Azorín y el 98

 

 

                          José Payá Bernabé

                  Casa-Museo Azorín.[1]

                                              

      

En el año 2003 se inauguró una doble Exposición azoriniana en el Instituto Cervantes de París.[2]En ella se exhibieron fondos archivísticos provenientes de la Casa-Museo de Monóvar, centrados en dos vertientes: Azorín y Francia y Azorín: 1893-1905. Paralelamente a la muestra – que tuvo una extraordinaria acogida entre los hispanistas franceses -, asistimos a un programa de Radio France Internacional donde se debatía el exilio de Azorín. En el transcurso del mismo no pude dejar de acordarme de algunos hechos históricos, no suficientemente divulgados, referentes a esta etapa tan trascendental en la biobibliografía del autor de Valencia. En primer lugar, Azorín pudo salir de España hacia el exilio, en 1936, gracias a la intervención del Ministro de Estado Álvarez del Vayo y del librero valenciano Juan Negueroles que disimularon su partida de Madrid a París alegando que se trataba de una expedición del PEN Club Internacional que presidía el propio Azorín. Acompañaron al escritor monovero, su mujer, Julia Guinda, el doctor Teófilo Hernando, su esposa y sus dos hijos.

 

La segunda cuestión, lo verdaderamente excepcional de este periplo de su vida, consistió en las revelaciones efectuadas por Azorín al director del Museo Romántico de Madrid diciéndole que, en París, se dedicó a hacer canjes de prisioneros de un bando y del otro, contando con la confianza de los dos gobiernos. En tercer lugar, contando a Emilio Gascó que le confiesa que ha salvado su vida, cuando intentaba llegar a Francia, en 1936, gracias a unas cartas de Blasco Ibáñez que llevaba entre sus maletas.

 

Este tema merece una reflexión. En Memorias inmemoriales explica Azorín: “Lo hondo no gustaba de manifestarlo nunca. Ni en los escritos (...) ni a nadie, ha revelado nunca X sus íntimos sentimientos”. Una frase auténtica, contundente, que concuerda con el hecho de que asuntos como su relación con Julián Besteiro y Margarita Nelkens; su pertenencia a la Agrupación al Servicio de la República; los canjes de prisioneros; su defensa a Antonio Espina o sus preocupaciones sólo hayan sido contadas a escasísimas personas. Su hermetismo está patente en cualquiera de sus biografías. Por eso es extraño y demuestra una profunda confianza el hecho de que consintiera mantener una entrevista, plena de sinceridad, con Gascó, en junio de 1956.   

           

     La entrevista  de Gascó – lenta, poblada de silencios -,   contiene un testimonio impar: Azorín califica a Blasco de uno de los mejores narradores de las letras universales junto con Tolstoi. Recuerda Azorín: “Al principio, Blasco y yo no fuimos muy buenos amigos. No; no había una gran simpatía entre nosotros aunque, por entonces, nos acercaba mucho nuestra común admiración por Pi y Margall[3]. Él era hombre de tumulto, se sentía feliz entre las masas, a las que adoraba y que le devolvían centuplicada su pasión. Yo, como siempre, tímido y retraído, limitado a las únicas exuberancias de lenguaje que me permitían unas cuartillas escritas en la soledad y sin impaciencias. Como siempre… Pero con los años, aquella vieja amistad se fue estrechando, hasta que en los últimos tiempos de Blasco llegué a mantener con él una correspondencia asidua y copiosa.[4]. Un epistolario que regalaría a Miguel Pérez Ferrero y éste, según contó, a Juan Estelrich: “En España también se intentó, o mejor dicho, se habló, o más bien se escribió, de dejar establecida una Academia como la de los Goncourt en Francia. Yo me enteré de que se había abrigado ese proyecto, que luego había quedado en agua de borrajas, por Azorín, en París, bastantes años después. Y el maestro me regaló los papeles, cuya devolución espero un día de mi amigo el humanista Juan Estelrich. Era una correspondencia entre el escritor de Monóvar y Blasco Ibáñez, y una correspondencia muy curiosa, por cierto, porque las cartas y tarjetas de don Visent tenían matasellos de todas partes del globo, ya que se escribieron durante La vuelta al mundo de un novelista[5].

         

          Lo sorprendente es que Azorín desvelase a Gascó [6] que él debía la vida a un manojo de cartas amarillentas de Blasco que, al cruzar la frontera, en 1936, llevaba en sus maletines. La FAI, cerca de la frontera francesa, detiene a Azorín. Al registrarle encuentran un paquete de papeles: las cartas de Blasco. Aquello operó como un sortilegio. Los de la FAI suspendieron el registro. Según Azorín, “el pobre Blasco ya llevaba enterrado ocho o diez años. Y aquella especie de taumaturgia que había ejercido en su juventud sobre las masas, prolongada desde la ultratumba, le salvó sin duda la vida”.

 

La explicación a esta confianza reside, a mi modo de ver, en  que Azorín entendió desde siempre que Gascó era un hombre de letras; tenían relación desde hacía muchos años - le remitió, en 1948,  el ejemplar número dos de su poemario en francés Quelques Poémes -, y, sobre todo, tenían determinados  fervores en común: los escritores Unamuno, Marañón, Pío Baroja[7], Blasco Ibáñez; el periodista  Miguel Moya o los azorinistas José García Mercadal y Santiago Riopérez.

 

A Miguel de Unamuno, amigo de Azorín[8], le escribe Gascó, en plena juventud, el 15 de agosto de 1915, intentando atraer su atención, siguiendo la misma táctica azoriniana empleada con Clarín o  Pardo Bazán. La carta[9], por su frescura, es digna de ser transcrita íntegramente:

 

  “Señor don Miguel: Yo, soy un joven, casi un niño de diecisiete años, que quiere vivir viviendo; no, muriendo de hastío en este mezquino ambiente provinciano y en el cual no quiero agostarme, no¡ rotundamente.

    Yo, don Miguel, sabio maestro, soy un ilusionado, un soñador quizá de alas ligeras para quien el mundo es tan pequeño, tan sumamente pequeño, que parece no llenar la imaginación con sus grandezas.

     Yo, quiero vivir, don Miguel; yo, necesito otro ambiente cultural; beber en las fuentes del saber. Coger el mundo, y metérmelo en el puño. Lo quiero, llevado quizá de las alas de  mi ardiente fantasía y lo conseguiría puede, si el primer peldaño del gigante templo, pudiese mediante ayuda, subirle. Ese terrible peldaño, ese colosal peldaño que se interpone fiero entre el ser y el no ser.

      Para llegar a él, necesito don Miguel, de sus consejos, de su mano, necesítale, y a quien sino a usted he de pedirle amparo.

      Yo, soy un siervo de la literatura  o la literatura es vasalla mía. Yo, soy pobre. Cuando a mis buenos padres, les hablo de mis afanes, que a ellos (pobres hijos del manual trabajo) les parecen quimera, se abren de brazos.

-         Busca algo práctico, hijo, hijito – dicen.

          ¿Buscar algo práctico?.

          Diga usted Don Miguel. Es acaso impráctico adorar y cultivar las letras?. Esas frías, punzantes, duras palabras de los míos, hieren mi corazón en sus más delicadas fibras.

            Yo he escrito algunas novelas que lloran su inedismo en mi mesa de estudio; también artículos, crónicas, cuentos... y quiero vivir...y quiero ser ... porque tengo confianza en mi mismo, don Miguel.

            Lléveme, V. a Madrid, caso maestro. Con un empleo comercial, como auxiliar de (...) ...¡cómo sea¡- pero no deje V. que perezca de asfixia en este hediondo ambiente de provincia.

             Yo, he pensado mucho antes de escribirle. ¡Cómo atreverme a llamar la atención de aquel don Miguel leído y releído que leí  sus sabias doctrinas, de niño y de joven¡

              Más díjolo Dantoni “Andare, Anadare y andare” y eso sí¡. Franqueza ante todo: Soy audaz.

               Es ésta, más que carta (en mal papel y con peor gramática escrita) un saludo de mi alma que quiero conozca. Don Miguel: No olvide que en este rincón alicantino hay un alma que siente sentir y un cerebro que quiere pensar... Y que tenga esta carta un aspecto vulgar... tan tristemente vulgar... Espera su respuesta, Emilio Gascó Contell, Grao Valencia”.

 

                 Conociendo la pasión de don Miguel por los epistolarios, seguro que debió animar al joven  Gascó, quien no perdió jamás su interés por el Rector de Salamanca, a quien dedicó diversos artículos en el Diario  de Noticias, de Lisboa[10]; en  Voz de Portugal, en Río Janeiro[11];  en ABC[12]; en el Diario El Tiempo, de Bogotá[13]; en el Diario Levante[14] o en el Boletín Bibiográfico de Madrid[15]. También en el volumen Encuentros y despedidas (1966) recordará al autor de Niebla con cariño, al igual que a otros escritores cercanos al noventayocho como Maeztu, Antonio Machado, Maragall, Altamira, Gregorio Prieto, Juan Ramón Jiménez, Galdós, Darío, Benavente, Valle, Teodoro Llorente, Sorolla, Menéndez Pelayo, Pedro de Répide y tantos otros.                   

 

       Ni que decir tiene que su gran pasión fue Blasco Ibáñez a quien dedicó estudios y  biografías de obligada consulta en 1921, 1925, 1927, 1957 y 1966. Esta entrega pertinaz y generosa no pasó desapercibida por Azorín, reforzando su amistad y amor por la tierra valenciana.

 

        Azorín pasó de redactor de El Pueblo a encabezar fuertes diatribas contra Blasco en 1915, para, dos años después, hacer las paces con la publicación de  El paisaje de España visto por los españoles. En 1923, el autor de Cañas y Barro confió a Azorín la organización de la Academia de la Novela, de la que iban a formar parte Unamuno[16], Baroja, Valle, Pérez de Ayala y el propio Azorín. Hubo otros testimonios de auténtico afecto en 1924 y 1932, pero lo insólito es que, en plena posguerra, el 21 de enero de 1940,  Azorín publicara un artículo titulado “Mirto en Valencia” en La Prensa de Buenos Aires. En él, merced a un impulso incontrastable, lleno de angustia moral, “de dolor físico”, como afirma, torna espiritualmente a Valencia. Las páginas que Azorín escribe en este artículo son desgarradoras, plenas de sinceridad, de admiración por Blasco, de quien no puede esperar nada y a quien, sin embargo, reconoce ahora enormes méritos. Leemos: “ ¡y han pasado tantos años desde que el amigo y yo nos conocimos¡. Han pasado tantos años, cerca de cincuenta, que ya las imágenes de antaño tienen más fuerza que antes. El tiempo ha hecho el milagro de solidificarlas. Y el mismo tiempo que las consolidaba en el fondo del alma, hacía más triste, más infinitamente triste, su evocación.(…) Vicente tú has escrito las más profusas páginas sobre el arte del novelista. Tú has dicho que el arte literario es cuestión de sentimiento, de instinto, de fervor, y no de razón. Tú has confesado que el germen de una novela apunta en tu cerebro un día cualquiera, sin esperarlo, con motivo de la contemplación de un paisaje o a la lectura de un libro o la audición de tal fragmento musical. Y que desde ese momento, la idea va agrandándose, día a día, hora por hora, minuto por minuto, hasta llegar a serte dolorosa. Te es dolorosa porque adviertes el ansia de exteriorizar lo sentido….Y yo, querido Blasco Ibáñez, abatidos del mundo mis mejores amigos, muertos tantos hombres ilustres que me honraron  con su amistad, desaparecidos tantos seres amados, esfumado todo el mundo de realidades dilectas, soy como esa barca que va a la deriva(…) Y el mirto de Valencia, lo has pasado de tu mano a la mía, como un emblema perdurable, inmarcesible, de nuestra tierra”. Azorín cogía, simbólicamente, el testigo de escritor valenciano. Desde ese momento empieza a concebir Valencia.

     

        Volviendo a Gascó, se ha de recordar que fue director literario tanto en Afrodisio Aguado como en Escelier, dos editoriales que apoyaron algunas ediciones azorinianas como El efímero cine (1955). En junio de 1956 se produce la aludida entrevista entre Azorín y Gascó. Al año siguiente, la reproduce en su conocida obra Genio y figura de Vicente Blasco Ibáñez y, en las navidades de 1961, Gascó le dedica el número 98 de Quelques Poémes[17]. En 1966, aparece la edición de su libro Encuentros y despedidas, donde le dedica un amplio capítulo a Azorín, tornando a contar cómo salvó su vida gracias al epistolario de Blasco en 1936 y revelando que, en dicha entrevista, le acompañó el editor José Ramón Aguado[18]

 

           En 1967, cuatro prestigiosos escritores – Rafael de Penagos, Manuel Alcántara, Luis de Castresana y Gaspar Gómez de la Serna se acercaron a visitar a Azorín, en torno a su mesa-camilla, guiados por Emilio Gascó Contell[19]. Pasan con él sesenta minutos: “A todos nos emociona y entusiasma esta hora inolvidable y demasiado corta con Azorín”, escribirá Gascó. Y no es para menos. El 2 de marzo de ese año fallecía el autor de La voluntad. Es posible que fuera su última entrevista[20]. Gascó fallecía en 1972. En 1996, su nieto Emilio Gascó García reedita en Alcira una soberbia edición de Genio y Figura de Blasco Ibáñez. En el prólogo recuerda cómo acompañaba a su abuelo muchos domingos a visitar a Azorín. Explica – y es una frase que honra a su abuelo -, que “el trato que éste daba a sus amigos y compañeros de letras siempre estuvo marcado por la clase de ternura y dedicación que muestra su cariño y respeto por Azorín”. Un afecto compartido, sin duda, por el escritor monovero, como refleja su trato continuo y las revelaciones íntimas sobre Blasco, una figura que les unió como lo hicieron sus afinidades literarias, su antiguo trato con Francisco Sempere, su gusto por la bibliofilia o sus recuerdos de Valencia, una ciudad que influyó, decisivamente, en su trayectoria literaria.                  

 

        

 

 

         


 

[1] La Casa-Museo Azorín es una Obra Social de la Caja de Ahorros del Mediterráneo en Monóvar, donde se conserva el fondo archivístico azoriniano.

[2] Organizada por la Caja de Ahorros del Mediterráneo, en abril de 2003, en la sede del Instituto Cervantes.

[3] Martínez Ruiz se adhirió al Partido Federalista en Monóvar, en septiembre de 1897.

[4] Gascó recuerda que Blasco tenía el proyecto de hacer una Fundación para los escritores españoles en Mentón.

[5] “Cartas de Blasco Ibáñez”, en Unos y otros. Madrid, Editora Nacional, 1947, págs. 181-185

[6] Gascó participó en el ejercito republicano entre 1936 y 1939, terminando la contienda en calidad de Comandante, provisionalmente promocionado a Teniente Coronel. Entre 1939 y 1949 permaneció exiliado en París como español, aunque, desde el punto de vista francés, se le consideraba residente español con trabajo por su dedicación, como director de ediciones, en la editorial Quillet.   

[7] En 1957 incluye una entrevista a don Pío en su biografía de Blasco Ibáñez, donde rememora el intento de creación de la Academia de la novela. 

[8] Azorín –Unamuno. Cartas y escritos complementarios, de Laureano Robles. Pról. de José Payá. Valencia, Generalitat Valenciana, 1990

[9] En la Casa-Museo de Unamuno de la Universidad de Salamanca.

[10] “Portugal visto por Unamuno”(23 de abril de 1962) y “Unamuno en Portugal” (11 de abril de 1962). 

[11] “O Diario Íntimo de D. Miguel Unamuno”. Brasil, 31 de julio de 1960

[12] “Las curiosidades de Unamuno”. ABC, 9 de febrero de 1968

[13] Publicados en Encuentros y despedidas. Hombres de mi tiempo. Madrid, Afrodisio Aguado, 1966

[14] “El diario inédito de Unamuno”. Valencia, 27 de agosto de 1960. Este artículo fue remitido por Gascó a Manuel García Blanco, crítico unamuniano por excelencia: , con esta dedicatoria: “con un abrazo y el fiel recuerdo de Gascó Contell. Estaré aquí hasta el 6 de septiembre(1960)”.

[15] “Notas sobre D. Miguel de Unamuno con ocasión del Centenario”. Madrid, enero, 1965

[16] Desde Madrid, el 31 de octubre de 1923, Azorín  le manda una misiva en estos términos: “Mi querido D. Miguel: Blasco Ibáñez tiene el propósito de fundar una Academia de la novela. Los académicos serán cinco. Blasco vendrá a Madrid en la primavera. Traerá entonces 500.000 pesetas. Se depositarán en el banco y se firmará la escritura de fundación de la Academia. De la renta de ese capital, se dará todos los años un premio de 20.000 pesetas a la mejor novela. Lo restante de la renta, será para pagar gastos de los académicos, 1000 pesetas a cada uno. Esta es la primera etapa de la fundación. Blasco destinará otras 500.000 pesetas a la obra, a fin de que cada miembro de la Academia tenga 6000 pesetas de emolumentos. No se requiere que nadie envíe obras a la Academia. Se juzgan y premian lo publicado. Una reunión anual, entorno a la mesa de un restauran, bastará. Los académicos son: Pérez de Ayala, Baroja, Valle-Inclán y yo. Y tendríamos verdadera satisfacción en que usted aceptara el cargo. La Academia será independiente en absoluto. El fundador no intervendrá para nada en su funcionamiento. Siempre admirándole, Azorín”. Original en la Casa-Museo de Unamuno, Universidad de Salamanca.   

[17] “Felicidades mediterráneas plenas y dilatadas. Para Azorín con un abrazo. A Don José de su fiel, E. Gascó Contell”, se lee en la dedicatoria de esta obra cuyo original se conserva en la Casa-Museo de Monóvar. 

[18] Contiene bastantes fragmentos del epílogo de su biografía de Blasco en 1957, lo cual nos lleva a pensar que también publicase un artículo – el mismo que reproduce en 1966 -, en El Tiempo de Bogotá, ya que en la dedicatoria de este libro alude a que algunas de sus páginas han aparecido en dicho diario.

[19]La Estafeta Literaria.  Número 365, del 11 de marzo de 1967, recoge los artículos motivados por dicha visita.

[20] Manuel Alcántara deja claro, en su artículo “No era locuaz hablando”, en La Estafeta Literaria, que  “Emilio Gascó es muy amigo y va a verlo mucho. Gracias a él hemos venido nosotros. Se pone a su lado y le habla casi al oído, pero sin gritarle. Dice nuestros nombres y don José nos va mirando y nos ofrece una mano huesuda y cierta. La mano que mejor le ha tomado el pulso al idioma desde Cervantes”.