Decisión

Tomaba un café mientras hojeaba el diario, echada hacia atrás en la silla. En el local no había muchos parroquianos. Cinco o seis. Hablaban poco y existía un relativo silencio, por tanto. Ella pasaba las páginas del periódico, pero no leía. Su mente estaba lejos de aquellas reseñas. Pensaba en las relaciones que había tenido con los hombres a sus veinticuatro años. No estaba nada contenta con sus experiencias. Cansada de personajes superficiales, con poco más que atractivo físico, no había conseguido dar con el compañero que buscaba. Ella era una mujer cautivadora. Uno setenta de estatura, figura esbelta, media melena de un color rubio denso, ojos castaños, demoledoramente expresivos cuando la ocasión lo requería. Las facciones de su rostro eran perfectas. Los pómulos justamente marcados. Labios sensuales. Todo ello atractivo, sin embargo, no llegaba a la altura de su sonrisa, contagiosa, hipnótica, seductora... absolutamente irresistible. Era su arma letal con los hombres. Jamás ninguno pudo apartar sus ojos de ella, cuando la mostraba con todo su encanto. Pero eso era la fachada. Interiormente existía un ser hipersensible, necesitado, no de deseo, sino de auténtico afecto. Tenía la sensación de que los hombres la querían únicamente por su aspecto físico, mientras que ella anhelaba un amor mental, con los ojos cerrados. Un hombre entró por la puerta de la cafetería y se sentó en la mesa que estaba al lado de la que ella ocupaba. Pidió una bebida. Mientras la saboreaba leía la contraportada del periódico que ella sostenía delante de su cara, frente a él. Súbitamente ella bajó el diario y sus miradas se encontraron. Ella se sintió traspasada por los ojos de él. Durante unos segundos, que parecieron toda una eternidad, únicamente existieron dos pares de iris clavados profundamente el uno en el otro. La petición de él de sentarse a la mesa de ella rompió el encantamiento, del que ella salió como de un trance contestando afirmativamente de manera mecánica. El comenzó a hablar y ella simplemente le escuchaba sin apenas participar en la conversación. La voz de él la tenía completamente absorta. No sabía que era lo que le estaba ocurriendo. Sus sensaciones eran absolutamente nuevas e inquietantes. Poco a poco él empezó a perder fluidez en su casi monólogo y cada vez dedicaba más tiempo sólo a observarla fijamente. Tras un rato la conversación prácticamente había derivado en una sucesión de escrutadoras miradas. El silencio fue roto por él nuevamente. Propuso salir a pasear. Ella continuaba contestando afirmativamente, sin pensar. Un largo paseo les permitió introducirse mutuamente el uno en la otra. La fascinación de ella por él aumentaba progresivamente. Se prometió a sí misma no utilizar su sonrisa en aquella ocasión. Aquel hombre la tendría que querer por su personalidad. Y lo estaba logrando. La invitó a cenar y ella continuó asintiendo. Durante la cena siguieron profundizando en la cognición de sus caracteres. Al salir del restaurante parecía como si se conocieran de toda la vida. El propuso tomar una copa en su casa. Ella lo estaba esperando. Subieron a su piso, él sirvió dos whiskies y se sentaron en el sofá. Apenas reiniciaron la conversación, sus ojos se volvieron a encontrar. Esta vez las miradas no se cruzaron mucho tiempo, y bajaron buscando los labios que poco a poco se iban acercando al tiempo que empezaban a entreabrirse. Unos segundos después se fundieron en un beso pleno de sensaciones. Para ella era un beso diferente. Lo que sentía no alteraba únicamente sus sentidos. Era su mente la que se convulsionaba de forma incontrolada como presagiando algo más que una nueva noche de amor. Tardaron muy poco en llegar al dormitorio. Efectivamente aquella no fue una noche más.Después de unas semanas de intensa conexión, de plena comunicación psíquica, de inacabables noches de amor, de risas, diversión y encanto, llegaron a la conclusión de que aquella relación era la definitiva para los dos. Ella estaba totalmente convencida. Hablaron de su futuro juntos, por primera vez. Esa misma noche ella se trasladaría a vivir con él. Quedaron en el mismo café donde se encontraron el primer día. Al caer la noche ella salió de su casa con una maleta en la que llevaba sólo unas cuantas prendas y objetos necesarios. Ya volvería después por todo lo demás. Bajaba por la calle donde estaba el café. Andaba por la acera contraria y se paró justo enfrente del local. Dejó la maleta en el suelo. Desde allí, a través del cristal le vio, sentado, esperándola, mientras tomaba una copa. Sólo tenía que cruzar la calle para comenzar una nueva vida, la vida que siempre había buscado. Se quedó unos momentos inmóvil. Se inclinó, cogió la maleta y echó a andar calle abajo, perdiéndose en la oscuridad.

Alex García Ferrer, septiembre 1998