Juro que, cuando terminó de contar ese intrigante relato de los tiempos de Marícastaña, se me ocurrió pensar que, aquel hombre de boca pastosa y de tics de paranoica desconfianza, no había cesado de exagerar y de desleírse la memoria, tal y como lo estaba haciendo con el caramelo pictolín que chupaba para mantener en perfecto drenaje una garganta de nuez prominente, pellejuda y de carraspeos continuos. No le creí ni una sola palabra, no por lo fantasioso de sus confidencias, sino porque no le supuse el valor y el arrojo con que novelaba los desenlaces y que sus maneras afeminadas estaban desmintiendo en todo momento. Antonio López me había señalado en diversas ocasiones la foto color sepia, la que se barruntaba al otro lado del cono mortecino de una veladora de pantalla que apenas disipaba la penumbra de aquella tarde invernal. "Entonces gastaba gabardina y la gorra de gendarme." Me reiteraba, insistentemente, con su tembloroso índice perforando los tenues dominios de la luz de la bombilla de cuarenta. Sin tomar más interés que un leve giro de cabeza hacia el sitio del retrato, deduje la pinta estirada y fingidamente autoritaria de un ser uniformado que era imposible que encajara con el que se me representaba delante, y eso que la escasa iluminación del cuarto le disimulaba gran parte de los síntomas y desperfectos seniles. El chispeo intenso de su diente de oro sí que me llegaba con profusión de destellos al hilo de su fantástica cháchara, se me antojaba el brillo de la única estrella en un negro cielo de palabras y palabras que, después de tres horas de narración ininterrumpida, no hacían otra cosa que volver a repetirse, como queriendo certificar su fidelidad a los hechos ocurridos en un pasado distante y que esa tarde pretendían ser vívidos recuerdos. Pese a mis recelos en cuanto a la veracidad de sus historietas, confieso que mi imaginación andaba algo desbocada, mientras las oía, ponía sal y pimienta a las situaciones que podían llegar a parecerme escabrosas o chocantes. Precisamente, fue el atractivo literario del argumento que se me puso en bandeja lo que me obligó a permanecer sentado y no buscar una disculpa y salir pitando de aquella estancia abigarrada y de fuerte olor húmedo al rancio de la soledad y de la desidia.
Desde que perdió a su hermana, Antonio López luchaba solo en este mundo, en éste y en todos los mundos que uno pudiera idear para tenerle caridad y regalarle un poco de compañía. Se esforzaba en no parecer afectado por dicha contrariedad, más bien, se comportaba como si fuera un rehén o una marioneta del destino y no tuviera otra escapatoria. "Lo cierto es que para tenerse que morir de hambre no me hace falta a nadie, me basta con mi propia miseria." Aquel amago de heroicidad, que no era otra cosa que una farrucada para no tener que resignarse a lo inevitable, le delataba constantemente, pues el propósito de aquella tarde suponía un último intento por asirse a mi presencia y conseguir, de mi pluma, una huida posible hacia la puerta incierta de la inmortalidad. "Tú lo podrías contar muy bien." Me dijo envuelto en un ademán expectante y ansioso que le hizo adelantarse hasta la precaria conicidad de la luz. Entonces sus gafas de miope se hicieron transparentes y mostraron, empequeñecidos, unos ojos de espanto o de asombro. - Indefinición que hubiera podido obviar de haber usado la tópica metáfora de la pecera, prefiero no saberlo.- El tono de súplica del halago sí que no dejaba lugar a dudas, me estaba rogando que pusiera por escrito unos cuantos episodios de su vida, vendiéndome, con la encantadora fullería de los mercaderes, el interés y el éxito que de seguro suscitarían las supuestas proezas que acaban de desempaquetarse en el almacén de su memoria. Por eso le dije que sí, simulando gratitud por la confianza, pero con un reparo de última hora. Le objeté que mi habilidad radicaba en la novela y el cuento y no en el género biográfico, a lo que no mostró contrariedad. Lejos de todo desencanto, hizo un chasquido con la lengua y trenzó sus huesudas manos sobre el vientre al tiempo que se repantingaba en el viejo sillón de cretona, se estaba deleitando con la satisfacción de haberme sonsacado un principio de claudicación. "Mejor que mejor, así podrás exagerar todo lo que quieras." Antonio López simplificó demasiado, llamar exageraciones a los recursos fabulatorios era tanto como un menosprecio a los que, con mayor o menor fortuna, pastamos en estos pedregosos campos de la narrativa. No era cuestión de sentirme ofendido, afortunadamente, esas palabras también contenían una licencia implícita, me estaban permitiendo que escribiera las cosas a mi manera, que no las pusiera como fueron o como me las había contado y que tergiversara los hechos y las personas, haciéndolos mejores o peores, según me conviniese, lo cual me llevaba al punto problemático del tratamiento de su propia persona. El papel de protagonista con el que hipotecaba mi libertad creativa exigía que lo desfigurase con un maquillaje previo, que retocase su carácter blandengue y abnegado y lo adaptase a las pautas heroicas de los personajes de ficción y a las hipérboles con que tendría que describir sus hazañas. Su necesaria presencia en el argumento imponía ser el eje sobre el que daría vueltas y cobraría sentido todo lo demás, por eso me estaba obligando a hacerlo creíble e interesante y a que los lectores se compadeciesen de él en los pasajes en que la narración lo hiciese flaquear o caer en el ridículo.
De lo que siguió después apenas puedo acordarme, pues mi cabeza empezaba a componer decorados y rostros en la trama que, desde esos instantes, era ya de mi propiedad. Allí mismo se puso en marcha el mecanismo de esta historia, sin que todavía hubiera pronunciado la promesa que a la postre estoy cumpliendo. Delante de sus mismas narices comenzó a girar el mundo de este cuento, que cuelga torpemente del cielo negro y duro de un otoño de finales del hambre. Es medianoche y el céfiro espeso y frío de finales de noviembre rachea por las calles terrosas, levantando remolinos y polvaredas escandalosas y haciendo silbar las copas de los árboles. Se oyen sus soplidos furiosos contra los balcones y los saledizos de los hastiales; despiadado, ese aire montano rasura los tejados y se apropia del humo de las chimeneas, que apuran la lumbre de la cena y de las últimas lamentaciones de antes de irse a dormir. El pírrico círculo de luz de una bombilla va y viene, de un lado a otro de la calle, y trepa por las fachadas y tapiales inmediatos a la cuesta de la iglesia, en cuya negrura se disipa la parte alta de la ciudad. En los muros de los contrafuertes de la arciprestal se dibujan y desdibujan sombras líquidas, informes, penduleantes al zarandeo de la bombilla; el resto del aporreado edificio se yergue impávido a pesar de la codicia del vientecillo, que no cesa de desprender alguna teja que otra de la cúpula principal. Hace como media hora que por estas cuatro esquinas no ha cruzado nadie después de la pareja de guardiaciviles y la de los municipales, que han separado su ronda en la calle San José, cuando venían juntos de tomar de balde, en el Hogar del Camarada, un vaso de malta caliente con un chorrito de coñac. Así que el aire campea a sus anchas, armando la marimorena con su olor a boniatos asados y a rescoldos de olivo y de almendro, convirtiéndose en el dueño absoluto de las penumbras y de la viudez de esa ciudad arrebujada, cuyo cielo impenetrable no muestra ni una sola mota del firmamento.
Pese a la fama que tiene la noche de poner sus atezadas botas sobre la cabeza del mundo, para tenerlo inmovilizado la mitad de su existencia, no parece que, en esta ocasión, posea la fuerza suficiente como para aquietar algunas pasiones humanas. Tampoco nadie diría que la ciudad apuesta ímpetus por esas inclinaciones de los hombres sabiéndola entregada al sueño eterno de sus casas de yeso. Pero esta ciudad, expuesta a la intemperie de noviembre, sabe esconder secretos inconfesables debajo de la claridad cochambrosa de las bombillas, de ese alumbrado crepuscular y eléctrico que tiñe de un pobre rojizo las calzadas y los postigos, para defender el anonimato de las correrías y de los encuentros amorosos. Y si no, atiendan a esa silueta glutinosa, que unas veces es sombra y otras no, que se desliza flameando y estirándose por las paredes del rincón de Codecido para luego perderse corriendo en uno de los oscuros portales de la calle Mayor. No es posible que sea la primera ocasión en que esto sucede, a tenor del sigilo y la presteza con que, la etérea figura, se ha precipitado a ser engullida por la boca de lobo que espera al otro lado de los dominios de la triste bombilla. Pero si lo fuera, de nada ha servido tanta apresuramenta para servirse del capuchón de la noche y evitar ser vista, pues la casualidad ha querido que, desde el otro lado de la cortina de uno de los ventanucos que franquean el rincón, unos ojos insomnes, vueltos vidrio por el espanto, hayan presenciado, sin querer, el tránsito de esa aparición, sólo propia de un ánima en pena.
Ignorante de los pormenores de esta escena de dos noches atrás, que perfectamente hubiera encajado en una película de terror, mi personaje, Antonio López, limpia el polvo de su mesa escritorio con una hoja de periódico hecha un trapo. Desde que ha colgado en el perchero la gabardina y la teresiana anda por el despacho hurgando y poniendo, en el mismo orden de siempre, las cosas que sus subordinados le han vuelto a trastocar. Mientras, para calmar su inquina, tararea el estribillo más pegadizo de Mirando al Mar. De vez en cuando, en los desiertos en que su cabeza lo abandona, y no sabe si viene o si va, se frota las manos con aparente avidez y mira al techo, después lanza una exclamación y se da una palmadita en la frente. Esa mañana tiene varios asuntos urgentes que solucionar y no sabe a cuál acudir primero. Tampoco es algo que le atrotine, su diligente servilismo le impide apurarse y por eso, empiece por donde empiece, no dudará en dejarse lo que lleve entre manos si alguien le manda hacer otra cosa. Al fin ha decidido que antes que nada tiene que comprobar si hay alguna novedad en los partes de servicio, preferencia que tiene que ver más con la curiosidad, por la hipótesis de que puedan existir imprevistos, que con su lógica de clasificar las cosas. Nada del otro mundo, las mismas bombillas fundidas que no se sustituyen por falta de presupuesto y un par de gitanos, siempre sospechosos, a los que se escoltó hasta los limites del término, dándoles el pasaporte para prevenir posibles menoscabos en la sacrosanta propiedad privada.
Antonio López es flaco y espigado, pero mantiene una prestancia y una pulcritud en la manera de portar el uniforme que podría pasar por un maniquí de cualquier museo militar. Es excesivamente meticuloso en las rayas de los pantalones y en el almidonado del cuello de las camisas, que siempre lleva atado con una corbata de nudo estrecho, lo cual le lleva, muy a menudo, a estirarse para sacar el pescuezo a la manera que lo hacen las tortugas cuando asoman de su caparazón. Su tez pálida y lampiña contrasta gravemente con las antiparras de cristales verdosos que enmarcan sus ojos de pasmarote y que le dan una apariencia distraía o de embobamiento. Aunque sus maneras y sus gestos demuestran todo lo contrario, demuestran un temple de sabueso frío y taimado, sin expresivas energías, pero desconfiado y escrutador, lo suficientemente avispado para que, como quien no quiere la cosa, percatarse de todas las flaquezas y pecados humanos, a pesar de los disimulos y de los fingimientos. Es una pena que sea el cabo de los municipales en esa ciudad paralítica e inconmovible, dormida e indiferente, escasa de sucesos relevantes y de tragedias dignas de mención en las crónicas negras. Él también se ha anquilosado con tanto papeleo y tanto hacerle la pamplina y los recados a los figurones de la Falange y a los jerifaltes del Movimiento. De haber recalado en otro sitio, sus habilidades inquisitorias le habrían situado en mejores destinos y cometidos, más útiles a su patria y menos ventajosos para los rojos y republicanos que aún andan camuflados por ahí, a los que guarda un rencor desmedido y enfermizo producto de no muy lejanas experiencias y padecimientos. Lamentando haberse abandonado entre la burocracia pueblerina y el vasallaje a los que debe su puesto por afinidades políticas, se pudre cada día un poco y se deja y languidece preso por la desgana. Se da cuenta de que se ha vuelto comodón y ya no siente la angustia de antes por la falta de iniciativas y de interés por las cosas mundanas. En esas está, y también en la canción de Jorge Sepúlveda, que ahora está silbando, cuando la voz timorata y adamada de Jesús Ochoa, el funcionario de quintas, le ha sonado desde la puerta. "Antonio, el alcalde quiere verte y dice que es urgente."
- ¿Urgente? Urgente es que nos vayamos todos corriendo y nos tiremos por el puente.- Ha replicado él con un automatismo propio de su malpensante cabeza. Esta es una de sus pequeñas manías, el componer absurdos pareados y poemillas cursilones con los nombres y con las últimas palabras de las frases que le dirigen. Pero de inofensivas reacciones, convicto de ser un esclavo de sus deberes, enseguida ha soltado el montón de papeles que estaba por archivar, y alcanzando al vuelo la teresiana, ha salido disparado hacia el vestíbulo del ayuntamiento y se ha puesto a subir, de dos en dos, las escaleras principales en dirección a la alcaldía.
En posición firmes ha pedido permiso para cruzar el umbral del despacho de la máxima autoridad municipal. "Pase Antonio, le estaba esperando." Obedeciendo a la petición, ha avanzado con paso solemne hasta plantarse y cuadrarse delante de la mesa del alcalde. Ahora aguarda servil a que éste le conceda su atención y acabe de hacer unas anotaciones en un libro dietario que pronto ha cerrado, para invitarle a que se sentara.
- No sé cómo explicárselo, pero tenemos un pequeño problema que de ninguna manera podemos consentir que se nos escape de las manos y vaya a mayores.- Ese modo de hablar en plural del alcalde, con las reticencias y precauciones de no plantear a las claras el asunto para el que ha sido requerido, ha provocado, en el escuálido cuerpo de Antonio, una tempestad de sensaciones de recelo y de temor que han desembocado en un nudo en la boca del estómago. Lo primero que ha pensado es que le iba a tocar algún rapapolvo por cualquier metedura de pata suya o de sus guardias.
- Don Jaime usted dirá.- Ha alcanzado a decir tragando saliva.
- Acabo de hablar con el párroco y me ha comentado que por las noches pasan cosas raras en la calle Mayor.
A Antonio, que sólo le queda el color esmeraldino de sus lentes, no le ha parecido cabal la preocupación del alcalde, pero el susto que tenía se le ha convertido en incredulidad y pasmo.
- ¿Raras? - Se ha encogido de hombros por no entender dicha expresión.- El turno de noche no pone nada en los partes.
- Qué van a poner si se pasan toda la noche durmiendo.
Esto le ha dolido mucho porque es mentira; pero no se atreverá a replicar, porque su docilidad y el sentido de la disciplina, que ha mamado desde siempre, le impiden contradecir a quien de verdad lleva los galones en ese despacho.
- A don Patrocinio le han ido con el cuento de que se aparecen espíritus o fantasmas y de que andan vagando en penitencia, como Pedro por su casa, por la calle Mayor.- El alcalde ha hecho una pausa para escrutar los reflejos de Antonio, pero se ha visto obligado a proseguir ante la expresión disecada y atónita de éste.- Lo que sea, me huele a chamusquina y estoy por apostarme el dedo de una mano a que la cosa tiene su truco en este mundo. El párroco no lo admite, pero lo he visto con las tragaderas dispuestas y decidido a creerse la tontería esta. Y lo jodido del caso es que tenemos que actuar inmediatamente y con tiento, no cunda el pánico o algo todavía peor y terminen por pegarle un tiro a alguien. Por lo visto es la viuda de Luis Rico, el guarnicionero, la que ha movido toda esta historia. Por ahí tendremos que empezar, digo yo
- Estoy a sus órdenes don Jaime.- Antonio se ha aprestado a ofrecerse sin condiciones al percatarse de que el alcalde estaba esperando una reacción suya.
- Lo que quiero es que los guardias me hagan puesto toda la noche a la puerta de la viuda y me detengan a los autores de esta gamberrada.
- ¿ Y si no es cosa de gamberros ?
- No me dirá que usted también cree en los fantasmas
Antonio ha prolongado un silencio lleno de expresividad.
- Bueno, si al final es verdad que se trata de una aparición, tendremos que cargarle el muerto a don Patrocinio, y nunca mejor dicho.- El alcalde no ha querido cerrarse a la posibilidad de que los misterios del más allá pudieran ventilarse como una cuestión administrativa más, dándoles el formato de un expediente y la sanción oficial de un carpetazo.
- No se apure don Jaime, que, tanto si es una cosa como si es la otra, intentaré llegar a la punta.- Antonio ha aceptado el encargo de bastante agrado. Por fin le cae la breva y tiene una excusa para salir del despacho y abandonar el papeleo por una temporada. Después de unas prudentes instrucciones, ha sido despedido de la alcaldía con el silencio protocolario que se suele usar para evitar tener que decir que uno ya está estorbando. Antes de dar el portazo, a sus espaldas, el alcalde, tras caer en la cuenta de que los enemigos políticos sí que andan por el mundo, le ha hecho un último ruego que más parece una advertencia: "¡Ah! Y si alguien hace preguntas, no mencione para nada la palabra fantasma. Lo único que nos faltaba es quedar en ridículo y que al Señor Gobernador le vayan con el chisme."
Esa misma mañana el sol brega de lo lindo por quitarse de encima las nubes de tierra y de hojas secas que la ventolera ha puesto a su altura. Ni siquiera es suficiente su furia cenital para templar el frío encarnizado que las ráfagas de aire se traen de la parte nevada del país. Antonio López, calle Mayor abajo, con una mano sujetándose la gorra y con la otra en el bolsillo de la gabardina, haciendo fuerza para impedir que los faldones se le levanten, camina resuelto a entrevistarse con la única testigo con que cuenta. Él siempre ha sido de la opinión de que acudir al inicio de los problemas simplifica mucho las cosas; por eso, conocer de primera mano la versión que ha dado pie a esta andrómina, le resulta necesario para situarse en el justo camino de partida y no caer en equivocaciones de principiante. Una vez en el rincón de Codecido, intentando guardar la compostura al remanso del aire, que lo mantiene doblado como a un junco, ha enviado sus ojos a hacer un periplo a su alrededor, a uno y otro lado de la calle Mayor, a los sólidos muros de la iglesia, que tapan el cielo a su derecha, y al ensanche que sube a la calle Trinidad. "Todo normal. Lo que tiene que ser." Se ha reñido a sí mismo por haber pensado en la posibilidad de que pudiera resultar lo contrario.
La viuda de Luis Rico lo estaba esperando. "Iba a salir a por petróleo para el hogaril cuando han venido los municipales " Le ha dicho ella antes que nada, en señal de que los guardias que había enviado ya le habían anunciado su visita.
- Le pido mis disculpas de antemano señora; pero es preciso que le haga unas preguntas.- Ahora vendría la dificultad de buscar el atajo más corto al núcleo del asunto sin provocar la desconfianza y las reticencias de la viuda. Pero Antonio lo ha tenido más fácil de lo previsto, pues no contaba con la charlatanería de la mujer, que apenas le ha dejado meter tajada ni hacer repreguntas. La viuda no ha escaseado en dar minucias y precisiones, y sobre todo su opinión particular, que no deja lugar a dudas de que lo que ella ha visto vagar, por delante de su casa, es un ánima del purgatorio que por las noches viene a la iglesia a cumplir alguna penitencia que le faltó hacer en vida. "La de mi marido seguro que no es, pues el pobre, Dios lo tenga en su Gloria - se ha santiguado - era un bendito y no tenía más pecados que los que se hacen usando el santo matrimonio para traer los hijos." La facundia de la mujer no le ha aclarado gran cosa, más bien le ha inducido a pensar que todo se trata de pura invención, de una mala pasada que la soledad gasta a los viejos. Así que ha tenido que insistir de nuevo antes de dar todo por perdido.
- ¿Pero me puede decir si tenía forma de persona? Me refiero a si podía ser un hombre.
- Pues ni de hombre ni de mujer, tenía forma de espíritu. Ya le he dicho antes que unas veces se hacía sombra y otras luz, y que iba por el aire porque no tenía pies, las dos noches igual. Lo mismo que le he contado a don Patrocinio. Al principio me asusté, pero luego sentí lástima y pensé que eso mismo nos puede pasar a cualquiera. Mire las dos tazas con mariposas encendidas que he puesto, una para pedir por el perdón de quien sea y la otra para mi marido, no quiero que pase pena por algo que en vida pudiera haber hecho mal.
Antonio López ha regresado a la calle con el rabo entre las piernas y el aire haciendo de las suyas con la teresiana, que casi la pierde colgada en un tejado. Su cabeza le da vueltas y más vueltas a lo absurdo que resulta creer a pie juntillas lo que acaba de escuchar con profusión de detalles. Aunque, por otra parte, tampoco deja de reconocer que los hechos son los hechos, y lo cierto es que se trate de una alucinación o de una broma macabra, se tiene que llegar al fondo de la cuestión y no dejar que el problema degenere, multiplicándose las visiones y haciendo que cunda el pánico. Aparte de otras cosas peores que no quiere ni imaginar, le ronda el temor de que, con la excusa de los fantasmas, más de un espabilado, aprovechando el revuelo del gallinero, se dedique a esconderse en el saco lo que no es suyo.
Metido en esas cavilaciones y casi cegado por la arenilla que el aire le ha incrustado en los ojos, Antonio ha estado a punto de darse de morros con Elvira Silvestre, que en esos mismos instantes sale de su casa. Después de las oportunas disculpas, el desfasado sentido de la caballerosidad ha provocado en él la ocurrencia de halagar a la dama con uno de sus ñoños pareados.
- Doña Elvira, doña Elvira, hasta el viento por usted suspira.
- ¡Ay don Antonio! Usted siempre con ganas de poesía.
Esa mujer tiene un algo que impide mirarla a los ojos, tiene esa enigmática fuerza femenina que achica a todo aquél que pueda ponerse a su lado. Sin precisar mucha elegancia, la naturaleza la ha agraciado con un porte altivo y hermoso, sin apenas refinamientos, porque su hermosura no puede catalogarse de timorata ni de delicada. Elvira muestra esa belleza ufana y exuberante que la mujeres dilapidan a raudales cuando son conscientes de que están gustando a los hombres que las contemplan. Esa mañana se ha arreglado un poco más de la cuenta y su tez, limpia y brillante, es la dueña absoluta de la espléndida figura que luce. Se ha perfumado con Maderas de Oriente y lleva el pelo recogido en moño, para hurtar al viento el placer de bucear y recrearse entre sus largas y negras hebras, por eso, las dos lágrimas de oro que le penden de las orejas, intentan descolgarse graciosamente hacia los toboganes del cuello, al cual, una tentación amorosa ha provocado en Antonio el fugaz y vergonzoso deseo de recorrerlo a besos. Pero Elvira Silvestre está casada con Agapito Oncina, uno de los viajantes del Jabón Sol, así que mejor llevar cuidado con los gestos o con las palabras hacia esa mujer, pues podría confundir sus limpios impulsos con una inclinación perversa o torcida y armarle un lío más chocante, si cabe, que el que ha armado la viuda del guarnicionero.
Antonio ha aprovechado que Elvira se dirige a la tienda nueva, a comprar una madeja de perlé para el ganchillo, para volver acompañado hasta la misma plaza del Ayuntamiento. Aparte del tiempo, durante el corto trayecto, no han mantenido otra conversación; aunque él, una vez metido en harina, ha tenido el reflejo de enviar una pregunta obligada antes de que ella cruzara, apresuradamente, las portillas de la mercería y la ventolera los ocultara, uno del otro, con una bruma de tierra.
- ¿Estas noches pasadas no ha notado usted algún ruido o alguna cosa rara por delante de su casa?
- Más aire que nunca.- Ha replicado ella con un tono que a Antonio, con extrañeza, le ha parecido un airado desprecio o un irónico a usted qué le importa.
Vista desde el cielo, la ciudad, en las noches de noviembre, puede semejar un campo esparcido de escombros y de luciérnagas, de luciérnagas titilantes y penosas que apenas tienen fuerzas ni ganas de alumbrar el mundo que cobijan. Desde sus calles, el panorama que disipan las bombillas tiene bastante de evocación costumbrista y de paisaje de belén navideño, pobre y destartalado, vetusto y picado por la humedad que nace en sus cuestas de yeso y de arcillas rojas. Casas bajas y herméticas se alinean una tras otra, unas encima de las demás, escalonadas, subiéndose hasta la ermita y las laderas de lo que una vez fuera un castillo, soportando un equilibrio de penuria y de resignación. Noviembre nunca ha necesitado las armas para imponer en esta ciudad su propio toque de queda, le basta su genio y la cobardía del sol, que a esas alturas del año se achanta con demasiada facilidad. Así que, después de la anochecida, las calles quedan desiertas y expeditas a la facilidad de los osados y a la cautela de los mangantes y de los enamorados. "O también al penar de los fantasmas." Ha cavilado Antonio con preocupación mientras dejaba claras y rotundas instrucciones a la pareja del turno de noche.
- De ahí no quiero que os mováis ni para mear.
Los dos municipales, tras haber escuchado las órdenes sin atreverse a ninguna objeción, han iniciado su ronda con justificada intranquilidad y recelo, pues albergan serias dudas acerca del rígido acatamiento del mandato que acaban de recibir. Apostados en el callejón del escritor Luveral, tiemblan de frío y de miedo; uno de ellos también se queja de que tampoco les hayan permitido entretenerse los diez minutos en el Hogar del Camarada, más que nada para tomar alguna cosa que les caliente el cuerpo. Para reguardarse, les ha venido bien el portal del postigo en el que están agazapados, desde ese cobijo tienen en la visual las escaleritas del rincón de Codecido y el ventano de la viuda de Luis Rico, los dos sitios de los que sus ojos no pueden apartarse aunque se cieguen por el sueño o por el continuo lagrimeo que les provoca las constantes e insufribles corrientes de aire glacial.
Antonio López tampoco se encuentra muy a gusto al calorcito del brasero de cisco, desde que ha terminado de cenar le anda picando la mosca y está intranquilo. No es que no se fíe de sus guardias, pero teme que el carro se despeñe si no es él mismo quien, en todo momento, sujete las riendas. Su malestar consiste en el hecho de que desea comprobar por sus propios medios la causa de esta historia de locos, si es que hay alguna causa y no es un mal sueño. Un descuido o un error de cálculo darían al traste con la encomienda del alcalde y él sería el único en lamentarse y en tener que rendir cuentas. "Hay cosas que es mejor hacerlas por uno mismo." Se está justificando mientras se vuelve a poner el uniforme que, diligentemente, había colgado del armario al terminar el servicio. Lleva un plan ideado de improviso, pero que puede dar buenos resultados, sólo desea fervientemente que lo que se malicia don Jaime no sea un cuento chino y que la suerte esté de su parte.
La noche es cruenta y no muestra contemplaciones ni misericordia con los pocos que se atreven a retarla. Antonio tiene verdaderas dificultades para vérselas con los embates y tirones de las ráfagas de viento mientras atraviesa los callejones que bordean la parte alta de la iglesia. Le está costando Dios y ayuda llegar a las esquinas y doblarlas sin que, por culpa de los faldones de la gabardina, se ponga a volar como una cometa. Tiene que contener las ganas de gritar y maldecir la mala estampa de ese noviembre furioso y puñetero, porque sería una faena que le descubrieran en medio de la oscuridad haciendo el espantajo. Ya parece un milagro el que su cuerpo de palitroque mantenga los pies en el suelo, pero si alguien lo viera saltando de esquina a esquina con las figuras que tiene que hacer, el milagro sería que no lo confundieran con el fantasma y le vaciaran las escopetas, que de seguro algunos la tienen preparada para la caza del domingo. Tiene pensado llegar al ribazo de la calle Trinidad y acurrucarse en el repecho de las escaleras que acortan la subida a las cuevas de la Golecha, desde allí se tiene una magnífica perspectiva del acceso al rincón de Codecido y el mejor sitio para cortar la retirada a quien, una vez sorprendido, quisiese huir hacia la parte más fosca e impune de la ciudad. Eso tenía en la mollera, hasta que ha salido a la calle Tronco y se ha topado con una sombra negra e informe diluyéndose en la parca claridad de la bombilla que alumbra la entrada de la calle Trinidad.
El susto ha vencido a Antonio y al propietario de esa silueta siniestra que ha salido corriendo hacia la calle Mayor, en dirección al Ayuntamiento. Antonio ha tenido una reacción instantánea y, al ver que el otro escapaba, ha recobrado el dominio de sus sentidos y ha salido pitando en su persecución. Pese al estorbo de la gabardina, sus largas piernas de galgo le han permitido aguantar la carrera y dar alcance y derribar al fugitivo en pocas zancadas.
- !Por favor no me haga daño! ¡No llevo nada que pueda robarme!- Le ha suplicado el sujeto desde el suelo sin que todavía se hayan reconocido el uno al otro. Esto ha sucedido cuando, los dos al mismo tiempo, se han podido ver las expresiones ridículas de sorpresa que ponen sus caras hinchadas por el esfuerzo.
- ¡Joder es usted! ¡Vaya susto que me ha dado!
-¿Me puede explicar que hacía a estas horas por ahí? - Aunque guardando la precaución de no soltarlo todavía, Antonio ha dejado de hacer fuerza sobre el cuerpo de Leandro Romero, el actor de mala muerte que ha recalado en la ciudad hace un par de semanas, después de que la Sección Femenina, con el visto bueno de don Patrocinio, organizara la función de Don Juan Tenorio en el Acción Católica. A Antonio sólo le consta que se despidió de su compañía, harto de pasar apuros y calamidades, y que por alguna buena influencia don Carlos Tortosa le ha dado trabajo en el mármol.
- Menos mal. Había creído que usted era un ladrón.- Leandro pretende hacer humo la pregunta de Antonio; pese a sus cualidades interpretativas y de improvisación, en ese preciso momento no tiene argumentos para cambiar la estampita de la verdad por la de la mentira.
- Lo mismo he pensado yo de usted, pero todavía no me ha contestado qué estaba haciendo a estas horas y con la noche que hace.- Antonio no va a dejar que el otro se escape con evasivas, a su entender encaja en el perfecto sospechoso de cualquier andanada.
Sin embargo, la práctica hace que en los momentos de apuro la cabeza trabaje con rapidez, de ahí que a Leandro le haya venido bien el que, al salir de su casa, dejase la llave debajo de la losa del portal. "Buscando la llave de mi casa. No puedo entrar. La he perdido al subir de la estación y la estoy buscando como un loco por los sitios por los que he pasado al salir de la fábrica." Para hacer más creíble su versión se ha estirado y ha puesto a la vista los forros de los bolsillos de los pantalones.
De primeras, Antonio no estaba dispuesto a creer esa patochada, pero una larga conversación, con preguntas de todo tipo, algunas malintencionadas para pillarlo en el engaño, sin éxito, ha hecho que ese muchacho le cayera simpático y digno de confianza y de su ayuda; así que, pese a la amistosa oposición de aquél, se ha obstinado en acompañarlo a seguir buscando la llave. Leandro tiene puestas encima las rejas de su propia patraña, no puede negarse por más tiempo si no quiere que le descubran, por eso está obligado a aceptar el ofrecimiento y a ponerse a buscar una llave que es imposible que encuentren. De esa manera han soportado el resto de la noche, azotados por el aire el uno y el otro, en una tarea tan baldía y ridícula como la que había sacado a Antonio a iniciar la caza del fantasma de su desvelo.
Antonio ha tenido que desistir al ver pintado sobre los tejados el primer azul del cielo. No puede más y ve una inutilidad seguir pateando los mismos lugares una y otra vez. "Ahora cuando salga el sol seguro que aparece." Le ha dicho a Leandro en claro tono de querer consolarlo, a pesar de que no pueda disimular que le han derrotado el frío y el cansancio lo mismo que al otro, que se ha alegrado de verlo claudicar, al fin, y se ha apresurado a sosegarlo en pago a su colaboración.
- No se preocupe, lo voy a dejar estar. Es más rápido llamar a un cerrajero.- En esas han quedado antes de despedirse, momento en que Leandro le ha dado una y mil gracias por haberle brindado su ayuda, en sus adentros se guarda el alivio cínico de quedar liberado y absuelto al mismo tiempo.
Antonio, como si viniese de una guerra perdida, maltrecho y desengañado, ha aparecido, delante del puesto de guardia de sus dos subordinados, a recibir las novedades. No espera gran cosa, como tampoco desea que le sorprendan con alguna noticia que le haga arrepentirse, aún más, del terrible fiasco de esa noche; nunca se perdonará el error, que por otra parte se ha visto obligado a cometer, pues le acompaña la duda de que lleguen a enterarse en la Sección Femenina y piensen que la tiene tomada con ese pobre muchacho. Pero los municipales, reventados y helados hasta los tuétanos, están deseosos de contarle que, aparte de los rezos de la viuda en la ventana y el aire de los cojones, sólo han visto claro que es una imbecilidad el creerse toda esa farsa, y, además, reprocharle el que hayan sido ellos los únicos en pagar el pato y joderse esa noche. En esto último se equivocan, pero Antonio debe tragarse las palabras y no añadir más sal al guiso, pues al final van a convertir el caso en una bufonada y serán el hazmerreír de todo el pueblo.
Imbecilidad o no, lo cierto es que la noticia de los fantasmas ha corrido como la pólvora. La ciudad entera ha desmantelado su pachorra y ha puesto patas arriba sus años de estar amilanada por la indolencia y el desinterés. Se ha visto conmovida y alborotada por los chismes, las suspicacias y los malos presagios de los agoreros, peor que si se hubiese propalado algún lío de alcoba o la muerte de uno de sus próceres o de sus caciques más distinguidos. La imaginación brota a raudales y no se para en exageraciones, cualquier conversación en el mercado de abastos o en la barra de un bar puede añadir testimonios o detalles nuevos que conviertan el suceso en un verdadero hecho del género folletinesco o de las profecías del Apocalipsis. Surgen opiniones y juicios para todos los gustos, los hay que aseguran que noviembre es un mes de ánimas y que algunos muertos precisan de nuestra ayuda y por eso vienen a pedirla, a lo que otros replican que los que de verdad necesitan ayuda son los chalados que han movido toda esta trapisonda. Las mujeres, de genio más sensible y temeroso, se santiguan en medio de las explicaciones y están apurando las velas y las mariposillas en todas las tiendas, un por si acaso les entrecorta la sonrisa mientras esconden el miedo a que, al apagar la luz por las noches, tengan rondando en la casa algún trasgo maléfico; y es que, al hilo de los acontecimientos, las viejas randeras y las peinadoras, blandiendo en el aire bolillos y pintas, han rescatado antiguas historias de difuntos que ponen a temblar a un cualquiera. Donde se saca grano de los hechos y se barajan interesadas sospechas, es en el salón de naipes del Casino. Alguien ha puesto sobre el tapete la urgencia y necesidad de que la Guardia Civil coja la sartén por el mango y convoque a los somatén. Esa misma voz, entre el espeso humo de una tagarnina, ha apostado el duro a una carta y su cuello a que, por las noches, los comunistas y los masones celebran reuniones clandestinas. No todos comparten tales extremos, pero cualquier cosa cabe en el saco y no estaría de más dar algún susto a los sospechosos de siempre y ponerlos firmes, darles un escarmiento por precaución, que, aunque resulten inocentes, es necesario recordarles de vez en cuando quién ganó la guerra y quién manda en el país. En esa misma mesa también hay quien dirige sus recelos y desconfianzas hacia esos indinos del rolde literario, que cenan en la Posada de Germán y que habrá que ver a qué se dedican después de soplarse la absenta, porque todo puede ser un jueguecito espiritista de la poetisa doña Remedios Picó. Tanto y tanto se habla y se discute del asunto que, a los pocos días, no es extraño encontrar quien también asegura haberse enfrentado a una presencia del Más Allá, de ahí que sean numerosas las noticias de nuevas y sucesivas apariciones en distintos lugares de la ciudad. Curanderos, santeras y sanadoras del mal de ojo coinciden en predecir malos tiempos y amenazan con sequías bíblicas y con más hambre, a la par que aceptan todo tipo de donativos para ofrendar en sus oraciones y en sus ritos y exorcismos. La viuda de Luis Rico también tiene la casa abarrotada a todas horas, curiosos y cotillas entran a asomarse al ventanuco y a que les explique y les señale los lugares de aparición y los movimientos de las ánimas, de paso, aprovechan para llenarle el suelo de pabilos votivos y, las paredes, de estampitas con todas las Vírgenes y los Santos habidos y por haber. Ella les explica todo lo que quieran oír y les repite, hasta la saciedad, el lamento de no saber si el pedazo de pan de su marido se habrá ganado el reposo de la Gloria, que para ese fin le tiene pagadas cinco misas. Don Patrocinio, que está padeciendo la desbandada del rebaño, no cesa de insistir a la feligresía con que hay que llevar cuidado con las falsas creencias; que puestos a creer, sólo cuenta la fe en el Señor y en sus obras; que en esos momentos de revuelo y de espectáculo, en los que Satanás intenta meter baza y confundir, hay que saber distinguir el grano de la paja; que en ese discernimiento es donde radica la verdadera entereza moral y el signo de un buen cristiano; que de nada sirven las misas si no es para descubrir la luz y el camino de la verdad y que no hay que dejarse seducir o atemorizar por los seguidores del demonio ni por los vividores y sacacuartos. Pero, como él también tiene sus dudas y no es capaz de admitir abiertamente que nada de nada, que los fantasmas sólo existen en las películas autorizadas y que todo lo demás es un número de circo, montado alrededor de la alucinación de una vieja solitaria, no habla claro y por eso no le entienden y le siguen agobiando con novenas y rosarios, cuando no con preguntas a las que la teología no tiene unánime respuesta. Como no podía ser de otra manera, la prensa provincial también se hace eco del suceso, si bien le da un tratamiento escueto y alejado totalmente de la realidad de los hechos. La mano protectora de la censura, como es de costumbre, se ha permitido, con el fin de quitar hierro al asunto y meter alguna consigna, hacer más terrenal y menos milagrero el contenido narrativo. "La Guardia Civil sorprende a un individuo que, disfrazado de fantasma con una sábana, se dedicaba a asustar al vecindario por las noches. Al parecer se trataba de un perturbado mental que influido por determinadas lecturas etc. etc."
Antonio López ha tenido que dar cuenta del nulo resultado de sus pesquisas y reconocer que la viuda de Luis Rico está tarumba y los ha embrollado a todos. Pues en las varias noches en que personalmente se ha pateado las calles a escondidas, pillando el constipado que le afecta la voz y le hace gotear por la nariz, y pese a haberse intensificado la vigilancia y el servicio, tal como el señor alcalde tenía ordenado, no se ha detectado anomalía o irregularidad alguna, ni tampoco apariciones ni fantasmas. Lo malo del caso es eso, que ahora parece ser que los fantasmas salen por todas partes y que todo el mundo los puede ver. "Bueno, todo el mundo no. Menos nosotros." Descorazonado, Antonio se lamenta pensando en lo vanos que han sido sus esfuerzos mientras se suena para no estornudar.
El alcalde, aunque cabría esperar lo contrario, no ha dado muestras de que le importe lo más mínimo el giro que han tomado los acontecimientos. Se muestra despreocupado y jocoso, dominando las ganas de ponerse a reír al contemplar el derrumbe anímico y físico de Antonio. Afortunadamente, la situación ha adquirido un rumbo proclive a la tranquilidad que precisa para el buen desempeño de su cargo. El que al final no haya detrás de esta memez ningún delincuente que hubiera salido bien parado, ni que tampoco, sus adversarios políticos en la agrupación local del Movimiento, puedan beneficiarse de una posible acusación de mano blanda a lo que algunos pensaban un sospechoso trajín subversivo y conspiratorio, le permite afianzarse en la alcaldía y afrontar el futuro con un poco más de sosiego. El propio Gobernador Civil le ha dado ánimos y ha sido el que, advirtiendo que los únicos fantasmas que andan sueltos y que resultan peligrosos son los oportunistas mezquinos y los trepas miserables, ha entendido perfectamente que la cosa no tiene cabo ni cuerda. Por eso ha dado precisas instrucciones a los directores de los periódicos y les ha sugerido un enfoque mundano de la noticia, para no alarmar a la población y así evitar que se propaguen fenómenos similares con fines que mejor no comentar. Estaba muy amable al teléfono y ha gastado algún chiste que otro, para despedirse se ha inventado una visita pendiente a la localidad, pues recuerda que ya hace tiempo que no prueba los gazpachos ni el vino de esta tierra. Después de colgar el auricular y poder respirar con desahogo, el alcalde ha comprendido que el Gobernador está en su mismo trance, también se encuentra en la cuerda floja y a expensas de que algún envidioso meta cizaña en su contra o que al Caudillo se le crucen los cables y lo cese de un plumazo.
Antonio, que es ajeno a estas desdichas de los poderosos, permanece alelado por la fiebre y por la incierta reacción de don Jaime, que lo está mirando con expresión burlona.
- La gente que está necesitada es propensa a creerse lo que sea, cosa comprensible. Lo malo es que hay mucha gente necesitada y por eso pasa lo que pasa. Como ya nos conocemos el percal, no vamos a perder ni un minuto más en este caso y vamos a dejar que don Patrocinio se las entienda y sea él quien diga lo que hay que hacer, si es que al final hay que hacer algo. Así que, usted y los guardias, vuelven al servicio normal y ahora cuando pase la feria me cogen algún día de descanso. De momento se baja al despacho y me redacta un parte escueto, sin tanta palabrería como usted se gasta.
Esa es otra, don Jaime le acaba de recordar que su puesto y su esperanza de jubilación son los papeles y la mesa del despacho. Había enviado sus ilusiones por otros derroteros, pero tampoco se puede negar que, en una ciudad como la suya, era mucho desear que pudiesen surgir los follones y los enredos que él está acostumbrado a leer en el Roberto Alcázar y Pedrín. Antonio se conforma a lo que le manden, que para eso le pagan; saber bajar la cabeza en las ocasiones delicadas tiene la ventaja de que, a la larga, se evitan represalias, aunque una duda surgida de improviso le haya forzado a parecer indisciplinado y cabezota.
- ¿Y si por una de las casualidades de la vida el turno de noche se topa con una aparición de ésas y resulta que es cierto lo que se cuenta?
- Entonces no lo dude, me la detienen y le aplican la ley de vagos y maleantes.
Noviembre también es tiempo de feria y de aviso de que la Navidad está próxima, a su intempestiva crudeza aún le faltan arrestos para someter la ciudad a los designios invernales y, al mínimo descuido, el sol pone en la calle a todos sus habitantes. Este año el alboroto de los fantasmas ha calentado el ambiente y ha servido de anzuelo para numerosos visitantes venidos de otras poblaciones. Como aves migratorias, fijos en su ubicación de años anteriores, feriantes, hojalateros, sombrereros, turroneros, churreros, plateros, vendedores de mantas, jugueteros y un sinfín de charlatanes y vividores, de la noche a la mañana, han desplegado sus actividades y su vocerío en el empedrado de la Plaza del Caudillo. Es domingo de misa doce; las campanas de la arciprestal se han vuelto locas de remate y esparcen su alegría a los cuatro vientos, haciendo la puñeta al altavoz de una tómbola que no se cansa de anunciar la rifa de un pavo; gente de oscuro y de colores se mezcla en el tumulto y se agolpa frente a los tenderetes y baratillos; una chiquillería roñosa y díscola corre y salta entre la afluencia y pone a levantar las amenazas de garrote de algunos viejos a los que no dejan tomar el sol en paz; el tufo y las fumaradas del aceite frito, de las castañas asadas y del azúcar quemado bregan con los penetrantes y melosos perfumes de las mujeres que vienen de la iglesia recogiéndose las mantellinas; las risas, las voces, los gritos de los barquilleros y de los vendedores de regalicia; el sutil y silencioso mundo de las miradas, las codiciosas, las agraviadas, las ceñudas, las malintencionadas, también las burlonas y provocadoras de las muchachas casaderas, que saben sortear el bullicio y tropezarse con la de sus pretendientes; y por encima de todo y de todos el añil del cielo, limpio y cristalino, porque ese día mantiene la cordura y hace raya con el de días anteriores. Este es el paisaje que Antonio contempla boquiabierto y con los ojos llorosos por las últimas secuelas del resfriado. Arrimado a la ventana entreabierta de su despacho, y sin dejar que nadie le pueda ver desde fuera, observa con evocación el trajín festivo de la plaza. Sus sentimientos son los de cualquier chiquillo y el ánimo le empuja a salir a mezclarse con la gente y a ponerse a fisgonear y a toquetear en las paradas y en los puestos, pero en la calle ya tiene a la pareja y su lugar está ahí, atendiendo el retén. Sus pensamientos van y vienen del pasado a la plaza y de la plaza al pasado, rememorando domingos como ése, mañanas hermosas, infantiles, juveniles, de golpe también recuerda ratos tristes, amargos; ahora su memoria se ha esfumado debido a que los aspavientos de un titiritero que intenta mantener una perinola en la punta de un palo han llamado sus atención. Pasada la emoción del momento vuelve, a ilusionarse con la bulla y los colores de la feria; le consuela la humilde esperanza de que, cuando finalice el turno, podrá pasarse por el puesto de la guapa Palmira a por un pedacito de turrón del duro y otro del blando. Por lo pronto se conforma con mirar a hurtadillas, de lejos, casi embistiendo sus ojos contra los cristales de las lentes, para percibir los más detalles posibles. Pero su vista le está jugando una mala pasada, él diría que está viendo lo que está viendo y nota que se le hiela la sangre. "¡Dios mío ahí está el percal!" Antonio se ha quedado sin respiración, casi se derrumba por la impresión del descubrimiento. Lo tiene todo claro, los fantasmas, su ignorancia y el dicho aquel que dice: no la hagas si no quieres que se sepa. Ahora que a ese embustero se la termina de jurar, lo va a pillar con la picha dentro y a ver si es capaz de salirle con que está buscando la llave dentro de la cama.
El cuarto está bañado por una luz lateral, dorada, confortante, encubridora. La luna del armario les devuelve la lamparilla encendida y la mitad de un Sagrado Corazón al que no se le divisan los ojos. Leandro le ha preguntado a Elvira si le deja encenderse un cigarro, ella le tiene prohibido fumar en esa habitación, pero con la discusión le hace mucha falta. "Tú ya sabes que no." Le ha replicado ella en tono de querer enfadarlo, pero Leandro no desea seguirle la corriente, porque se malicia que ella se ha cansado y lo que quiere es que no se vean más. Por esos derroteros ha transcurrido el rifirrafe que han mantenido después de amarse como desesperados y de que se enfriara el deseo; a Elvira no se le van de la cabeza las estupideces que él ha cometido ni la que se ha organizado por comportarse como un crío caprichoso o como un calavera imprudente, no quiere ni pensar en lo que podría haber sucedido si hubiesen acabado descubriéndolos y su marido se llega a enterar. Él es hombre y soltero, pero ella que es una mujer casada y con una posición que obliga a ciertas apariencias
- Ya sabes a que te exponías cuando me rogabas que abandonara el teatro y me quedase en esta mierda de pueblo.
- Sí, pero tú también sabes que te tenía dicho que sólo vinieras cuando yo te avisara, no cuando a ti te pareciese. Podías encontrarte con mi marido
- A tu marido lo tengo controlado y sé cuando sale de viaje. Sabía que se iba esta tarde, por eso me la he jugado para avisarte. Y no te preocupes, hoy he llevado más cuidado que la otra noche.
Elvira no está convencida, es de la opinión de que no les queda más remedio que dejarlo, que ya es bastante el escándalo que se ha formado sin que se sepa lo suyo y no pueden seguir arriesgándose. Encima tienen que dar gracias de que su vecina, la viuda, le confundiera con un fantasma y que don Antonio, el cabo de los municipales, se tragara lo de la llave, que si no
- Perdóname amor mío, de ahora en adelante nos veremos cuando tú quieras y como digas, pero por favor, no me pierdas el cariño porque al quererte tanto me haya cegado y metido la pata.
Elvira no se derrite ante un hombre que suplica postrado a sus pies. Tal como ha quedado en la cama luego que él la desmontara, mirando al techo y con la negra melena esparcida en la almohada, distante y sopesando ciertas consecuencias poco deseables, le ha replicado que no, que no, que ella no está loca y que esa noche es la última y que le prohibe que vuelva a poner los pies en esa casa.
- Ni lo sueñes, no pienses que soy una monda de patata que se tira a la basura. Aquí hay un hombre, y cuando a un hombre le hacen perder la cabeza no se sabe lo que puede pasar.
- Qué ridículo eres, primero lloras como un cagueta y ahora te pones a amenazarme. Sepas y no te olvides que, en este pueblo de mierda como tú lo llamas, soy una mujer de posición y tengo influencias de sobra para que te fusilen por comunista.
- Tú lo que eres una puta.
Lo que ha venido a continuación ha sido mucho peor, las palabras, cada vez más fuertes e hirientes, y las amenazas mutuas han estado a punto de dejar paso a los golpes, o a ese impulso sanguíneo que Leandro ha sentido de cogerla por el cuello y estrangularla allí mismo. Pero, en su cabeza, ha imperado el segundo de lucidez necesario para que la noche no termine en tragedia y ha comprendido que, se viste y se larga, o va a tener que lamentar el resto de su vida, si es que no lo lamentará de todas maneras. En silencio, ese silencio tenso que quiere decir muchas cosas, se ha ido poniendo la ropa y los botas de media caña, haciendo gestos bruscos y exagerados, denotadores de ira, pero también de que se está sujetando los estribos. Sólo ha tenido agallas para perder el tiempo de una mirada, llena de asco y de desprecio, al rictus burlón y victorioso que se queda con Elvira en la cama.
Leandro ha salido huyendo como un ladrón, de prisa y atolondradamente. Es de madrugada y la calle Mayor todavía continua difuminada por las pocas trazas de las bombillas que cuelgan en las esquinas cercanas, en esos momentos se lamenta de no haberlas roto con un tirachinas. Camina inseguro y con torpezas, la humillación que ha sufrido lo tiene atarugado, por eso le flaquean las piernas y siente ganas de vomitar. Ni siquiera ha tomado la precaución de mirar que nadie pase por la calle y le sorprendan saliendo de la casa de la que ha sido desterrado para siempre. Lleva la cabeza baja y una hoguera en el pecho, si va andando es porque la desesperación y también el miedo lo cogen de la mano y lo empujan a desaparecer cuanto antes de ese lugar. Empeño vano e inútil el de Leandro, porque esa noche el destino juega con todos los ases de la baraja y ha planeado que Antonio López, emboscado astutamente en un portal inmediato, le salga al paso de un salto sorpresivo y le corte la retirada.
- Vaya fantasma de carne y hueso ¿eh?
Una vez se ha repuesto de la terrible impresión, Leandro no ha tenido más remedio que confesarlo todo con pelos y señales y pedir disculpas. Antonio, que no estaba dispuesto a dejarse conmover ni engañar, ha sentido pena al comprobar que eran ciertas las lágrimas que manaban de los ojos del joven. Aun siendo totalmente reprobable y censurable su conducta, se ha tenido que compadecer de él; a decir verdad, tampoco los pormenores de la escabrosa relación que ha mantenido con Elvira son nada del otro mundo, lo cabalmente imaginable en este tipo de inmoralidades, aunque, eso sí, agravados por la perturbación de la paz social y por el alboroto que ha supuesto la bromita de los fantasmas. Leandro, a punto de desfallecer y rendido por la derrota y la vergüenza, se confiesa culpable de lo que sea y suplica a Antonio que lo detenga cuanto antes. Éste, por el contrario, no está interesado en mover los trámites tan pronto, pues prefiere sopesar las repercusiones que provocaría el hecho de que se supiera que las apariciones eran la cosa más terrenal del mundo, un simple asunto de cuernos.
- Pero hombre, con las mujeres que se supone que ha conocido por ahí, venir a engatusarle una mujer casada
- Siempre estaba en los ensayos, me traía pastas y mistela para cuando acabara. Hablábamos del mito incomprendido del Tenorio y de otros temas del teatro. No le hizo falta correr mucho para convertirme en un trapo. El día de la función le pedí que dejara a su marido y que se escapara conmigo, pero fue ella la que me convenció para que me quedara aquí, que, si me hacía el carnet de la Falange, tendría un trabajo seguro y que así podríamos ser más felices con la vida cubierta. De su marido sólo me contaba que viajaba mucho y que tenía un sinfín de queridas, supongo que un cuento chino como el que le conté de la llave la otra noche, qué me podía decir
- ¿Y ahora qué? - Antonio ha soltado la pregunta casi como un reproche, pues no desconoce que respuestas quedan pocas donde elegir.
- Pues ya ve, si el marido no me pega un tiro, entre rejas y a hacer carreteras.
- Aunque no lo crea, me pongo en su lugar. Doña Elvira puede hacer perder la cabeza a un cualquiera, es una mujer de campeonato. ¿La quiere mucho, verdad?
- Ya se lo he dicho, me sorbió los sesos.
- A mí también me pasó una cosa parecida.- Antonio se ha puesto nostálgico y la oscuridad le tapa la amargura del semblante.- Fue durante la guerra, era puta. Yo nunca había estado con ninguna mujer, un familiar mío conocía un sitio en el puerto de Alicante y me llevó una tarde. Al verla me puse rojo como un tomate, era muy hermosa, mucho más que doña Elvira, para que me entienda. Me pidió que me desnudara y yo no supe reaccionar. Ella se quitó la bata y se quedó en cueros, de pie, toda blanca, con los pechos al aire, riéndose de mí. Me corrí encima y, de la vergüenza, le tiré los dos reales y desaparecí volando. Luego volví la tira de veces, no sabía vivir sin ella. Un día le supliqué que se casara conmigo y casi revienta de las carcajadas. Me salió con que no tenía inconveniente, siempre y cuando consintiera en acostarme con ella, con su marido y con un pistolero de la FAI que la contentaba con regalos de las requisas. Lo que sigue es una cosa muy parecida a la suya y se lo puede imaginar.
- Lo siento.
- No se apure. Usted sufra con lo suyo que yo ya me quedo con lo mío. - El silencio se ha hecho entre ambos, Antonio termina de decidir que no conviene remover la mierda que se está secando, no cabe duda que ese muchacho es un pipiolo imprudente y ha estado a punto de arruinar una familia; pero tampoco toda la culpa es suya. A doña Elvira no se atreve a juzgarla, si alguna vez tiene ocasión ya le contará una historia de fantasmas. En fin, a Leandro que el pecado le sirva de penitencia, por eso lo va a poner en una disyuntiva.- ¿Sabe lo que le digo? Voy a dejar que usted decida si le merece la pena gastar sus huevos en otra oportunidad. Si antes de tres días coge sus bártulos y se vuelve a su teatro, hágase cuenta de que esta noche yo no he salido de mi casa y no me he enterado de nada.
- ¿Lo dice en serio?
- Tan en serio como que en esta calle las apariciones se han dejado de aparecer.
Leandro le ha dado las gracias, por supuesto que se marcha, ni siquiera esperará los tres días. Ahora vuelve a respirar y tampoco nota el mordisco en la boca del estómago, piensa en Elvira Silvestre como un dolor de cabeza que tendrá que llevar en la maleta hasta que se le cure, a pesar de los pesares la quiere y no sabe si podrá olvidarla.
- Búscate otra Elvira y verás como sí.- Antonio lo ha animado tendiéndole la mano como si fuese a despedir a un amigo de toda la vida. Leandro se ha apresurado a estrechársela, pero antes de que no vuelvan a verse nunca más, le ha planteado una duda surgida de ese instante.
- ¿Al menos me dirá cómo se ha enterado de todo?
- No hay ningún secreto, usted es un buen actor; pero yo soy mejor policía, eso es todo.- Antonio ha preferido no decirle que ese domingo, en la feria, desde el Ayuntamiento lo ha visto cómo, con disimulo, entregaba una notita a doña Elvira mientras el marido le compraba alguna pijada de las caras en la caseta del oro y de la plata.
- Eso es verdad, es usted un buen inspector de policía. Siempre le tendré en la memoria.
- Inspector no, cabo, cabo de los municipales.- Antonio le ha tenido que corregir.
- ¡Qué más da! Si fuera inspector también lo sería bueno.
Leandro ha doblado la esquina de la iglesia y Antonio se ha quedado plantado y solo en medio de la calle, de la calle Mayor. El primer albor del día ya empieza a competir con la miseria de las bombillas; el relente, frío y espeso, también se deja notar en la espalda de Antonio, que se ha encogido pensando en una recaída de su constipado. Se siente dichoso y con ganas de ponerse a andar y no parar, la ciudad tiene su encanto a esas horas, la encuentra como una mujer al poco de despertar, legañosa, despeinada, malcarada; pero vistosa y bien parecida después de que las casas abran puertas y ventanas y sus amas barran y baldeen las calles. Antonio está respirando profundamente, presiente que el cielo de esa mañana será como el de ayer que era feria, brillante, manso, sin el aire molesto de los últimos días. Sus pies ya se mueven y lo llevan a alguna parte, se ha encasquetado la teresiana y se ha metido las manos en los bolsillos de la gabardina, en su cabeza le martillea la palabra inspector, inspector, inspector. "Suena bien esa palabra. Hoy mismo daré la orden a los guardias. Se acabó lo de cabo, en adelante haré que me llamen inspector, señor inspector."