MACHADO Y AZORÍN. TRASFONDO LITERARIO Y POLÍTICO DE SUS RELACIONES
Desde Segovia, Antonio Machado remitió a Azorín en 1928 un ejemplar de la edición de ese año de sus Poesías completas con una escueta dedicatoria: "Al gran Azorín, con la admiración y afecto de Antonio Machado". La dedicatoria de un libro es, a menudo, una oportunidad para redactar un cumplido, y aparentemente éste, firmado el 4 de abril, podría ser un autógrafo más entre dos escritores. Pero ni la calificación de "gran Azorín" ni el reconocimiento de "admiración" y "afecto" parecen, en este caso, un mero gesto de cordialidad. Se podría asegurar, incluso, que en este ejemplar conservado en la Casa Museo Azorín de Monóvar, propiedad de la Caja de Ahorros del Mediterráneo, hay algo más que línea y media de cortesía. Eso es lo que, al menos, se deduce de los documentos conocidos que marcaron la relación entre ambos.
En la biblioteca de la Casa Museo Azorín, compuesta por la que tuvo el escritor en su vivienda de Madrid y por la de la familia Martínez Ruiz en Monóvar, hay registrados varios libros de Machado: dos ejemplares de la edición de 1907 de Soledades. Galerías. Otros poemas, uno de ellos con la dedicatoria manuscrita "Al pequeño filósofo Azorín en prueba de admiración y simpatía / Antonio Machado", fechada en Burgos el uno de noviembre 1907, un ejemplar de la edición de Poesías escogidas de 1917 y las ediciones de Poesías completas publicadas por Espasa Calpe en 1917, 1928, 1933 y 1936, esta última también con dedicatoria autógrafa: "Al gran Azorín, con un fuerte abrazo de Antonio Machado". No se conservan, en cambio, ejemplares de las primeras ediciones de Campos de Castilla y Nuevas Canciones, libros a los que Azorín dedicó sus reconocimientos inmediatos en el periódico ABC.
Durante décadas, las relaciones entre ambos escritores fueron conocidas por los textos públicos que uno y otro se brindaron: las composiciones de Machado "Al maestro Azorín por su libro Castilla", "Desde mi rincón" y el soneto "Azorín", por una parte, y los artículos en los que éste se ocupaba del poeta y sus obras, especialmente los que salvaban la actualidad efímera del diario y pasaban a formar parte de las páginas de sus libros. De la lectura de todos esos textos se deducía una relación amable y en permanente homenaje literario, aunque no era difícil adivinar en algunos versos de Machado ciertas distancias ideológicas.
Se ha repetido muchas veces, pero hay que decirlo: Castilla y su paisaje fue el punto de encuentro sobre el que se afianzó, al principio, una admiración mutua. Nada más publicarse Campos de Castilla, Azorín se convirtió en uno de los más tempranos apologistas del libro al publicar el 2 de agosto de 1912, justo al día siguiente de morir Leonor, la esposa del poeta, su artículo "El paisaje en los versos". Hubo otra coincidencia: la temporal. Ese mismo año Azorín venía alternando en los diarios ABC y La Vanguardia una serie de artículos que a fines de 1912 se reunieron en el volumen Castilla, que Machado leyó con mucha atención, a juzgar por lo que le escribió a Juan Ramón Jiménez: "este libro de Azorín, tan intenso, tan cargado de alma ha removido mi espíritu hondamente". La reacción del poeta a la generosidad periodística azoriniana y a la lectura de Castilla es, sobradamente, conocida. Y no es otra que la composición, ya en Baeza, de los poemas "Al maestro Azorín, por su libro Castilla" y "Desde mi rincón". El primero recrea esa escena en la venta de Cidones al caer la tarde, donde un caballero enlutado escribe con los ojos tristes y espera a que llegue el coche del correo, en el que se presume que va a partir, escena en la que se ha querido ver un autorretrato del propio Machado, con la muerte de Leonor todavía cercana, que se dispone a abandonar Castilla tras cinco años de profesor en Soria. El segundo es el que envió al homenaje que un grupo de intelectuales dedicó a Azorín en Aranjuez el 23 de noviembre de 1913, en desagravio por el rechazo de la Real Academia Española de su candidatura. Lo leyó Juan Ramón Jiménez y puede que su primer comentarista fuese un jovencísimo Pedro Salinas, presente en el homenaje, que al día siguiente fechó una carta a su novia de Santa Pola (Alicante) en la que le decía: "los versos de Machado son estupendos: los recorto y te los mando: esa es Castilla, y esos que el poeta dice son los anhelos de nuestra generación". Con el tiempo, sin embargo, no todos creyeron en esa coincidencia. Y uno de los discrepantes fue Federico García Lorca en 1933, cuando a la pregunta "¿qué nos dice usted de Azorín?" en una entrevista concedida al diario La Mañana de León, a propósito de su estancia en esa capital por una gira de La Barraca, respondió de forma contundente.
No me hablen ustedes Que merecía la horca por voluble. Y que como cantor de Castilla es pobre, muy pobre. Viniendo ayer por tierra de Campos me convencí de que toda la prosa de Azorín no encierra un puñado de esa tierra única. ¡Qué gran diferencia entre la Castilla de Azorín y la de Machado y Unamuno! ¡Qué diferencia!
Hasta 1959, en definitiva, las fuentes que ayudaron a conocer la relación amistosa entre Azorín y Machado estaban en sus propios libros y en los periódicos. En esas fuentes podían hallarse no sólo unas piezas literarias poesías y artículos sino momentos compartidos que animaron el ambiente cultural del primer tercio del siglo XX. Los dos colaboraron en la revista Electra, los dos firmaron junto a Rubén Darío, Baroja, Valle-Inclán, Maeztu, Manuel Machado y otros la protesta ante el homenaje a Echegaray de 1905, los dos formaron parte de una de las comisiones que en 1923 se crearon para dedicar un monumento a Rubén Darío, proyecto que no llegó a consumarse pero que tuvo cierta repercusión en la revista España, sobre todo al atacar Juan Ramón Jiménez a algunos miembros de una de las comisiones, dando pie a que Azorín se retirara de la que formaba parte y a que Machado anunciara, poco después, que la dimisión de Azorín implicaba la suya, y los dos firmaron un manifiesto, en la II República, como protesta ante el asesinato en agosto de 1935 del periodista republicano Luis Sirval a manos de falangistas, manifiesto que también suscribían Unamuno, Juan Ramón Jiménez, García Lorca y Julián Besteiro. Aunque suponga alterar el orden cronológico de estas secuencias, tampoco hay que olvidar que, tras la decisión de la Universidad Popular de Segovia de proponer a Machado para ocupar una vacante en la Real Academia, Azorín fue uno de los tres académicos los otros fueron Ricardo León y Palacio Valdés que avalaron su candidatura, elegida el 24 de marzo de 1927. El otro aspirante, Niceto Alcalá-Zamora, que siempre se creyó víctima de las maniobras del general Primo de Rivera para no ser él el elegido en ésta y en anteriores ocasiones, escribió en sus memorias que "a propuesta de Azorín eligieron al insigne poeta Antonio Machado, que tanto lo merecía".
Ahora bien, desde 1959, y muy especialmente durante la década de los sesenta, concurre un componente nuevo en esa reconstrucción de sus relaciones: el componente íntimo. Con la publicación en Méjico de las cartas de Antonio Machado a Juan Ramón Jiménez se confirma esa admiración por el libro Castilla. Entretanto, un Azorín que desde la muerte de Baroja en 1956 era el único superviviente de la que el mismo bautizó como Generación del 98 (de cuya nómina, por cierto, excluyó a Machado en 1913, cuando la propuso en sus famosos artículos de ABC, pero en la que sí lo incluyó en un artículo titulado "Influencias" de 1945) se convertía en nonagenario en 1963, fecha en la que todavía guardaba unos papeles inéditos de Machado. Parece ser que esta documentación fue entregada en 1958 al que iba a ser uno de sus biógrafos, al abogado Santiago Riopérez, solicitándole muy poco después que se la restituyera, con lo que Azorín siguió siendo el depositario hasta el 22 de agosto de 1966, día en el que decidió ponerla en manos de su médico, el cardiólogo Francisco Vega Díaz.
Se trataba de una carta de Machado a Juan Ramón Jiménez desde Baeza, contestación a una tarjeta de éste en la que al parecer le pedía unas notas biográficas (incluidas en la propia carta) para una antología que tenía en proyecto Azorín, de cuatro medias cuartillas con otra versión autobiográfica de Machado y de una carta de 1916 la única que se conoce entre ellos de Machado a Azorín, agradeciéndole que le dedicara el libro Un pueblecito (Riofrío de Ávila) en la que sorprende que el poeta se enterara por un tercero. Vega Díaz tuvo que esperar a publicar estos documentos porque Azorín le rogó que no lo hiciera hasta su muerte. Al visitarlo para darle las gracias, el escritor le dijo: "Machado no quería a los franceses. Ni a Francia. Le dolían. Yo no puedo entregar esos papeles a nadie que pueda publicarlos mientras yo viva. Deseo ser siempre digno de la Legión de Honor con que me condecoró Francia". Y efectivamente. En el manuscrito de la autobiografía Machado confesaba su "aversión a todo lo francés". En la carta a Azorín, ya con la primera guerra mundial en curso, aprovechaba para manifestarle que leía sus artículos sobre Francia. "La guerra le decía nos ha revelado que el mundo afectivo tiene más realidad que el de las ideas. Esos diablos de franceses son de nuestra familia, y en trance de muerte o vida, hemos de estar con ellos. Sin embargo ¡qué bien nos hubiera venido un par de siglos de dominación teutónica!". Es obvio que Azorín, que había recibido una sentida influencia de la cultura francesa, no compartía este sentimiento, al igual que a Machado, por su espíritu liberal, no le gustaba que su amigo se convirtiera en España, durante aquellos años, en un difusor de las ideas del conservadurismo francés más reaccionario, el que representaba la vía antiparlamentaria y tradicionalista de Charles Maurras y su periódico La Acción Francesa. Esa fue una de sus mayores diferencias ideológicas que, en todo caso, no mermaron esa relación de cortesía hecha arte, como la tituló Oteo Sans.
Azorín murió el 2 de marzo de 1967, con lo que la encomienda a Vega Díaz estaba cumplida. No tardaron, por tanto, en ponerse esos inéditos al alcance de los lectores. La carta de Machado a Azorín se la prestó a José Luis Cano para su reproducción en la revista Ínsula en 1968. Poco después, el propio Vega Díaz completaba la contribución en Papeles de son Armadans.
Hay un episodio muy poco conocido al que queremos aludir, y que también quedó en la intimidad de los epistolarios: el intento disimulado de Azorín para que le concedieran a Campos de Castilla el premio Fastenrath de poesía. Se trata de una pequeña presión que quiso ejercer sobre el secretario de la Real Academia, Mariano Catalina, de la que puso en antecedentes por carta a Ortega y Gasset.
Querido Ortega y Gasset: me he enterado de que el premio Fastenrath correspondiente a 1912 (2.000 pesetas) piensa darlo Catalina a dos libros de versos: uno de Sandoval y otro de Blanco Belmonte. Como quien ignora esto he escrito dos notas para Mundo y Tribuna de esta noche diciendo que, según noticias, ese premio va a ser adjudicado a Campos de Castilla, de Machado, y a Melancolía, de Jiménez. Intento parar con esto el propósito de ese infecto Catalina. ¡No se puede consentir ese repugnante caciquismo!
Aunque Azorín cita el envío de su nota a Mundo y Tribuna, lo cierto es que esta carta pone al descubierto que pudo ser el redactor se reconoce su estilo de la que apareció también en el diario El Imparcial, de la familia Gasset, el 14 de enero de 1913 con el título de "Catalina y los poetas", nota que responde con exactitud a las intenciones reveladas a Ortega.
La Academia Española otorga todos los años un premio de dos mil pesetas a una obra literaria. Instituyó tal galardón un insigne hispanista alemán, D. Juan Fastenrath. El premio correspondiente a 1912, si nuestras noticias son exactas, corresponderá a dos volúmenes de poesías: los "Campos de Castilla", de Antonio Machado, y "Melancolía", de Juan R. Jiménez. La designación parece que es obra principalísima del ilustre secretario de la docta Corporación, D. Mariano Catalina. Hombre amante de nuestros grandes clásicos, selecto y culto conocedor de la lírica castellana, el Sr. Catalina ha querido que estos dos grandes poetas españoles, tan castizos, tan delicados, sean sancionados honrosamente por la más alta de nuestras Sociedades literarias. Y como la propuesta del premio Fastenrath se ha de hacer a S.M el rey, nuestro monarca, con su augusto beneplácito, glorificará a dos poetas que de manera insuperable, como Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez, han sabido expresar, el uno, la honda sensación del paisaje castellano; el otro, las delicadas emociones de un espíritu ensoñador y lírico.
La presión, ya se sabe, no cundió efecto y Campos de Castilla quedó sin premiar, pero prueba como el resto de la documentación conocida que Machado tuvo en Azorín uno de los reconocimientos intelectuales más fieles. En público y en privado.
José Ferrándiz LozanoJosé Payá Bernabé