La ciudad apacible

 

La parte de la provincia de Alicante en que nació la persona de que hablo es la central, montuosa, de paisaje desnudo,de coloraciones grises, con grises que van desde el ceniciento oscuro hasta el clarotenue. Nada más difícil de pintar…(AZORÍN. Memorias inmemoriales)

El cielo de Monóvar ha sido descrito siempre como una especie de locura de grises; como una trama del blanco y negro, con finísimos matices que van recorriendo y descubriendo las horas del día y los días de cada estación. Las escasas sombras se proyectan sobre dos montículos orgullosos, desafiándose entre sí, y un tercero excepcional espolvoreado de curiosas nieves rojas. Las casas se alinean en fila india para pergeñar calles rectilíneas y escalonadas, que surgen de lo alto, se acomodan en la pendiente y se pierden en el desmayo del ensanche. Lo que se edifica ha de ser de tono fuerte o con capacidad de perfilarse para ser reconocido en un fondo tan sutil. Destacan, pues, tres cúpulas de azul intenso que despuntan en ese abigarramiento monótono, los perfiles macizos que amarillean en sus figuras estilizadas y las densidades opacas de inciertos colores que contornean la ciudad. Es un paisaje, pues, de plomo, del que se derivan sensaciones de peso y fuerza, de arraigo, de amarre a las raíces de la tierra y de atracción evocadora cuando se está lejos.Un paisaje así, imaginado desde la lejanía, nos sugiere un aire monocorde y desvaído, casi turbio, como si estuviera exento de luminosidad. Quien así lo vislumbrara no habría entendido la riqueza que encierran todos los matices de una paleta tan larga como la de los grises. Pero es que, además, esta ciudad está coronada por un aura luminosa de potentes rayos que vienen de ese cielo más limpio que está más allá, en la eternidad. Es el haz en el que convergen las curiosidades y las admiraciones. Es la señal al viajero que le permite detenerse, recrearse y saborear aquello que estaba buscando porque lo encontró escrito y descrito en los libros clásicos. No va a ver sólo una ciudad con sus trajines, sus colores, sus olores o su gente. Va a saber lo que es un espíritu determinado que flota en el ambiente y da personalidad. Es una mezcolanza entre la apertura del carácter mediterráneo y el apego al terruño. Es una forma de ser, un talante, una elegancia, un señorío… Es una sutileza que se escapa como el agua entre las manos. Al igual que nos pasa con la gama de grises, ese carácter de fondo es muy difícil de expresar; hay que tener un alma de artista para poder hacerlo; hay que llevar a cuestas una sensibilidad exultante, a flor de piel; hay que saber plasmar lo que el ojo ve y el espíritu siente con vehemencia, con laboriosidad, con oportunidad; hay que estar tocado por una gracia especial... Y esa figura, aquí y ahora, es Azorín. Nuestro literato ha pasado a la eternidad de las Letras Españolas, y, con él y por él, Monóvar también se ha inmortalizado.Pero hay que decir ya que el Azorín que nos interesa no es el intelectual contradictorio ni el político de diversos signos, ni siquiera el ilustrado. Nosotros queremos al Azorín escritor, el que rebusca en el fondo de las almas, el que describe minuciosamente, el que tiene vocación de pintor y mueve su pluma como una cámara de cine, el que nos transmite especial gozo gracias al estilo. Todo sale de su mente y de su pupila que es memoria cargada de sensaciones de la que brota, a borbotones suaves y delicados, la descripción más sugestiva. Nos quedamos con el Azorín de la palabra.Se dice que Monóvar se aprovecha, y hasta abusa, de Azorín. Muy bien que me parece. Y muy bien creo que le va. Pero, en el fondo, es justamente al revés: Es Azorín quien se aprovecha de Monóvar para tener lo que tiene como artista del lenguaje. Monóvar no es solamente su cuna y su tumba, es él mismo, en una conjunción diáfana y a la vez compleja. Lo que dice y el “cómo” lo dice lo ha mamado, lo ha saboreado, lo ha experimentado. Es la savia del árbol que no se ve, sólo se intuye, que está formada por una tierra fértil regada por delicuescencias sensibles, en la que se forjan las estaturas y los grosores de los que brotarán abundantes y sabrosos frutos. Monóvar y Azorín, vistas así las cosas, son lo mismo. Sólo hay que leer al maestro y fijarse en sus modos y, a veces, en lo que dice de su ciudad natal, a la que calificó como “ciudad apacible”.Cuando piensa en Monóvar, como acción y como actitud, lo que parece producirse muy frecuentemente, a Azorín le trae remembranzas de horas vividas con intensidad, alojadas luego en los casetes de la memoria, y sacadas con soltura para desahogo de neuronas. Los recuerdos de familia han impactado en él hasta el final de sus días. En este territorio de cualquier vida personal, los estudiosos creen hallar una casa complicada en cuanto a trato, educación y costumbres, donde probablemente anidó un padre con sacudidas de tirano (Isidro Martínez Soriano, abogado y alcalde de Monóvar desde 1877 hasta 1881) y una madre bondadosa y culta (María Luisa Ruiz Maestre), hacendada y quizá soporte económico familiar, descendiente de los Ruiz, linaje de hidalgos merecedores de privilegios de Corte, uno de los cuales benefició a la ciudad de Monóvar en modo destacado, pues se adjudica a estos deudos el hecho de que el rey Felipe V, con motivo de la defensa de su causa contra el Archiduque de Austria en la Guerra de Sucesión, hace ya casi tres siglos, le concediera el uso de la flor de lis en su escudo y le otorgara los títulos de “muy noble, fiel y leal” a la entonces villa de Monóvar. Son ascendencias de arraigo que parecen quedar depositadas en los leucocitos de la sangre. En cuanto a su niñez, teniendo en cuenta que era el hijo del alcalde y tenía que recibir trato especial y clases particulares para no disponer de tiempo de juegos con otros compañeros, y contando además la rigidez de la educación familiar y que estuvo ocho años seguidos estudiando en los Escolapios de Yecla, prácticamente no tuvo mucho contacto con gente del pueblo de su edad. Y en su juventud, estudiando en Valencia o en Granada, se repetiría más o menos lo mismo. No es extraño, pues, que cuando le preguntaban a los viejos del lugar, contemporáneos de Azorín, dijeran de él que era un tipo raro, porque en sus estancias en la localidad tampoco solía hacer mucha vida social. Pero siempre que pudo, volvió. Y recorrió lugares y sabía de las costumbres de la gente. Bien que lo demuestra en tantísimas veces como habla de Monóvar en sus libros y en sus artículos de prensa.La ciudad apacible es precisamente éso: la ciudad donde apetece volver. La ciudad de clima bondadoso y acogedor. La ciudad agradable y tranquila. La ciudad recogida, alejada, protegida, silenciosa. La ciudad de la calma y del remanso dulce. Una imagen literaria potente y sugestiva, y un autor egregio. Por eso Monóvar y Azorín van juntos, van de la mano, por encima de sí mismos, más allá de este incierto cielo gris.

Demetrio Mallebrera