IDEOLOGÍA Y ELECCIONES MUNICIPALES
Si algo podemos reprochar al progreso y a las sociedades de bienestar de nuestro primer mundo, es el hecho de que, del mismo modo que ocurre con ciertos bienes de consumo, han transformado el firmamento de las ideologías en prendas de moda o en signos de diferenciación y de estatus social. Al contrario de lo que sucedía con los filósofos clásicos o con los ideólogos que hicieron germinar las grandes revoluciones de nuestra historia, cuya trayectoria vital fue comprometida y coherente con las creencias que predicaron; hoy en día, podemos apreciar que la mayoría de posturas morales o políticas que abundan a nuestro alrededor suelen producirnos perplejidad a poco que analicemos el comportamiento de las personas que hacen ostentación de dichos posicionamientos. Así, expresiones de izquierdismo, de pacifismo, de ecologismo, o escandalizarse con el hambre y las miserias del tercer mundo y figurar en la lista de una ONG, constituyen actitudes sociales cuyo carácter meritorio y loable nadie negaría; sin embargo, atendiendo a los recelos que también evidencia nuestra fraseología popular, una cosa es predicar y, otra muy distinta, dar trigo.En efecto, dejando aparte los casos excepcionales de personas, cuyo sacrificio y entrega a la causa en que creen rayan el heroísmo moral o el fanatismo más deplorable, nuestra sociedad se caracteriza por la normalidad de conductas hipócritas, utilitarias y autocomplacientes, por eso nadie repara en el contrasentido que supone que podamos abanderar luchas contra el deterioro del medio ambiente o contra el hambre y la desigualdad en el mundo, y, al mismo tiempo, no estemos dispuestos a renunciar al nivel de vida que gozamos y que es causa directa de esos males. Resulta, por ejemplo, paradójico y esperpéntico observar, como he tenido ocasión de contemplar en una protesta pública contra las antenas de telefonía, a un buen número de los manifestantes quejándose de los efectos nocivos de esas antenas a la vez que portaban teléfonos móviles y llegaban a usarlos en el fragor de la protesta. Pero con ser chocante este ejemplo de comportamientos estúpidos, no es el único que define nuestra incoherencia y vacuidad la mayoría de las veces que sacamos pecho en favor de una de las numerosas causas nobles que llevamos serigrafiadas en camisetas, gorras y pegatinas al modo de marcas comerciales. Qué confortante para nuestra paz interior y para nuestro prestigio social abanderar campañas contra la contaminación en el mundo, contra el deterioro de la capa de ozono o la incesante deforestación; pero que nadie nos pida que renunciemos a nuestras casas equipadas con muebles de madera y todo tipo de aparatos gastando luz y agua a porrillo; que tampoco nos falte trabajo en nuestras fábricas contaminantes, ni se nos impida quemar gasolina para poder disfrutar de nuestros flamantes coches. Cuánta aflicción podemos llegar a sentir al ver en nuestras pantallas en colores el hambre y la miseria de los negritos o la desigualdad y la opresión de media humanidad. ¡Que alguien haga algo! Clamamos delante de la mesa a la hora de la comida o la cena, menos mal que siempre tendremos al imperio yanqui o a los gobiernos de turno para endilgarles las culpas y poder seguir comiendo y preocupándonos de problemas más acuciantes, que con toda seguridad nos abocarán a buscar la forma de llegar a fin de mes y que no nos falte para gasolina y tabaco, para el cafecito diario y el restaurante de los domingos, o para el plazo del préstamo con el que financiamos el coche, el piso o el último viaje de vacaciones.
Mis anteriores reflexiones vienen motivadas por la inminencia de las elecciones municipales y por la confianza que nos deban suscitar los candidatos de las distintas opciones políticas que concurren a las urnas. Pues si la integridad ética y la coherencia ideológica son valores que los individuos deberíamos acreditar en la sociedad avanzada de la que nos jactamos formar parte, con mayor fuerza tendríamos que exigirlos de las personas llamadas a gobernarnos y a administrar los dineros públicos. La ventaja de un proceso electivo de carácter local radica en el hecho de que los candidatos a alcalde y concejales suelen ser ciudadanos cercanos y conocidos, siendo así que su currículo personal no precisa de grandes descubrimientos, por eso que pueda bastarnos su mera trayectoria vital para disipar recelos y presumir cuál va a ser su grado de capacidad, lealtad y compromiso en el desempeño del cargo político al que opta. Ciñéndome a Monóvar, he de manifestar mi incredulidad y mi desazón por la cantidad de candidaturas, concretamente seis, que se nos ofertan con promesas de toda índole. Si en un primer análisis tal profusión de formaciones políticas pudiera sugerirnos un horizonte de pluralidad ideológica y de competencia provechosa para los votantes, a poco que hurguemos en el perfil y las motivaciones de los distintos candidatos, se nos dibujará un panorama menos alentador, cuando no preocupante, para el caso de que las urnas permitan a todos ellos sentarse en la poltrona, ya que no constituye un secreto que se ofertarán sueldos y asignaciones presupuestarias a modo de trapicheo con el fin de lograr pactos y mayorías de gobernabilidad.
Respecto de anteriores elecciones, en éstas disputan el espacio electoral dos agrupaciones de nueva implantación en este municipio: el Bloc Monover (BM) y la Unión de Centro Liberal (UCL). Y aunque se presentan como novedad ideológica, sus cabezas de lista no nos son desconocidos, puesto que ya están sentados en el Salón de Plenos con actas de concejal de otros partidos. Asimismo, El PP y el PSOE presentan como novedad el que sus respectivos candidatos acceden por vez primera al sillón municipal, mientras que el resto de formaciones, EU y GIMV, mantienen a los mismos líderes con los que ya gobiernan en el consistorio.
Esta profusión de siglas puede llevar a pensar en la ventaja de un abanico de tendencias ideológicas dispares capaz de colmar todo tipo de inquietudes políticas, pero ya he apuntado antes mi pesimismo sobre la importancia práctica de las ideologías ante la realidad económica que nos encorseta, máxime cuando estamos hablando de la doméstica gestión de intereses municipales. Además de que tampoco podemos olvidar que contamos con el referente histórico de que, o bien casi todos esos partidos, o bien casi todas las personas que los encabezan con unas u otras siglas, ya han ejercido responsabilidades de gobierno en el Ayuntamiento. Ninguno de ellos puede vendernos la burra de que su orientación ideológica obedece a una tendencia de más o menos progreso por cuanto todos llevan pactando con todos las mismas políticas de gestión chapuceras y manirrotas, y las mismas formas de gobernar prepotentes y de espaldas al ciudadano, desde hace varias legislaturas. Por eso que para una buena elección tendríamos que fijarnos en la fiabilidad que nos merecen las cualidades del candidato: su trayectoria privada y pública, su capacidad, formación y honradez o la coherencia y credibilidad de sus planteamientos. Nadie entregaría un negocio propio a un administrador inepto o a uno que metiera la mano en cuanto nos descuidáramos, ese mismo principio nos debe llevar a sopesar a quien queremos dejar la administración de nuestro Ayuntamiento, que a fin de cuentas es la empresa de todos los ciudadanos.
En cuanto al caso concreto de nuestros seis candidatos, he de comenzar expresando mi desconfianza respecto de los líderes de la UCL y del BM, personas cuyos logros políticos como concejales, sin ser exhaustivo o mordaz, tienen que ver más con la especialización en cata de vinos y en restaurantes, que con la solución de problemas al municipio. Ellos son los protagonistas de la que yo denomino la Revancha de los Tomases, debido a que las formaciones políticas que abanderan actualmente surgen como tapadera a la necesidad que tienen dichos candidatos por continuar en la vida política y como desquite al PSOE y al GIMV, donde ambos militaban, por haberlos desterrado de sus listas. Tampoco espero grandes logros del joven candidato del PSOE, cuyo perfil político se caracteriza más bien por su escasa personalidad, su falta de criterio y su total dependencia del Secretario General del partido, no en vano es reproche muy extendido en la localidad y en las filas de su agrupación el que se haya convertido en marioneta, cuando no en una víctima propiciatoria, de las ansias de poder de su jefe local, quien se prepara el terreno para regresar a la política activa en olor de multitudes, una vez sea rehabilitado del delito a que fue condenado. De los candidatos de EU y GIMV apenas se puede esperar algo más de lo que hasta el momento vienen aportando a la gestión local, ello debido a que su minoritaria base electoral les otorga limitadas posibilidades para grandes objetivos y a que su actuación política en el Ayuntamiento ha tenido claroscuros y momentos de disputas personales que han perpetuado en el consistorio un estado de crisis permanente, eso sí, sus exigencias habrán de ser satisfechas ante cualquier pacto de gobernabilidad, caso probable de que las urnas no resuelvan la estabilidad de la próxima legislatura con una mayoría absoluta. Opinión distinta me merece el candidato del PP, bodeguero de indudable prestigio dentro y fuera de la localidad, con una trayectoria personal y empresarial intachable, solvente y con una capacidad de gestión fuera de toda duda. Si bien las siglas que representa no son de mi simpatía, también he de confesar, en honor a mi convicción de que las personas valen por sus actos y no por las etiquetas con que se dan a conocer, que creo en su proyecto porque sé de su formación humanista, de sus inquietudes y de su sincero compromiso para abordar ciertos problemas endémicos de esta población. Estas apreciaciones, fortalecidas por el hecho de conocer que no le motiva ningún interés torticero o bastardo y que su solvencia y honradez disipan en mí los recelos de que su meta consista en formar parte del club de tragaldabas y oportunistas que sólo ansían vivir a costa de las arcas municipales, me llevan a afirmar sin dubitaciones que sería deseable que los ciudadanos de Monóvar lo tuvieran como alcalde.
Juan José Alcaraz Payá