Blasco Ibáñez en Azorín
José Payá Bernabé
En 1888, Martínez Ruiz inicia la carrera de Derecho en la Universidad literaria de Valencia. Colabora, en 1894, en la redacción de El Mercantil Valenciano y en Bellas Artes. En esta época conoce a Blasco, quien le dedica su novela Arroz y Tartana "a mi querido amigo el distinguido crítico Don José Martínez Ruiz, como muestra del afecto". Del 2 de enero de 1895 al 27 de diciembre de 1896, redacta diecisiete artículos en el periódico republicano El Pueblo, de Blasco Ibáñez. En 1896, Blasco le dedica Flor de Mayo, "a Martínez Ruiz el más revolucionario y original de los escritores y españoles, su compañero" y Cuentos Valencianos, "al original y vigoroso escritor J. Martínez Ruiz su agradecido amigo y compañero". Este libro será analizado en una de las primeras colaboraciones de Martínez Ruiz en El País. Para él, Blasco tiene facilidad e imaginación y confiesa que "el autor de Cuentos valencianos - lo dice uno que no le debe favores - es un costumbrista de talento, y un literato de genio y laborioso como hay pocos".
El 4 de noviembre de 1904, Martínez Ruiz asiste al banquete en honor de Valle-Inclán con Blasco y Galdós. Celebraban la publicación de Flor de Santidad en el Café Inglés. En 1910, desde Buenos Aires, Valle-Inclán remite una epístola a Azorín que él mismo, en Madrid, se encargó de revelar, pero omitiendo unos párrafos, precisamente la diatriba concerniente al autor valenciano. Escribe Valle: "¡ Cuánto se engañan los que imaginan que Galdós es el primero aquí en la consideración de los intelectuales¡. Quise poner en el puesto que merecen a Baroja, Ayala, Ortega y Gasset, Marquina y algunos más. Pero nunca lo hubiera hecho: la colonia española se ha revuelto contra mí como una bestia brava. ( ) Pero para estos ataques ( ) hay otras razones: mi significación tradicionalista y el fracaso de Blasco, que habiendo venido jaleado por ellos, tuvo peor acogida por el elemento intelectual, y finalmente que no los quise por intermediarios en el negocio de las conferencias, ni darles un tanto por ciento como pretendían. Lea con cuidado el recorte que le envío, y crea que es un deber de todos procurar que venga aquí un hombre conocedor de los problemas económicos y de este medio. Grandmontagne sería admirable para esto". El recorte de la prensa argentina, remitido por Valle-Inclán desde Lisboa, el 2 de diciembre de 1910, es durísimo contra Blasco: "Ese tiburón de la novela y el cuento ha concluido por cansar la paciencia argentina. ( ) La prensa independiente de Corrientes ha puesto el grito en el cielo ante la concesión territorial con que acaba de ser agraciado el insigne novelista y cuentista valenciano don Vicente Blasco Ibáñez No es un hombre, es un pulpo, es un montón de sensualismo, de glotonería y de rapacidad. No ve en nuestro país más que un montón de oro y quisiera tener por buche una caja de conversión para tragárselo todo de una sentada".
La serie de artículos que Azorín dedicó, en febrero de 1913, a lo que él bautizó como "La Generación del 98" - reproducidos en Clásicos y Modernos -, han dado lugar a cientos de conjeturas. En estos artículos Azorín afirmaba que "La generación de 1898 (...) no ha hecho sino continuar el movimiento ideológico de la generación anterior; ha tenido el grito pasional de Echegaray, el espíritu corrosivo de Campoamor y el amor a la realidad de Galdós. Ha tenido todo eso; y la curiosidad mental por lo extranjero y el espectáculo del desastre -fracaso de toda la política española - han avivado su sensibilidad y han puesto en ella una variante que antes no había en España".
El 23 de noviembre de 1913, Azorín es objeto de un homenaje en Aranjuez, organizado por Ortega y Gasset y Juan Ramón Jiménez, al que se sumaron la mayor parte de la intelectualidad española. Su meta era solidarizarse con él por sus intentos fallidos de entrar en la Real Academia Española. A los actos se une, por carta, Galdós, pero no Blasco. El 19 de febrero de 1915, Azorín redacta un artículo denominado " Francia. Deplorable Diplomacia" explicando que había habido una fiesta literaria en la Universidad de París al objeto de dar " una muestra de confraternidad entre naciones latinas". A esta Fiesta acudieron representantes europeos. España estaba representada por Blasco. Azorín afirma no sentirse representado por él y que "la obra literaria del Sr. Blasco Ibáñez nos inspira poco interés". El motivo de este feroz ataque se debe - según Azorín - a que " la fiesta se hubiera deslizado gratamente, sin ningún detalle desagradable que lamentar, a no ser por una desdichada ocurrencia de Blasco. La ha comentado Carlos Maurras en su periódico: "Sólo el Sr. Blasco Ibáñez que ha comenzado perfectamente asociando el asalto alemán al recuerdo de las grandes invasiones, de las invasiones árabes, sobre todo, haciendo constar la fraternidad de cuarenta millones de latinos de América, ha estropeado desdichadamente las cosas al pretender jugar del vocablo, hablando de los moros ( Maures, en francés), con una deplorable alusión a los mauristas, colocados en montón de la manera más arbitraria, en el número de nuestros adversarios, a pesar de la actitud elocuente de su ilustre jefe".
El 2 de marzo de 1915, Blasco remite una larga misiva a Torcuato Luca de Tena aclarando lo sucedido. Recientemente ha sido reproducida esta epístola en facsímil en el catálogo de la exposición Blasco Ibáñez y el periódico se hizo combativo. ABC recogió el párrafo final: "Los dos nos conocemos de larga fecha y estamos convencidos de que nunca pensaremos lo mismo. Hace muchos años, ¡muchos¡, vivíamos en Valencia y colaboraba él en mi diario El Pueblo ( ) Entonces se dio varias veces la satisfacción de asustarme a mí, tímido burgués, con sus artículos cortos y terribles de propaganda anarquista".
Azorín contestó que no le molestaba recordar sus revolucionarias campañas realizadas al lado del autor de Cañas y barro, a quien califica de "un antiguo amigo nuestro". Eugenio DOrs tuvo que terciar en la polémica, aconsejando públicamente a Azorín: "¿ Por qué no decir: ayer fui, y hoy soy, hombre en quien los valores de sensibilidad se han hecho supremos? ". En 1917, en El Paisaje de España visto por los Españoles, torna a perseverar sobre Blasco en un amplio capítulo titulado "Valencia". Se cuestiona el prosista sobre cómo escribe Blasco y cuál es la característica de su estilo: " tiene el estilo de Blasco Ibáñez la luz y la claridad del Mediterráneo; es fuerte, lleno, coloreado, plástico. Blasco tiene en su prosa la luminosidad mediterránea".
El 27 de marzo de 1918, Azorín remite una carta autógrafa a Blasco, en un tono francamente cariñoso. Leemos: "Querido Blasco Ibáñez: ¡Cómo le envidio a usted¡. Dejé de ser subsecretario; pero sigo en la altiplanicie madrileña, a 650 metros sobre el nivel del mar. ¡ Y usted frente al Mediterráneo¡. Pienso ir a Francia; amigos queridos que tengo en esa gran nación lo desean; yo tengo ya necesidad de contemplar ese paisaje y de revolver en las librerías repletas de volúmenes nuevos. Leí su novela; sintiendo yo el amor que siento, por nuestro mar, no hay que decir si me habrán encantado esas páginas. En mi libro El paisaje de España visto por los españoles, hablo de usted. Un cordial abrazo de su amigo, Azorín"
El pensamiento azoriniano tenía, en los años veinte, un guía espiritual, Unamuno; un ideal político, la autoridad de La Cierva; y una ilusión frustrada, la Real Academia Española. Al no poder alcanzar ésta, se adhiere a la idea de fundar una Academia paralela, llamada Academia de la Novela, que se pretendía crear bajo el patrocinio del autor de Cañas y barro. El 31 de octubre de 1923, Azorín, desde Madrid, se dirige a Unamuno comunicándole que Blasco " tiene el propósito de fundar una Academia de la novela. Los académicos serán cinco. Blasco vendrá a Madrid en la primavera. Traerá entonces 500.000 pesetas. Se depositarán en el banco y se firmará la escritura de fundación de la Academia. De la venta de ese capital, se dará todos los años un premio de 20.000 pesetas a la mejor novela. Lo restante de la venta, será para pagar gastos de los académicos, 1.000 pesetas a cada uno. Esta es la primera etapa de la fundación. Blasco destinará otras 500.000 pesetas a la obra, a fin de que cada miembro de la Academia tenga 6.000 pesetas de emolumentos. (...) Los académicos son: Pérez de Ayala, Baroja, Valle-Inclán y yo. Y tendríamos verdadera satisfacción en que usted aceptara el cargo. La Academia será independiente en absoluto".
En enero de 1924, Blasco envía una tarjeta postal, desde Tokio, a Azorín deseándole un feliz año nuevo. Mientras, Azorín alude, a El Novelista que vendió su patria o Tartarín, revolucionario, de El Caballero Audaz, libro inspirado en párrafos de obras de Blasco a modo de feroz diatriba. El 28 de marzo de 1924, remite a Blasco una epístola que induce a reflexionar: "Querido Blasco Ibáñez: su carta me impresiona. Deseo su restablecimiento. Restablecerá usted con su gran energía el equilibrio. Si tiene - esto es importante en tal dolencia - alguna preocupación de linaje moral, deséchela. No puede usted plañir su destino. Lo tiene usted todo: fortuna, comodidades, nombradía afectos. Piense usted en tantos escritores que, después de construir una obra considerable, hallándose en el término de la vejez, no han logrado un mediano pasar que les permita el trabajo con algún sosiego, sin angustias. Le abraza cordialmente, Azorín".
Obviamente, se está refiriendo a él. El 28 de julio de 1924, realiza una crítica elogiosa en ABC sobre La novela de la Costa Azul de Blasco. En 1925, Azorín enjuicia la novela El Papa del mar reconociendo que "Blasco es un narrador robusto y rápido: su novela es la obra de un narrador. No sabemos cómo la hubiera escrito un poeta, Valle-Inclán, ni cómo la escribiría un psicólogo, Baroja". También, en Los Quintero recordará a Blasco.
En 1932, se descubrió la lápida con el nombre de la calle "Literato Azorín". Sanchís Zabalza trajo, por encargo de Azorín, un pliego impreso para ser leído y repartido en aquel acto cuyo título era "Breve parlamento de Azorín a sus conterráneos de Valencia", donde le cita repetidamente. El 21 de enero de 1940, en pleno exilio en París, Azorín publicó un artículo titulado "Mirto en Valencia" en La Prensa. En él, merced a un impulso lleno de angustia moral, de dolor físico, como afirma, torna espiritualmente a Valencia. Las páginas que escribe son desgarradoras, plenas de sinceridad, de admiración por Blasco, de quien no puede esperar nada y a quien, sin embargo, reconoce ahora enormes méritos. Leemos: "¡y han pasado tantos años desde que el amigo y yo nos conocimos¡. Han pasado tantos años, cerca de cincuenta, que ya las imágenes de antaño tienen más fuerza que antes. El tiempo ha hecho el milagro de solidificarlas. Y el mismo tiempo que las consolidaba en el fondo del alma, hacía más triste, más infinitamente triste, su evocación.( ) Vicente tú has escrito las más profusas páginas sobre el arte del novelista. Tú has dicho que el arte literario es cuestión de sentimiento, de instinto, de fervor, y no de razón. Tú has confesado que el germen de una novela apunta en tu cerebro un día cualquiera, sin esperarlo, con motivo de la contemplación de un paisaje o a la lectura de un libro o la audición de tal fragmento musical. Y que desde ese momento, la idea va agrandándose, día a día, hora por hora, minuto por minuto, hasta llegar a serte dolorosa. Te es dolorosa porque adviertes el ansia de exteriorizar lo sentido .Y yo, querido Blasco Ibáñez, abatidos del mundo mis mejores amigos, muertos tantos hombres ilustres que me honraron con su amistad, desaparecidos tantos seres amados, esfumado todo el mundo de realidades dilectas, soy como esa barca que va a la deriva( ) Y el mirto de Valencia, lo has pasado de tu mano a la mía, como un emblema perdurable, inmarcesible, de nuestra tierra".
Azorín cogía, simbólicamente, el testigo de escritor valenciano. Desde ese momento empieza a concebir Valencia. Lo que no sabe es que este libro de memorias debe ser mutilado por la censura y que no le iban a dejar publicar en España, de forma regular, hasta noviembre de 1941. Hemos aludido, varias veces, a Madrid, libro de memorias donde hace un retrato de lo que representó el período finisecular desde un prisma personal. En este libro de confidencias, crea una atmósfera única, captando las circunstancias que rodearon a estos incipientes literatos a su llegada a la capital de España en 1896. Es un libro difícil para nuestro autor. Al redactarlo, en 1940, persistía la negativa gubernamental para que publicara en España. Según refiere, a su llegada a Madrid, "no todos los maestros nos ignoraban o - lo que es peor-, aparentaban ignorarnos. Siempre ha habido entre los antiguos quien ha tendido su mano a los nuevos. Fueron para nosotros afectuosos y leyeron nuestras primeras obras con curiosidad don Juan Valera, doña Emilia Pardo Bazán y Clarín. Con don Benito Pérez Galdós ( ) no manteníamos relaciones". Recordemos que estamos en un momento histórico delicado. Cuenta algunas de sus vivencias, pero sólo hasta 1910, como si hubiera escogido este año en un intento de que nadie asocie sus recuerdos con la guerra civil, su exilio y la posguerra. Había una explicación: el libro debía pasar la censura, extremadamente férrea en esos momentos inmediatos a la contienda.
Es un asunto que merece reflexión. Si hubiese querido herir las figuras de Blasco y Galdós, no hubiera ocultado la carta que, a modo de diatriba, lanzó Valle-Inclán desde Argentina en 1910. Máxime cuando esta carta aparece mutilada por él en un capítulo de Madrid. Precisamente al hablar de Valle en América recuerda que habían ido a Argentina cuatro o seis personalidades literarias de España acompañando a la Infanta Isabel. "No todos los hombres habían suscitado el entusiasmo de los argentinos", narra Azorín al exponer el pensamiento de Valle. Sin embargo oculta los nombres puestos en entredicho en su carta: Blasco y Galdós.
En 1944, Azorín, en contestación a una pregunta sobre si ha ganado o no dinero con su producción literaria, alude a Blasco como ejemplo del escritor que sí consiguió este objetivo. A partir de 1950, Azorín frecuenta el cine. No acude a él por falta de imaginación, sino que este arte le permite meditar y contrastar cuestiones que viene planteándose en la intimidad de su gabinete de trabajo. Su libro Escritores, de 1956, recoge la crítica que había realizado a La novela de la Costa Azul.
Ese año hay un testimonio impar: la visita de Emilio Gascó Contell a Azorín. En dicha entrevista - lenta, poblada de silencios -, Azorín califica a Blasco de uno de los mejores narradores de las letras universales junto con Tolstoi. Recuerda Azorín: "Al principio, Blasco y yo no fuimos muy buenos amigos. No; no había una gran simpatía entre nosotros aunque, por entonces, nos acercaba mucho nuestra común admiración por Pi y Margall. El era hombre de tumulto, se sentía feliz entre las masas, a las que adoraba y que le devolvían centuplicada su pasión. Yo, como siempre, tímido y retraído, limitado a las únicas exuberancias de lenguaje que me permitían unas cuartillas escritas en la soledad y sin impaciencias.( ) Pero con los años, aquella vieja amistad se fue estrechando, hasta que en los últimos tiempos de Blasco llegué a mantener con él una correspondencia asidua y copiosa. Una correspondencia que regalaría a Miguel Pérez Ferrero y éste, según contó en 1947, a Juan Estelrich.
Lo sorprendente es que Azorín desvelase a Gascó que él debía la vida a un manojo de cartas amarillentas de Blasco que, al cruzar la frontera, en 1936, llevaba en sus maletines. La FAI, cerca de la frontera francesa, detiene a Azorín. Al registrarle encuentran las cartas de Blasco. Aquello operó como un sortilegio. Los de la FAI suspendieron el registro. Según Azorín, "el pobre Blasco ya llevaba enterrado ocho o diez años. Y aquella especie de taumaturgia que había ejercido en su juventud sobre las masas, prolongada desde la ultratumba, le salvó sin duda la vida".
Más tarde, en Varios hombres y alguna mujer torna a recordar su relación con Blasco. Y, en 1973, Francisco L. Otero al analizar la evolución de Martínez Ruiz en el periodismo valenciano, lo sintetiza calificando la labor de Martínez Ruiz en El Pueblo como " verbal dinamitero de la sociedad de su tiempo". De aquella fase intensa y breve - dice - " le quedará una cierta acrimonia contra Blasco y el grato recuerdo - pese al despido - de Castell". El profesor Pérez López refutó algunos juicios adversos en su libro Azorín y la Literatura Española. En este estudio se hace un acertado análisis de estas relaciones, al igual que en Azorín íntegro, de Santiago Riopérez.
Es indudable que Blasco fue uno de los intelectuales más comprometidos con el Desastre. Con sus veinticinco años, Martínez Ruiz sólo era un joven que aspiraba a consolidarse como periodista y escritor intentando, a su manera, dar a España un impulso reformista. Para él, Europa era cultura, tolerancia, educación, política consolidada. Como años más tarde definió "Europa es lo definitivo, lo claro, lo lógico, lo coherente". En sus orígenes literarios, se interesó por el teatro simbolista de Maeterlinck; por los libros que contenían la doctrina de Nietzsche, el alma de las cosas de Verlaine o Rodenbanch. Pero son las lecturas de Montaigne las que le hacen descubrir un mundo literario nuevo. Un mundo de nuevas tendencias estéticas que le cautivan. Imbuido en estas lecturas, en este ambiente cultural, intentó acercar la triste realidad española de 1898 a Europa. Anhelaba integrarnos sin que perdiéramos nuestra propia identidad, la esencia española. De ahí que asumiera el papel de creador y divulgador de una imagen de nuestro país y de una idea de Europa. Con su pluma participó en el regeneracionismo, apoyándose en Costa. Pretendía una España europeizada que continuase manteniendo su tradición. Para él, Cataluña representaba la mejor imagen de España en Europa.
Esto puede apreciarse, en parte, al releer su producción entre 1893 y 1904 e intuir la evolución de su pensamiento y de su propia creación periodística y literaria. El auténtico "Azorín del 98", pensaba en clave de Europa y actuaba como un intelectual preocupado por el problema de España, a la que deseaba fervientemente regenerar y culturizar. Entre la esencia española que quería preservar está la tradición e idiosincrasia de los pueblos y, entre ellos, sentía especial fervor por su ciudad natal, Petrer y Valencia.
En 1924, en "El campo del arte", reconocerá que "la obra de Blasco es sólida y fuerte", no sin antes habernos dado la clave de por qué, en 1913, al concebir el grupo generacional del 98, había dejado "descolocado" a Blasco. Afirma,: "El arte no es el mismo. El grupo de los escritores selectos (...) pide otra cosa. Una honda renovación se impone en la estética. No puede ser la misma que antes la novela (...) somos hombres modernos; tenemos otra sensibilidad que los antiguos". Es entonces cuando opta por la novelística de Pío Baroja.
En Valencia (1941), confiesa que sus estéticas se oponían: "las relaciones cordiales que nos ligaban se enfriaron. Volvieron a ser cálidas y sinceras años después". La vena azoriniana de crítico literario aflora en este capítulo llegando a decir que "subsistirá mucho de la obra de Blasco Ibáñez. Caerán las tesis transitorias. Caducarán los apasionamientos doctrinales. No interesarán acaso tanto los conflictos. Pero estos rasguños geniales con que se pinta un paisaje o se dibuja una figura, permanecerán indelebles a lo largo del tiempo y a través de las generaciones". Un juicio respetuoso y certero.
Azorín leyó, anotó, subrayó, emitió juicios críticos, acotó párrafos y sintió admiración y respeto por los novelistas de su generación anterior. En la Casa-Museo Azorín (CAM) hay muestras de esto. Releyendo a Azorín quedan cada vez más lejos los tópicos denigratorios contra los escritores de la segunda mitad del siglo XIX. Las anotaciones, el epistolario y los estudios sobre Blasco realizados por Azorín podrán de manifiesto esta sentida admiración. En nuestra opinión, si lográramos escanear toda la producción azoriniana descubriríamos que Blasco permanece oculto en medio de tantas líneas y artículos. Sería un placer poder comprobar cómo el cursor del ordenador se va parando ante los títulos de su bibliografía o cómo su nombre ha pasado desapercibido en tal o cual artículo, especialmente de La Prensa, La Vanguardia o periódicos valencianos de fin de siglo. Tanto Martínez Ruiz como Azorín han enjuiciado y desmenuzado la obra de Blasco, desde 1894 hasta 1964, en que cita, una vez más, la novela La Barraca, recordando que el motivo central de la misma - la venganza -, es idéntico al film Segadores de Bardem. Lo recoge, a modo de entrevista, Jorge Campos en Conversaciones con Azorín. En 1966, volverá, en España Clara, a llamarle "nuestro antiguo amigo".
Se deben rescatar las páginas del Azorín crítico literario. Ya se hizo con Unamuno y Saavedra Fajardo. Ahora sería un buen momento para recoger en un volumen, de forma cronológica, las opiniones, juicios, análisis, contradicciones, comparaciones y epistolario cruzado entre ellos. Cuando estamos inmersos en el Año Blasco y en el Año Azorín y barajamos decenas de proyectos, éste, que tanto nos ocupa a la Comunidad Valenciana, merece ser llevado a buen término. Se puede apreciar más a Blasco de la mano de Azorín, comprendiendo que su fervor, respeto y amistad demandan este esfuerzo. También hay que estudiar temáticas comunes entre ambos autores: su concepción de Valencia, los personajes tratados, sus vivencias, el cine, el teatro, la historia en busca de la intrahistoria literaria, afinidades, y puntos de contacto entre Blasco y los noventayochistas, que pueden dar como resultado un retrato de la vida finisecular desde la visión de dos cronistas. Proponemos, en síntesis, algunas líneas de investigación de las que ha sido imposible ocuparse en este trabajo por la limitación de espacio y por la abundancia de los materiales recopilados.