PRÓLOGO DE LA ISLA SIN AURORA, DE AZORIN.
(Colección de Las mejores obras de la literatura de la Comunidad Valenciana.
Madrid, Biblioteca El Mundo, 2003).
José Payá Bernabé.
José Martínez Ruiz (Monóvar, 1873- Madrid, 1967), Azorín, fue un infatigable artesano que trabajó con la más noble de las herramientas humanas: la palabra, llegando a convertirse en uno de los máximos creadores y renovadores de la prosa de la primera mitad del siglo XX.
Su memoria ha ido ganando, en las últimas décadas, en delicadeza, respeto e inefabilidad. La energía de Azorín cuenta con pocos ejemplos en el mundo de la creación literaria. Sin más recursos ni medios que su pluma y tenacidad, inició la tarea de culturizar España, intentando sacarla de su ignorancia; fustigando desde sus inquietos, combativos, enérgicos y vibrantes artículos de juventud hasta los de su última producción, más sosegada, serena, reflexiva y llena de lecturas de Montaigne. Su legado intelectual, literario y periodístico ha cobrado una fuerza impredecible. Sus obras son traducidas a idiomas impensables hace sólo unos años ( por ejemplo, La Isla sin aurora, traducción al italiano de la por la Prof. Renata Londero). Su producción – novela, teatro, cine, periodismo... -, es analizada sistemáticamente, dando como fruto concepciones estéticas cargadas de futuro y modernidad. Azorín se definió en múltiples ocasiones. En una de ellas, correspondiente al año de aparición de La Isla sin aurora (1944), confesó: “puedo decir que desde la cuna he sido yo escritor”. No en balde, Azorín nos enseñó, además de a leer a los clásicos con renovados alicientes, a descubrir en sus artículos pura literatura sobre literatura.
La Isla sin aurora.
Se ha comentado en alguna ocasión que Azorín es un poeta de la prosa. Para Gerardo Diego – a quien el autor de La Isla... dedicó su novela -, Azorín era algo más: un poeta, tal y como reza la dedicatoria de su libro Hasta siempre (1949). Antonio Machado, a quien Azorín consiguió entrar en la Real Academia Española, también pensaba que era “el más sutil de nuestros escritores contemporáneos. Su estilo es invisible, como un cristal de absoluta trasparencia cuando no se convierte en un espejo mágico y encantado”.
Azorín siempre tuvo presente a los poetas, a los que siempre defendió empezando por Unamuno y Vicente Medina y siguiendo por Juan Ramón Jiménez, Machado, Alberti, Gerardo Diego y Pedro Salinas. En un cuento denominado “La mayor emoción” (Blanco y Negro, 22-08-1926) abordó la figura del poeta junto a otros dos protagonistas: el dramaturgo y el novelista. El cuento le gustó tanto que fue el precursor de su novela La isla sin aurora muchos años después. El hecho de convertir en novelas cuentos suyos no es una excepción, como reveló su biógrafo Santiago Riopérez, puesto que otros tres cuentos propios fueron el origen de sus novelas Capricho (“Qué pasó después”); María Fontán (“La toledana”) y Salvadora de Olbena con el cuento del mismo título.
La novela que el lector tiene en sus manos contiene, entre otras cosas, fantasía, mágia, sensibilidad, creación, ensueño, poesía, intensidad, contemplación, superrealismo, análisis psicológico, ideas y conceptos literarios, la temática del tiempo, estructura con aire musical, elementos autobiográficos, indeterminación del espacio, personajes-símbolo y tendencias innovadoras. La obra intenta mostrar cómo se puede hacer una novela desde dentro, deslizando al lector en una narración plena de riqueza de léxico, con toques pedagógicos y con un mensaje claro: la fugacidad de la vida representada en el barco Sin retorno. Un barco, como se lee en la novela, que se va y no viene. “Es el símbolo del mundo”, nos dirá Azorín, porque no se retorna a la juventud, a la ilusión y al fervor.
Es en La isla.. donde Azorín pretende conseguir – al igual que con anterioridad había hecho con El Alma castellana, La voluntad, Los pueblos o Félix Vargas y Superrealismo -, un nuevo estilo que suponga una innovación en su producción novelística. Logra así una novela vanguardista, distinta a las anteriores y con buena crítica.
Para recalcar la innovación que supuso esta novela en su época, tal vez sea oportuno recordar unas frases del propio Azorín extraídas de su entrevista con Rafael Vázquez Zamora (Destino, 1-04-1944):
- “¿Podría usted hacerme de esa obra (La Isla sin aurora), señor Azorín, eso que ahora se estila: una autocrítica?.
Azorín hace un gesto de amable desagrado. No quiere hablar de sí mismo. Pero le insisto:
- ¿Dónde se desarrolla la acción?. ¿Qué isla es esa?
Y entonces, el autor de Los pueblos, señala a un lugar indefinido. Este instante me recordó las palabras de Ortega: “En su faz muda, inexpresiva, casi inerte..., notamos un breve temblor en sus labios prietos; una suave iluminación en su pupila; adelanta la mano, señala con el índice a un punto del paisaje humano. Seguimos la indicación y hallamos ... un pueblecito”.
Por esta vez no es un pueblecito, es una isla fantástica, situada en un mar de ensueño.
- Diga usted que mi isla está en el Pacífico. Que actual. ¿Verdad?. Pero añada que este océano mío es “de verdad” Pacífico.
Y en unas palabras me describe, entusiasmado (este entusiasmo me presenta a un Azorín verdaderamente jovial) los paisajes y los personajes de La isla sin aurora.
- Hay trozos, como esa carta que escribe el Fauno, que creo logrados. Me gusta esta novela por ser algo tan distinto a todo lo mío. Creo que va a sorprender a mis lectores habituales”, dice Azorín.
Repasar las páginas de La isla... es una invitación viva y dinámica a recrearse en el mundo azoriniano, sus personajes y su estilo. Porque Azorín es un hombre de estilo. Y éste queda renovado, una vez más, en esta novela que, según la Prof. Londero, “es la más sugestiva y original de Azorín, porque en ella el autor compendia todos los fulcros de su estética, en un inédito marco estructural, fascinante, complejo y fluido a la vez”.
Tampoco podía faltar en la novela la cita bibliográfica. Azorín al principio de La isla... transcribe literalmente un texto de P. De Novo y Colson, Teniente de Navío y Académico Correspondiente de la Real de la Historia, cuyo original se conserva en la Casa-Museo Azorín de Monóvar, Obra Social de la CAM, con la signatura 7-60-10. Lo curioso de este libro es que en la obra aparezca un buque denominado Errante y en La isla... se llame Sin retorno y ambos se escriban con cursiva tanto en la edición de 1882 como en la de Azorín en 1944. A la hora de ubicar en la biografía azoriniana esta novela y la anterior de El Enfermo (1943), se ha de tener en cuenta que fueron concebidas en un momento anímicamente delicado para Azorín. De todos modos, la mayoría de críticos literarios – Leopoldo Panero, Fernández Almagro, Muñoz Cortés, Eugenio de Nora, Granjel, Martínez Cachero... -, han elogiado el resultado feliz de La isla sin aurora. Una opinión que deseamos formule el lector de esta edición de El Mundo.