exactitud. Y ésto mismo es lo que intenta hacer en la serie "Escenas madrileñas", conjunto de artículos que publica en el semanario Blanco y Negro cuestionándose la extensión que abarca "La calle de Alcalá" (23-11-1913); hablando de "El salón de Conferencias" (7-12-1913); evocando los jardines y las estatuas de "El Retiro" (18-01-1914); clasificando las tiendas de "Los libreros de viejo" (1-03-1914); calificando "La Puerta del Sol" como el centro moral de España (22-03-1914); contándonos el especial atractivo que siente por "Las Estaciones" de Madrid (5-04-1914); explicando el aspecto psicológico de "El Rastro" (19-04-1914); cómo "Los poetas" escriben, henchidos de entusiasmo, en un cuartito modesto, pobre, su primer libro (31-05-1914); diferenciando las plantas que venden "Los herbolarios" (7-06-1914); narrando la peculiaridad de "Las calles" madrileñas (26- 07-1914); añorando el silencio de "Las fondas" (9-08-1914) y definiendo la nueva denominación de "Los pirantes" (11-01-1914).

 

            Todos estos artículos los recogió, en 1918, en su libro Madrid (Guía sentimental), editado en Madrid por Biblioteca de Castilla y, en 1921, junto a París, bombardeado, en las obras completas que preparó Caro Raggio.

 

            Esta serie - en la cual se enlaza literatura y pintura y se nos revela la pasión de Azorín por el mundo de los libros -, es un buen tratado de estética; una estética potenciada tal como la define el profesor Miguel Ángel Lozano en "Las colaboraciones de Azorín en Blanco y Negro. El camino hacia España. Hombres y Paisajes (1909)"[17]. En "Escenas madrileñas" Azorín hace la función de notario - término con el que le definió Miguel de Unamuno -, de cronista de Madrid, de entusiasta de una idiosincrasia, de un paisaje urbano que va poco a poco desapareciendo ante la atenta mirada de Azorín, testigo directo de cuanto acontece.

 

            En 1916, publica Rivas y Larra, volumen en el que medita sobre las figuras del romántico Duque de Rivas y de su admirado Mariano José de Larra, a cuya memoria había dedicado su obra Lecturas Españolas en 1912. Su temática principal son los dos literatos, pero, también, predomina Madrid. En este libro se hace un estudio sistemático de los periódicos y revistas que se publicaban y se alude a la visión que tenían de la capital de España. Especialmente interesante es el concepto de Madrid que tiene Larra- minuciosamente analizado por Azorín -, y la repercusión que tuvo el estreno de Me voy de Madrid, de Fígaro, el 21 de diciembre de 1835. Azorín realiza un detenido recorrido sobre cómo trató la crítica esta obra.

 

            Entre 1921 y 1922 ofrece, en La Prensa, una serie de artículos sobre, “La vida española” refiriéndose a los cafés, la Puerta del Sol y al Museo Romántico de Madrid o  a la figura tan emblemática de su patrón “San Isidro Labrador” ( La Prensa, 14-05-1922)

 

MADRID, 1925

 

            En el diario La Prensa, de Buenos Aires, publicó Azorín un artículo , el 8 de noviembre de 1925, hablando de "El Forastero en Madrid", dando a conocer cuál era el ambiente madrileño en pleno siglo XVII. Por su interés, al no haber sido recogido en libro, lo transcribimos a continuación:

 

                   " Madrid se dispone a celebrar unas fiestas de otoño. Se trata de que acudan a la capital de España millares y millares de provincianos. No sé en que van a consistir las tales fiestas; veo en mis paseos por la capital, cómo van colocando en los edificios públicos, lamparas eléctricas para iluminar las tales edificaciones; leo, acá y allá, en los periódicos, alguna noticia de concursos que se preparan y de fuegos artificiales, con que han de ser obsequiados los forasteros. No sé, a punto fijo, en qué van a consistir tales fiestas; el telégrafo se lo habrá dicho - cuando se publique esta crónica - a los lectores de La Prensa, si la cosa vale la pena. El comercio de Madrid y los hoteleros se vienen quejando hace tiempo de la falta de expedición en sus negocios. El nuevo régimen ha acabado con el sistema de comisiones - nutridas comisiones -, que de pueblos y ciudades venían a Madrid, y llenaban las fondas, y compraban en sombrerías[18], guanterías, bazares, y daban qué hacer a las tijeras de los sastres. Y como ahora no vienen comisiones de gentes política, ideamos unas fiestecillas para que, por otro motivo, se decidan los provincianos a venir a Madrid. Y yo creo que la mejor fiesta que se puede organizar en honor y obsequio de los provincianos, es facilitarles simplemente el viaje creando trenes cómodos y rápidos, rebajados los precios de los billetes, etcétera. La vida de una gran ciudad - Madrid, París o Buenos Aires - es, en si, sin necesidad de más requilorios y añadidos, una perpetua fiesta para el forastero. Romper la monotonía de la vida del lugar y lanzarse, durante seis, ocho o quince días al torbellino de la Corte, es la más divertida fiesta que puede proponerse al provinciano. y para el mismo madrileño, a la inversas, ¿quién duda que el pueblo, la aldea, el lugarcillo, no es una cosa pintoresca y amada ? Claro está que es por breve tiempo. Recuerde el lector la página tan citada de La Bruyere: "Veo desde lejos un pueblecito; parece pintado en la ladera; quisiera estar en él. Ya estoy en él; rabio por marcharme". Y nuestro Bretón de los Herreros, ¿ no tiene una comedia titulada "A Madrid me vuelvo"? Una comedia escrita después de otra que lleva el título de "Me voy de Madrid". Me voy de Madrid, si; pero a los cuatro días de estar en el pueblo, ansío volver a Madrid. Me voy de Madrid; me cansan su tráfago, sus ruidos, sus hedentinas, los encontrozanos con la gente; estoy harto de charlatanes, petardistas, políticos - todo es una misma cosa -, gorrones, cicateros, importunos; me fatiga el andar sin tregua, el discutir para no acabar en nada, el recibir cartas, el contestarlas, etcétera. Me voy de Madrid; pero a los seis días de hallarme en el pueblo, en el pueblecito tranquilo, feliz, paradisiaco, ansío, ¡ay¡, el volverme a Madrid.    

                   El ambiente de Madrid.                 

                   Alternemos la vida bucólica con la vida ciudadana. Y que vengan a Madrid los compatriotas de las provincias y los hermanos de América. Los hermanos de América deben visitar España y deben hacer un alto en Madrid. Aquí estrecharemos sus manos con efusión. Aquí, brazo con brazo, visitaremos los escondrijos y todos los lugares de enseñanza y recreo que tiene Madrid. Y si alguno de estos buenos hermanos en raza y en lenguaje, me preguntase, antes de venir, qué es lo más típico, lo más castizo de la Corte, yo estaría un momento pensando y después le daría la contestación que voy a exponer en estas líneas. Madrid tiene una larga historia; pero no es una ciudad arcaica. No es una ciudad del tipo Toledo, Segovia, Avila, Burgos. No se pueden contemplar monumentos venerables y artísticos en Madrid. Lo artístico de la Capital - artístico y viejo a la par - es poca cosa. En Segovia y Avila, no los grandes edificios bellos, sino una simple callejita, sin primores arquitectónicos, tiene un hechizo insuperable; la forma de las casas, su ranciedad, el color de los muros, el cielo que se divisa entre los aleros, el mismo aire y traza de la calle entera, dan a esta vía un encanto que nada modernamente pudiera creerse análogo. En Madrid el arte más parecido a las viejas ciudades - tomen nota de ello los viajeros argentinos - son los barrios de Segovia y del Sacramento. Alrededor de las casa del Cabildo se extiende una parte de Madrid verdaderamente interesante; hay aquí caserones como en Avila y en Segovia, y se ven callejuelas de las citadas ciudades. A dos pasos de la vorágine de la Puerta del Sol, nos creemos, por un momento, transportados a docenas y docenas de lenguas, muy lejos de la Corte. Durante un momento respiramos tranquilos; levantamos la vista, contemplamos la fachada de una casa vieja y silenciosa, y nace en nuestro espíritu el deseo - que no podemos realizar -de vivir en esta mansión, de poetas inconexos y ridículos, de políticos, de entusiastas y panegiristas de la Sociedad de Naciones.

                   En pleno siglo XVII Madrid tiene una larga historia; hace ya siglos que Madrid es la capital de España; han ocurrido en Madrid grandes sucesos; han nacido aquí hombres insignes; Lope, Quevedo, Calderón, etcétera; ha sido Madrid el centro de la producción intelectual de España; la literatura española, es, en gran parte, literatura madrileña. Y bien; ¿no habrá nada en Madrid, no ya en las calles, sino en interiores, que nos haga revivir el ambiente pretérito? ¿No podríamos aspirar, durante un momento, el aire del siglo XVII?

                   Tenga la bondad el viajero argentino de acompañarme. Hemos dado unas vueltas por los barrios de Segovia y del Sacramento, y ahora nos detenemos en la plaza de la Villa. Frente al Ayuntamiento se eleva la casa de los Lujanes; estuvo en ella prisionero Francisco I de Francia. Al lado de ese edificio se levanta otro también viejo. Penetremos en él; estamos en una biblioteca de periódicos; la Hemeroteca municipal lleva camino de ser la primera de Europa. Creo que biblioteca de periódicos sólo existen otras dos; la de Roma y la de Bruselas. La de Madrid es ya verdaderamente espléndida. Su riqueza es incalculable. En papeles y periódicos de la Revolución que no se encuentran en las mismas bibliotecas de París. Y lo más grato de esta selectísima biblioteca, es la casa en que se halla instalada. Corredores, patios, salas, aposentos, todo es auténtico siglo XVII. Conforme vamos andando por la casa vamos percibiendo matices y recogiendo puntos de vista que nos transportan a tres centurias atrás. He aquí, por ejemplo, un ámbito de paredes blancas, encaladas; por la puerta columbramos otro aposento; en ese aposento, también lleno, claro, limpio, se divisa una puertecita de cuarterones en el fondo. Y todo evoca el fondo de Velázquez en su cuadro de "Las Meninas". La luz es la misma; la puertecita de cuarterones, gruesa, recia, es la misma. La paz y el sosiego velazqueños aquí se gozan. No existen nada en la estancia que pueda recordar el siglo XVII; sólo vemos paredes blancas y la luz que penetra por la portecilla del fondo. Y, sin embargo,¡ qué profunda, auténtica, emocionadora visión del tiempo antiguo!.

                   Y como este aspecto, otros muchos en la bella casa de la Hemeroteca municipal. ¿Quién pensará que habíamos de encontrar aquí este patio silencioso y blanco con tan espeso y verde toldo de pámpanos alegres?. De Madrid hemos saltado a la región mediterránea y nos encontramos ahora en una ciudad alicantina.

                   El espíritu de España entera y el espíritu de los siglos pasados se encuentran condensados entre las paredes de este edificio. No nos despedimos de él; hemos de insistir en el tema otro día".

 

            Como puede apreciarse, Azorín se queja de los ruidos, otro de los puntos abordados en Madrid, tratado con especial significación por el profesor Mario Parajón.[19] Siete días después, vuelve a explicar a los lectores de La Prensa cómo es “El Palacio de Justicia de España en Madrid, dando una nueva lección de historia que tiene su continuación, el 16 de marzo de 1930, con el largo y documentado artículo "El siglo XVIII", publicado, asimismo, en el, diario bonaerense. Aquí, nos sitúa en la entrada definitiva de Felipe V en Madrid, el 15 de noviembre de 1711. Aprovecha este hecho para interrogarnos acerca de qué representa el siglo XVIII en España y hacer un amplio estudio de Jovellanos: Don Gaspar - nos dice -, representa el sentido científico del siglo XVIII, siglo espléndido en España".

 

            El 6 de diciembre de 1931, también en La Prensa, Azorín enjuicia la publicación de los dos interesantes volúmenes que José Mª Cossío[20] ha publicado sobre Los Toros en la poesía castellana. Para él, un tomo es la historia y el otro la demostración de esa historia. Madrid aparece, de nuevo, unido a esta temática: Se dice que a la plaza de Madrid concurren siempre aficionados que tienen un conocimiento profundo del difícil arte....

 

            Azorín predijo la llegada de la guerra civil española en su artículo "Glóbulos", publicado en el diario Luz de Madrid, el 9 de marzo de 1933, del mismo modo que su admirado Francisco Pí y Margall anunció, en 1873, la pérdida de las colonias en 1898. Y, en octubre de 1936, comienza un forzado exilio en París.

 

MADRID, 1940

 

            Con el salvoconducto número 123.270 pasa, el 25 de agosto de 1939, la frontera española por Irún. Se instala en Madrid, en la calle Zorrilla, 21. Comienzan sus problemas en España: el vicepresidente de la Junta Política veta a Azorín para escribir en la prensa. En estas circunstancias, confecciona Valencia[21], en los meses de febrero y marzo de 1940.

 

                               Se debe destacar que, durante el periodo en que Azorín no podía ejercer como periodista, pudo contar con la ayuda de José Ruiz Castillo, propietario de la Editorial Biblioteca Nueva quien, a pesar de tener bloqueadas las cuentas en los bancos por el Gobierno, le va practicando liquidaciones. El 17 de marzo de 1940, cuando Azorín está angustiado por cómo transcurre el tiempo y persiste la prohibición de escribir en la prensa, recibe la noticia de Ruiz Castillo - su editor de siempre -, de que había ido a recoger las hojas de censura de sus libros, que estaban en poder de Darío Fernández Flórez, y había obtenido la conformidad para publicar, ese semestre, Valencia y, poco después, Madrid. En su misiva, anuncia Ruiz Castillo: "Doy Valencia a la imprenta hoy mismo, sin esperar a la comunicación oficial y destinaré a este libro el primer papel que reciba o sea a mis cupos de febrero y marzo.

 

            El momento histórico en que Azorín confecciona Madrid es la etapa más dura de la posguerra. En 1940, lo ha vivido todo: dos guerras mundiales; dos repúblicas; una guerra civil; dos monarquías; una dictadura; actas de diputado a Cortes; Subsecretarías de dos Ministerios; corresponsal de guerra; premios literarios; críticas adversas a su teatro; creación de técnicas literarias experimentales .... No es un hombre cansado, aunque sí busca el retiro del mundo exterior. Considera que vive en el siglo XVI y, según revela a su amigo Gregorio Marañón - insigne madrileño -, su vida se reduce a la de un cartujo. Apenas sale a la calle. Por una carta dirigida al director del diario Arriba, el 19 de mayo de 1941, podemos intuir su estado anímico:

 

"He estado en París tres años; por guardar luto al dolor de España, sólo he puesto los pies una sola vez en una sala de espectáculos. No fue en función para público; la sala estaba vacía. Se trataba de un ensayo "con todo". Mi amigo Gastón Baty iba a estrenar "Dulcinea"(...) Al llegar a Madrid no he asistido tampoco, durante casi dos años, a ningún teatro. He ido por primera vez en la tarde de hoy. Deseaba ver la comedia "Víspera" de Samuel Ros...".

 

            En este mismo diario, paralelamente a la concepción de Valencia, nos vuelve a hablar de Los Tres y de "Nietzsche en España" (18-02-1941). En junio, en la revista Vértice, de "Ignacio de Zuloaga" y, en Unidad de San Sebastián, de "Unamuno" ( 31-12-1941); son temáticas y personajes que tiene presentes, en los que viene trabajando para su Madrid. De Unamuno nos hace juicios que merecen ser recordados :

 

“Y esa sensibilidad le lleva a Unamuno a escribir las páginas de paisaje acaso más finas que hayan salido de su pluma y que hayan sido escritas en castellano..”  

 

            Para entender Madrid, el momento histórico de su irrupción, hay que fijarse un poco a quién está dedicado. Lo está a Maximiano García Venero, prolífico historiador y falangista . Venero publicó, al poco de aparecer el libro, un artículo titulado "El escritor y la vocación" (Arriba, 9-09-1941), explicando que los hombres del 98 no tuvieron una juventud alegre : "ignoraron los goces materiales de los muchachos que debían sucederles cronológicamente". Marañón llegó a prologarle el libro Vida de Cambó (1952) y Azorín hizo lo propio con Melquiades Álvarez : historia de un liberal[22].

     

            En El Español (5-12-1942), García Venero sacó una extensa semblanza sobre "La generación del 98, abuelos de 1936" y entre los subtítulos hablaba de "Azorín, abstemio y vegetariano; se acuesta a las ocho y se levanta a las dos de la madrugada". Pero el artículo más importante, desde un punto de vista político, apareció en Jaén (17-12-1953) y en él Venero revela que Azorín, en febrero de 1936, en calidad de presidente del Pen-Club, acudió a saludar a la cárcel Modelo a José Antonio Primo de Rivera. Dice que volvió en otras ocasiones hasta el traslado de éste a la prisión alicantina. "Impasible, recio y enérgico, el presidente cumplía su deber con un intelectual perseguido. Del mismo modo, Melquiades Alvarez cumplió, hasta el agotamiento, su deber de decano del Colegio de Abogados en pro de un colegiado".

 

            Si Valencia representa los recuerdos autobiográficos de Martínez Ruiz, Madrid supone el relato de qué fue, para su autor, la llamada Generación del 98; en qué consistió y cuál fue el ambiente en que se desenvolvió.

 

            Azorín se interesó por el momento histórico y social en que vivió. De ahí que Madrid tenga, también, rasgos autobiográficos; contemple la realidad del espacio y del tiempo; capte las circunstancias que rodearon a estos incipientes literatos a su llegada a Madrid; sea irónico y emotivo y, sobre todo, rezume emoción, sensibilidad, ensueño y un gran amor por España: Castilla, Madrid, Toledo, Galicia, Vasconia; sus paisajes, su mundo periodístico y sus pintores.

 

            Madrid es un retrato, un análisis de lo que representó el periodo finisecular de la llamada Generación del 98 desde el prisma azoriniano. Se trata de un libro de memorias y confidencias redactado, en los meses de abril y mayo de 1940, con un aire de autobiografía. En él se representan escenas, se evocan lugares en que acontecieron hechos históricos para la biografía azoriniana, pero también se ahonda en los orígenes literarios de otras figuras del 98, centrándose en los años 1896 a 1910. Es por ello que Julián Marías califique esta obra como un libro que "ha adquirido un notable valor histórico al convertirse en uno de los pocos libros que revelan datos de la Generación del 98 desde dentro", es decir, narrados por uno de sus protagonistas.

 

            Es obvio que Azorín, por el delicado momento en que redacta Madrid y por sus circunstancias personales tan especiales de no poder ejercer libremente su profesión de periodista, no contó todo lo que sabía. Más aún, lo que narra en Madrid ni lo escribe con un ápice de desdén, ni bajo el prisma del reproche o del lamento. En ésto, una vez más, quiere ser original y lo consigue. No le asusta reconocer sus sensaciones, su identidad, ni cristalizar su pensamiento.

 

            Con prosa nítida y elegante, Azorín nos concede el privilegio - a través de Valencia y Madrid -, de adentrarnos en sus vivencias, en su mundo interior, en su pensamiento reflexivo, sugerente y desmitificador, pero sólo hasta 1910. Es como si hubiera escogido este año en un intento de que nadie asocie sus recuerdos con la guerra civil española, su exilio y la posguerra. Había una explicación: ambos libros debieron pasar la censura, extremadamente férrea en esos momentos inmediatos a la contienda[23].

 

            Una característica de este libro, en el que se crea una atmósfera única, es la fina sensibilidad - serena, sosegada, plácida -, con que han sido narrados algunos entresijos de los orígenes literarios de los hombres llamados del 98. Como en un viaje lleno de amor, Azorín rememora el momento histórico que vivió a principios de siglo, nos lleva a conocer a sus amigos, pintores favoritos, enseres más recordados, lo cual nos da una idea de la humanidad que rezuma nuestro autor a quien, en múltiples ocasiones, se ha tildado de frío, hierático, mudo e inconsecuente en muchos de sus actos.

 

            Madrid es un tratado de estética. Si en Madrid, guía sentimental[24] (1918), Azorín nos manifiesta su nostalgia por una España que está desvaneciéndose a sus ojos, en este libro, editado en 1941, la fina sensibilidad azoriniana nos va contagiando, poniendo de manifiesto a lo largo de estos capítulos sus sensaciones, cariño, admiración, influencias, inquietudes, zozobra, anhelos, recelos y penas.

 

            Es conocido que Azorín tiene una habilidad especial por sublimar lo cotidiano. En Madrid[25] es capaz de convertir un hecho trivial en algo imperecedero. No en vano es una obra bien construida, producto de años de maduración, de meditación y lecturas acumuladas durante los tres largos años de exilio en París. El aire fresco que tiene la prosa azoriniana hacen estas páginas atractivas para conocer detalles suyos y de otros autores - Lanza, Valle, Baroja, Unamuno, Maragall, Menéndez Pelayo... -, que fueron, como él, innovadores y originales en su forma de acercarnos a la literatura.

 

            Y es que Madrid está lleno de personajes. En este libro, Azorín reconoce que, de los maestros, los dos que más se acercaron al grupo del 98 fueron Juan Valera y Emilia Pardo Bazán. En 1891, ya había recibido dos o tres cartas de ella sobre asuntos literarios. Azorín apreció a Doña Emilia y en el capítulo La Inactual”, le dedica páginas memorables:

 

"Los paisajes de Galicia en La Madre Naturaleza (1887) son insuperables. No se ha hecho nunca más, no se podrá hacer. No son los únicos. Ha podido ser firmado en un librito - Paisajes de doña Emilia Pardo Bazán, Buenos Aires, 1934 - con páginas entresacadas en las novelas de doña Emilia".

 

            Valencia, Madrid, Memorias (1943), París (1945), Memorias Inmemoriales (1946) son, por excelencia, los máximos exponentes de las memorias de Azorín. Se puede incluir, entre éstos, a Las Confesiones de un pequeño filósofo (1904), como bien apunta la profesora María Martínez del Portal[26]. Otras obras donde se puede recabar información autobiográfica de Azorín son Agenda[27], la citada Posdata y los Papeles de Conversaciones con Azorín[28].

 

            Pero Madrid es algo más que un libro. "Hablar rigurosamente del Madrid de Azorín se confunde con el recorrido por la casi entera biografía de éste", explica el poeta Antonio Martínez Sarrión[29]. Así es. Madrid va ligado a la figura de Martínez Ruiz, a sus comienzos literarios, y ya no le abandonará hasta 1967.

 

            ¿Qué opinión mereció a los críticos el Madrid azoriniano?. Aunque tuvo buena acogida, no son muchas las críticas que aparecieron en la prensa. Caben ser mencionadas las de Melchor Fernández Almagro (ABC, 24-09-1941) y la de Bernardo G. de Cándamo (Santo y Seña, 20-11-1941). El primero realiza conjuntamente las críticas de Valencia y de Madrid, resaltando que éste es “ la poesía de la Historia y la Historia menuda del sentimiento humano. El segundo, publica un artículo denso, primoroso, ilustrando el libro Madrid con unas cartas de Unamuno. En el odio a la frivolidad y en el amor a España, según Azorín, se afianzaba la generación del 98", resalta el crítico.

 

            Estima Cándamo que “a los capítulos magistrales del Madrid, de Azorín, servirán (...) los fragmentos de cartas de Unamuno que hoy transcribimos. Unamuno, desde su Salamanca escolar, seguía con atento celo la vida de la intelectualidad madrileña y aleccionaba a distancia, y uno por uno, a los escritores jóvenes que la integraban". De ahí que haga un recorrido por el epistolario de Unamuno y sus alusiones a Baroja, Rubén Darío; Salvador Rueda; Francisco Villaespesa; Camilo Bargiela y el homenaje contra Echegaray con motivo de la concesión del Nobel. Un complemento precioso a los juicios emitidos por Azorín. En realidad, tanto afectiva como profesionalmente, todos los integrantes de la llamada generación del 98 estaban unidos; muy pendientes unos de otros, salvo excepciones. Por eso, en aquellos años, la mejor definición que podía darse de un literato, la ofreció Bargiela - uno de los personajes más curiosos y más representativos del 98, según Azorín; y una persona que gustó a Unamuno. “Lo poco que de los campesinos de su tierra dijo, demuestra una excelente facultad de observación y humorismo”, observa el Rector de Salamanca.

 

Bargiela opinaba que, para ser un escritor puro, había que contar con estos componentes:

 

"Con la intensidad de Pío Baroja, el atildamiento sonoro de Valle-Inclán, la visualidad de Martínez Ruiz y el diálogo flexible de Benavente, se formaría un literato completo"[30].  

 

            También Azorín es amable, tenue, al trazar el retrato enternecedor de Valle-Inclán en Madrid: "Fascinado por Valle-Inclán lo he estado siempre y lo estoy ahora mismo. Fascinado estoy ahora por un escritor que ha enriquecido la literatura española, que ha tenido siempre arranques generosos y que ha muerto - él que había regalado un tesoro a España - por no querer ser más que escritor". Esta admiración fue mutua, aunque no siempre suficientemente conocida. El doctor Domingo García Sabell, quien atendió y consoló, en los instantes previos a su expiración a Valle, le envió una carta al autor de Castilla, el 30 de marzo de 1942, en estos términos:

 

"En las lentas tardes del invierno compostelano le oí decir a Valle las cosas más certeras y maravillosas que posiblemente hayan dicho acerca de usted y de su obra. Veinticuatro horas antes de morirse, la conversación recayó, como tantas otras veces, en la figura de usted. Tengo grabada en la memoria esta frase que D. Ramón empleó para comenzar el palique: El gran maestro de las Letras que es Azorín..."[31]

 

            El capítulo "Valle-Inclán y América" de Madrid, puede ser complementado con el artículo "Un embajador en América", de Azorín (La Vanguardia, 10-08-1910) exhumado por Adolfo Sotelo Vázquez y con otras referencias como "Cartas inéditas de Valle-Inclán a Azorín", de Santiago Riopérez (Ya, 1-07-1985) y  “El 98 y América” de María Martínez del Portal[32] en los cuales se explica pormenorizadamente este asunto. Respecto a la carta que Azorín recibió de Valle y de la cual reproduce un fragmento en Madrid,( Biblioteca Nueva, 1941) ha sido reproducida por José Antonio Pérez Rioja (1973); Santiago Riopérez (1979 y 1985) y Juan Antonio Hormigón (1987). Se conservan en la Casa-Museo de Monóvar el recorte de La Nación y de otras publicaciones periódicas que mandaba Valle para que Azorín los analizara ya que él era, como le decía el escritor gallego, " el único que actuando en un periódico sabrá ver todo lo que dice entre líneas".

 

            Es lógico que no se puedan analizar en esta introducción las relaciones, tan estrechas, de Azorín con los personajes que retrata en Madrid. Hablar de Valle, Maeztu[33], El Greco, Zuloaga, Pardo Bazán, Baroja, Lanza, Castelar, Valera, Menéndez Pelayo, Regoyos[34], Lhardy, Martín Rico... requiere un volumen monográfico sobre cada uno y su vinculación a Azorín. Una tarea que se comenzó con Miguel de Unamuno y que ha de seguir con Ortega, Ayala, Marañón y otros intelectuales que mantuvieron una relación, honda e íntima, en algunos casos, con el autor de Superrealismo.

 

MADRID, 1942

 

            Azorín vivía preocupado por conocer el nombre exacto de las cosas que le rodeaban. Era como una obsesión. Llegó a dominar el vocablo exacto de cada utensilio, con más propiedad que los profesionales que los utilizaban continuamente. José Ortiz Echagüe le pidió un prólogo, en 1942, para su libro España. Pueblos y Paisajes. Azorín lo hizo en Madrid y lo tituló "Prólogo en sueños". Al hablar de la lengua castellana no puede ocultar su preocupación por el léxico, permitiéndonos observar, una vez más, su profundo conocimiento de la temática madrileña:

 

"La lengua castellana es riquísima; sin disputa, la más caudalosa de todas. No están incorporados al diccionario muchos vocablos que corren de boca en boca, y que leemos en los clásicos; recordamos ahora que coledero, por ejemplo, no lo está, y que en Madrid, en la calle céntrica, próxima a la Puerta del Sol, calle que antes se llamaba de Zapaterías Viejas, podemos leer el nombre de Coloreros. Si todos los términos del castellano estuvieran registrados, su número ascendería, seguramente, a cincuenta mil”.

 

            En Destino (31-07-1943), analiza el libro dedicado por Pardo Bazán a la exposición parisiense de 1889. Y, desde el Diario de Barcelona, el 30 de enero de 1945, nos ofrece una nueva lección de literatura en relación con Madrid. Elige para este fin a dos literatos que, desde siempre, han sido motivo de su admiración: Larra y Clarín. Con ellos nos va a mostrar el Madrid de 1834 y el de la llegada de Leopoldo Alas a la capital de España, en 1886, proveniente de Oviedo.

 

            Su análisis se basa en dos únicas referencias: el artículo "La vida en Madrid", publicado por Larra, el 12 de diciembre de 1834, en El Observador, y el folleto Un viaje a Madrid de Clarín.

 

            Este artículo de Azorín, "Madrid, en cierto modo", nos revela un dato íntimo del escritor: que la visión que el quisiera conservar, aún estando ausente de Madrid, era "el cielo resplandeciente, azul intenso, y la masa verde del Retiro, atalayada desde lo alto de la calle de las Huertas, en el cruce con León". Un cruce de calles que conoce perfectamente: "he permanecido allí parado un momento en incontables ocasiones".

 

            De todos es conocido el amor que profesó Azorín a la figura de Miguel de Cervantes. Con Cervantes y Con permiso de los cervantistas y más de un centenar de artículos dan fe de ésto. Por eso no debe extrañarnos que le dedicara un artículo en ABC , el 3 de junio de 1947, a "El Madrid de Cervantes". Este artículo pasó a formar parte - como la mayoría de los redactados en esas fechas -, de Con permiso de los cervantistas, editado por Biblioteca Nueva, en 1948, con un prólogo del propio Azorín.

  

            La ciudad de Madrid es una fuente de inspiración para nuestro autor. Evoca a sus personajes queridos, nos da noticia de los libros que va leyendo y se motiva para abordar viejos títulos como "En la calle de la Montera", que ahora publica en La Prensa el 28 de enero de 1948. En ABC publica dos artículos donde se alude a Madrid: "El Respeto" (7-07-1948), recuerda que la madrileña María Teresa se casó con el Rey de Francia en 1660; y, el 17 de abril de 1949, nos habla de "María en Madrid."   

   

 

MADRID, 1950

 

            La visión azoriniana del cine queda reflejada en los artículos que dedicó al séptimo arte. Con todo, merece ser revisada, entre otras cosas porque que aportaría una conclusión: nuestro autor no va al cine por falta de imaginación, sino que este arte le permite meditar y contrastar cuestiones que  viene planteándose. Así, en "El Cine en Madrid" (La Prensa, 1 de octubre de 1950) [35], manifiesta que el cine no es el séptimo arte, sino el primero; que en Madrid hay entusiasmo por el cine y la prueba está en que los locales están muy concurridos. "No podré decir dónde encuentro mayor goce estético, si en el libro, si en la película", afirma el prosista. Este año plantea la cuestión de "La luz en Madrid" (ABC, 6 de diciembre).[36]

 

            Madrid sigue siendo una constante en su obra. En "Lo castizo" (ABC, 28-04-1954), torna a hablar del Madrid de la primera mitad del siglo XVI; y en "Estrellas errantes" (ABC, 13-07-1954) abordará la visita a Madrid, en 1895, de Sarah Bernhardt a trabajar, "en función fraterna", con su idolatrada María Guerrero.

 

            Y en "Sin imaginación" (ABC, 31-07-1954) considera que tanto en Hollywood como en Madrid falta imaginación a los creadores de cine y nos plantea un punto agudo: "en los certámenes, en los congresos, en las clamorosas reuniones de cine, sólo figuran los exclusivamente creadores de cine. No se invita nunca a esas conversaciones, a esas recapitulaciones, ni a poetas, ni a novelistas, ni a pintores, ni a arquitectos, ni a estuarios. Siendo el cine una síntesis modernísima de todas las artes, no se hace que figuren, repito, en las proclamaciones de cine los representantes de las demás artes".

 

            Nuevamente el séptimo arte nos lleva a "Madrid en 1840" a propósito del estreno de la película " Madrid en 1840, o la felicidad", en la que intervienen Fernando Fernán Gómez - a quien Azorín alude en otros artículos -, y Conchita Montes. Argumento que aprovecha para invitarnos a la lectura de tres libros de Zorrilla, Campoamor y Espronceda.

 

            Juan Sampelayo (Jaén, 7-12-1956), dedica un artículo a "Azorín, en Madrid" recordando que si éste " no es madrileño de cuna, bien lo es de corazón; de corazón y bien puede decirse que de hecho ya que son infinitos años los que aquí reside". Una frase que viene a hacer un poco de justicia a un Azorín pro madrileño.

 

MADRID, 1962

 

            En esta última etapa de la vida profesional de Azorín, aparecen Los Recuadros. De nuevo tiene que ser Biblioteca Nueva - editorial tan vinculada a la bibliografía azoriniana -, quien, en 1963, realice una edición homenaje al escritor con motivo de sus noventa años. Riopérez y Milá, biógrafo y amigo, fue el encargado de ordenar y prologar la edición.

           

            En este volumen hay muchas alusiones a Madrid. Merece la pena su relectura. Un Azorín, en plenitud de facultades intelectuales, nos ofrece sus postreras lecciones de historia, literatura y geografía. Madrid está en ellas: la bella comedia Desde Toledo a Madrid, de Tirso de Molina ("Recuadro de los caminos"); el cuatricentenario de Madrid y Galdós, que ha sabido recoger la esencia de Madrid ("Recuadro de Fantasía"); la llegada a Madrid, en 1881, de María Bashirtseff, entusiasta de El Rastro ("Recuadro de Velázquez"); Vicenta Verdier, que vino a Madrid a servir ("Recuadro de Vicenta Verdier"); la llegada a Madrid de la compañía de teatro francesa ("Recuadro de Teatro Francés"); el café poco concurrido de Madrid ("La crisis del teatro"); el viaje de Madrid a Cofrentes ("Meditación en Cofrentes"); el recuerdo de Pardo Bazán y su trato con Azorín en Madrid ("Homenaje debido") o lo que cuesta recorrer los tres kilómetros de la antigua avenida del Generalísimo ("El Tribunal de la prensa").  

           

            Mención especial merece el recuadro "Capital y Corte" (ABC, 3-01-1962), donde, por enésima vez, se aprecia el profundo conocimiento que, sobre la historia de esta ciudad y la bibliografía surgida en torno a la misma, tenía Azorín. Solaces de un prisionero, del duque de Rivas y "el magnífico" Madrid, de Castelar -" ¡qué apología más exaltada!" - son su eje central.

 

MADRID,  1965

 

            El 5 de enero de 1965, salía a la luz una edición del libro Madrid, de Azorín, con el cual el Ayuntamiento de esta ciudad quería hacerle llegar a su autor el sentimiento de gratitud de todos los madrileños. La edición constó de quinientos ejemplares editados por Artes Gráficas Municipales. El Alcalde, Conde de Mayalde, recordó, con tal motivo, que "Azorín es como un madrileño más, pues aquí ha transcurrido gran parte de su vida. El libro Madrid es una joya de la literatura española, por lo que espero que el buen gusto y la sensibilidad de los madrileños les harán apresurarse en la adquisición de esta joya bibliográfica”[37]. Una joya que guardaba un prólogo de Azorín, fechado en 1964, que recorre Madrid de la pluma de Moratín, Ramón de la Cruz, Valera, Bretón de los Herreros y Guevara.

 

            Azorín se fue apagando, lentamente, sentado en su mesa camilla, rodeado de sus libros y con una enorme lucidez mental, cualidad poco frecuente en un nonagenario. De esta forma fueron sucediéndose los días hasta que, el 2 de marzo de 1967, fallecía en Madrid. La muerte del escritor produjo una honda conmoción, especialmente en Madrid, Yecla y Monóvar. El pueblo de Madrid reaccionó agrupándose ante la casa mortuoria, en la calle Zorrilla; la Escuela de Periodismo celebró un homenaje; la Real Academia Española suspendió su sesión ordinaria en señal de duelo y los periódicos recogieron, a grandes titulares, la noticia. Gerardo Diego, uno de los poetas más representativos del 27, expresó su pesar diciendo que "España pierde, quizá, el escritor que más ha renovado la lengua, el estilo y la sensibilidad". Se impuso al féretro de Azorín la Medalla de Oro de la ciudad de Madrid. 

 

            El 29 de octubre de 1967, se inauguró, en la Cuesta de la Vega, un monumento dedicado a Azorín realizado por el escultor Agustín de la Herrán. El académico José Mª de Cossío, viejo amigo del escritor, fue el encargado de pronunciar un discurso. “El valor de su obra - dijo -, justificaría todo homenaje. Su dedicación a interpretar paisajes urbanos, personas y cosas de Madrid lo hacían obligado (...) y yo, situado en una posición de espectador, tengo que loar la resolución del Ayuntamiento de Madrid al perpetrar en este homenaje el recuerdo de quién tan bien le quiso”.[38]

 

            El 4 de marzo de 1968, en el salón de Tapices de la Casa de Cisneros, Jesús Suevos Fernández, primer teniente de Alcalde de Madrid, dentro del ciclo “Homenaje Nacional a Azorín” pronunció una conferencia centrada en “Azorín y Madrid”, que más tarde, se publicó en folleto[39].

 

       El 8 de junio de 1990, de nuevo en ferrocarril, los restos mortales de J. Martínez Ruiz eran trasladados desde la capital de España a Monóvar. El Alcalde de Madrid, Agustín Rodríguez Sahagún, presidió esta efemérides. Recordó que en Madrid quedaba "impalpable, pero rotundamente presente (el) alma castellana de Azorín"[40]. En un vagón habilitado expresamente y en un tren que llevaba su propio nombre, nuestro escritor atravesó Castilla en dirección al Mediterráneo. Efectuaba un recorrido conocido: el mismo que hiciera, en 1929, en Superrealismo.

 

       Su espíritu castellano permanece en Madrid y puede apreciarse en su bio-bibliografía, enriquecida por Biblioteca Nueva con una edición facsímil de la realizada en 1941. Madrid es uno de los libros más sugerentes, junto a Valencia y Memorias Inmemoriales[41]   -, para adentrarse en la personalidad de J. Martínez Ruiz e intuir el desarrollo de su pensamiento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ZAMORA VICENTE, Alonso. “Lengua y espíritu en un texto de Azorín”. Lengua y Literatura, intimidad. Madrid: Taurus, 1966, pp. 125-171

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

[1] José Mª Valverde. Azorín. Barcelona: Planeta, 1971.

[2] José Payá Bernabé. “Ignorados artículos de Martínez Ruiz en “El Motín”. En Anales Azorinianos nº 3. Alicante:Caja de Ahorros de Alicante y Murcia, 1986, pp. 81-117.

[3]  E. Inman Fox. "Lectura y literatura ( en torno a la inspiración libresca de Azorín) en La crisis del 98. Madrid: Edicusa, 1976, pp. 113-142

[4] Laureano Robles. Azorín-Unamuno: cartas y escritos complementarios. Valencia: Generalitat Valenciana, 1990

[5] Este juicio debió de calar muy hondo en nuestro autor ya que reprodujo esta epístola íntegramente en el capítulo de Madrid dedicado al poeta catalán.

[6] Editan una doble hoja con la cabecera de Historia Contemporánea.

[7] Miguel Angel Lozano. “Azorín y la novela contemporánea”. Elda: Campus nº 10. Alicante: Universidad, l987.

 

[8]  Véase "Luna de Toledo" de Madrid.  A Toledo les acompañó el periodista Julio Burell, a quien dedicó Azorín un artículo ( ABC, 13-02-1951) calificándole de "buen amigo - un aliado - de los escritores del 98".

[9] Para hacer un exámen de la personalidad de Martínez Ruiz hay que estudiar sus orígenes literarios; indagar por qué eligió este seudónimo desde 1904 hasta 1967; qué le motivó a escribir tal o cual obra y alguna de estas claves se encuentran, a modo de pinceladas, en Madrid.

  - "¿Sería tan amable de decirnos el origen de su seudónimo?", le preguntan a Azorín en el semanario madrileño Estampa el 19 de febrero de 1929.

  - "Con mucho gusto. Hace años, cuando escribí mi novela La voluntad, puse en ella un personaje que se llamaba "Azorín". Es este un apellido muy corriente en la región levantina y que a mí me encanta por lo eufórico y breve. Algún tiempo despùés, empecé a usarlo como seudónimo en el diario España, que dirigía Manuel Troyano", respondió el escritor.

  - "¿Cree usted que tiene importancia el seudónimo?"

  - " Mucha. Puede decirse que él delata con exactitud la personalidad del escritor. Es más, yo creo que si los literatos se diesen cuenta de lo que significa un seudónimo conciso y de fácil pronunciación, no habría uno solo que dejase de adoptarlo".

 

[10] "La Ruta de Don Quijote me había hecho popular; la Andalucia trágica motivó - en El Imparcial - una interrupción extraña,inesperada", dice Azorín en Posdata.

[11] Azorín."Adiós a Torcuato Luca de Tena". Los Recuadros. Edición de Santiago Riopérez. Madrid: Biblioteca Nueva, 1963, pp. 181- 184.

[12] Azorín. “Como en un ensueño” ABC, 1 de junio de 1955.

[13]  Véase nuestro artículo " Azorín, cuarenta y nueve años en ABC ".  ABC , 10 de junio de 1990.

[14]  José Ferrándiz Lozano. “Azorín precursor del nuevo periodismo”. Elda: Los Críticos, 1994,  pp. 119-122.

[15]   Carta original en el archivo de la Fundación Antonio Maura.

[16] Ibidem.

[17] En España Contemporánea., tomo III, nº 1, Primavera 1990

[18] Ver Azorín. “La compra de un sombrero” Blanco y Negro, 7-10-1905.

[19] Mario Parajón. "Azorín: el Madrid ideal e invisible" en Cinco escritores y su Madrid. Madrid: Prensa Española, 1978, pp. 39-76

[20]  Rafael Gómez. “Azorín y José Mª de Cossío”. Anales Azorinianos nº4. Alicante: Fundación Cultural CAM, 1993. pp. 119-131

[21]  Azorín. Valencia. Introducción de Santiago Riopérez. Madrid: Biblioteca Nueva, 1995.

[22]  Madrid: Editorial Alhambra, 1954.

[23]  Inman Fox, E. “Azorín y el franquismo. Un escritor entre el silencio y la propaganda”. Anales Azorinianos nº4. Alicante: Fundación Cultural, 1993, pp. 81-117.

[24]  Renata Londero. “Madrid (guía sentimental), de Azorín”. III coloquio internacionalAzorín: 1904-1924”. Pau: Universidad. (en prensa).

[25] Azorín. Madrid. Madrid: Avapiés, 1988. En la introducción de esta edición, Manuel Lacarta considera que esta obra sigue el mismo esquema que Madrid Guía Sentimental, alternando y entrecruzando capítulos sobre gentes.

[26]  Veáse "En torno a un libro de Memorias. Las Confesiones de un pequeño filósofo", de María Martínez del Portal. Actes du premier colloque internacional “José Martinez Ruiz (Azorín)”. Pau: Université et Caja de Ahorros de Alicante y Murcia, 1985, pp. 49-61.

[27]  Azorín. Agenda. Madrid: Biblioteca Nueva, 1959.

[28]  Jorge Campos. Conversaciones con Azorín. Madrid: Taurus, 1964

[29]   A. Martínez Sarrión. La cera que arde. Albacete: Diputación, 1990.

[30]  Las Noticias, 27-04-1901.

[31]  Ver nuestro artículo “Azorín y Galicia”. Elda: El Seráfico nº1, 1987.

[32] Anales Azorinianos nº4. Alicante: Fundación Cultural CAM, 1993. pp 149-182.

[33] Azorín. “La trayectoria”. ABC, 1-11-1952.

[34] Ver Rafael Santos Torroella.”Azorín y los pintores”. El Noticiero Universal, 19-06-1973

[35]  En Boletín Informativo de la Casa Museo Azorín nº0. Monóvar: Fundación Cultural CAM, 1994.

[36] Azorín. El efímero cine. Madrid: Afrodisio Aguado, 1955, pp. 129-132.

[37]  Santiago Riopérez.  Azorín íntegro. Madrid: Biblioteca Nueva, 1979 p. 642.

[38] Discurso original en La Casona de Tudanca.

[39] Jesús Suevos.  Madrid y Azorín. Madrid: Artes Gráficas Municipales, 1971.

[40] Azorín. Catálogo del traslado de los restos de José Martínez Ruiz. Monóvar: Generalitat Valenciana, 1990 pp. 15-16.

[41]  "En Madrid comenzó a formalizar sus trabajos literarios, ya incoados en la ciudad del río blanco (...) Y a partir de este punto, la vida de este personaje es más conocida; digo su vida externa, que en cuanto a la intrínseca, nadie, ni él mismo la sabe". Azorín. Memorias Inmemoriales, 1946.