“Azorín, Monóvar y el Superrealismo

 

 

José Payá Bernabé.

 

 

Repasar las páginas de Superrealismo es una invitación viva y dinámica a recrearse en el mundo monovarense, sus personajes, edificios emblemáticos, literatura, lengua, gastronomía y demás vertientes apuntadas en el índice. Una vivencia única que nos permite, entre otras cosas, captar la lucha por modernizarse; conocer su transformación agraria o hacer justicia a algunos monoveros de pro.

 

         A principios de agosto de 1929, Azorín comienza a redactar su novela  Superrealismo, pensando publicarla en la colección “La Novela de hoy”. Al extenderse, propone su edición a Ruiz Castillo. Tiene poca convicción en la misma, ya que le falta pormenorizar detalles y pulir algunos capítulos. Confiesa al propietario de Biblioteca Nueva, que “si Félix Vargas era para siete lectores (esta obra) es para tres. Completamente absurda; novela en estado amorfo, informe. Título: Superrealismo (Prenovela).[1]  

 

A través de  Superrealismo, revisa, sintetiza, estudia e impulsa, en Superrealismo, el conocimiento del pasado de Monóvar, intentando hacerlo algo más próximo a nosotros. Esquematiza qué personajes le cautivaron más y a ellos dedica frases sugestivas, reveladoras, sobre qué representan en la pequeña historia de un pueblo: el suyo.

 

         En Superrealismo  hay una  parte biográfica, siempre presente y oportuna, que recuerda una serie de nombres que han formado parte de la historia de Monóvar. Unos nombres  que cobran vida merced a ser convertidos en personajes literarios. Sin embargo, hay un personaje que no aparece en la novela pese a haber ayudado, en la sombra, a su confección. Nos referimos a Queremón Alfonso Prats, empresario de licores, concejal de 1889 a 1894; primer Teniente de alcalde de 1914 a  1916; secretario del Ayuntamiento en 1918 y primer teniente de alcalde, de nuevo, de 1927 a 1929[2].   

 

         Queremón – hombre de una cultura vastísima, en palabras de su primo José Alfonso Vidal -, gozó de la amistad de Azorín durante muchos años. Colaboró, en 1917,  en la obtención de una calle para el escritor. Azorín, en 1925, recién incorporado a la Real Academia Española indagaba sobre el uso de nuevas palabras para incorporarlas al Diccionario. En una de sus misivas consultaba a Queremón sobre los términos aportadera, portaúva, cuba para transportar uva desde la viña al lagar. Solicitaba datos técnicos sobre su capacidad e incluso fotografías de la misma. De igual modo, pedía información sobre los “recibidores”[3], palabra que no figuraba – en tal acepción -, en el Diccionario. 

 

         Las contestaciones fueron  puntuales y  meticulosas. La información recibida era “tan buena” - según Azorín -, que, en palabras de Menéndez Pidal, “así se debía hacer el Diccionario”.[4] Por esto no es de extrañar que fuera a él a quien se dirigiera, en 1929, desde San Sebastián, recabando información sobre determinados personajes históricos y sobre el uso de algunos términos en valenciano para su incorporación a Superrealismo. De idéntica manera actúa Azorín, treinta años después, con José Alfonso para elaborar el capítulo “La flor de Monóvar” en  Posdata[5]. Ciñéndonos a Superrealismo  las dudas planteadas, en forma abreviada, fueron las siguientes:

 

1º). ¿A qué se aplica en Monóvar el vocablo brial?

 

2º). ¿Cuándo estuvo Salamanca en Monóvar?

 

3º). Si queda algún bres; si se dice bresar.

 

4º). Receta de la Olla de trigo

 

5º). Composición de la Cama de banquillos.

 

6º). ¿ Cómo se llama la capacha en que, en los campos, se desmiga el pan para hacer migas ¿ 

 

7º). Voces clásicas conservadas en el valenciano y que no se usan en el castellano corriente.      

 

8º). ¿ Son los días caniculares las célebres Cabañuelas que en reino de Valencia comienzan el 24 de julio ¿

 

9º). Si al Camino de Santiago se le llama ahí caminet de la “Aguela Santana”

 

             A Queremón le ayudaba en este tipo de consultas – según se desprende de una carta[6] - su tío Antonio Alfonso, padre de José Alfonso. Ambos intuyeron que uno de los personajes evocados en Superrealismo[7] iba a ser Alvaro Vidal, rebautizado por Azorín como “Alvaro, llamado Sansano”. A él le dedicó el escritor el espléndido artículo “El ideal de Montaigne” en España (20-09-1904) que, más tarde,  pasó a formar parte de Los Pueblos. “Alvaro era, en efecto, como se llamaba el personaje a quien aludía; en Los Pueblos creo que hay un cuento sobre la muerte de Montaigne o cosa así, que se refiere a Alvaro”, les explicará Azorín.[8]

 

            Las consultas de Azorín a Queremón se producen durante el mes de septiembre y la primera quincena de octubre. La obra quedó lista el 11 de octubre de 1929[9]. En noviembre, antes de que saliera el libro, la Revista de Occidente nº 77 ofreció a sus lectores algunos capítulos, calificando la obra de “capital en la psicología literaria; de una finura y de una penetración maravillosa”.

 

           En diciembre de 1929, el Comité de la Asociación del Mejor Libro del Mes emitió su fallo a favor de Pen Club, de Eduardo Gómez de Baquero (fallecido esos días), haciendo constar que únicamente la coincidencia de ambos libros les impedía proclamar Superrealismo como la mejor obra del mes.     

 

         En Azorín íntimo nos presenta José Alfonso tres personajes reales de Superrealismo: José Pérez Bernabeu, don Chusep, el médico[10]; José Antimo[11] y Alvaro Vidal[12]. Del primero tenía Alfonso datos por haber sido compañero de profesión de su padre, Antonio Alfonso, quien, además de amigo, había sido compañero en la  redacción de El Termómetro[13]que este dirigía. De los otros dos personajes – Antimo y Alvaro -, dice que “hoy no existe, entre los más viejos del lugar, quien nos dé acerca de ellos una referencia exacta”. 

 

        En La voz de Levante, el 2 de enero de 1930, comienza Alfonso una serie denominada “Azorín y Monóvar: Personajes de Superrealismo” centrado en “Don Antimo” de quien asegura que había sido descrito por Azorín en Las Confesiones de un pequeño filósofo: “ un señor silencioso y limpio; que se acompañaba siempre de dos grandes perros y le gustaba plantar muchos árboles”; que “hizo mucho bien por el pueblo” pero que, un día, amargado por las ingratitudes, se marchó al campo. Tenía una finca en el paraje de Alciri.

 

        Dos días después, en el mismo periódico, hace una crítica de Superrealismo diciendo que “el caballero anciano”, “el último conservador”, puede ser don David Pérez,  alcalde de Monóvar en 1917, prometiendo ocuparse del resto de personajes de esta obra. Así, el 11 de enero de 1930, lo hace de “Don Chusep, el médico”, recordando que Pérez Bernabeu[14], Inspector de Sanidad de Monóvar, publicó un libro titulado Apuntes de la geografía médica de la ciudad de Monóvar; que vivía en su finca “Buenos Aires” y que había sido enterrado con cuatro cintas llevadas por los médicos de Monóvar.

 

         Superrealismo tenía una semana de vida y ya era famoso: el diario ABC (1-01-30) y La voz de Levante (2-01-30)  reproducían el capítulo “Blanco sobre blanco” con unas pequeñas notas introductoras en las que acentuaban la técnica personalísima que para la novela tenía Azorín; José Díaz Fernández desde El Sol (5-01-30) aseguraba que Azorín “conecta con su prosa inolvidable con la expresión más reciente, y de esta soldadura sale un maravilloso instrumento estético”; La voz de Levante (3-01-30) hablaba de la inmortalidad de Monóvar merced al superrealismo azoriniano; el Heraldo de Madrid (11-01-30) califica el libro de “poemas en prosa de la más exquisita poesía dedicados a cantar con fuego y pasión su amor a la tierra monovera, que capta y subyuga la pasión de quien nunca se apasiona.”

 

         En Elda (Idella, 11-01-30) y en Yecla (¡Adelante!, 18-01-30) dedican sus portadas a Superrealismo. El primero reproduce el capítulo “Llegada” e incluye un editorial en el que se intuye la mano de Capilla Bellot, al tiempo que  explica en qué va a consistir el homenaje a Azorín. El artículo yeclano va firmado por Luis de Villana quien elogia el volumen con frases tan contundentes como “es asombroso este gesto de juventud inmarcesible; de juventud continuamente renovada de este gran escritor español”.

 

         Blanco y Negro (19-01-30), elogia la rara ejemplaridad del arte de Azorín, en claro contraste con Fernández Almagro (22-01-30) en “Panoramas: Novela y prenovela”, quien considera que nada tiene que ver el título de Superrealismo con “la escuela o grupo literario que tanto ruido mete en Francia y lo que no es Francia” y  José Sánchez Rojas (Mundo Gráfico, 10-02-30) también juzga negativamente la obra, cuestionándose:  ”¿Por qué vamos a dotar de un andamiaje filosófico a estas frágiles construcciones que ha de llevarse el viento?”.

 

         La iniciativa y la idea del homenaje a Azorín con motivo de la publicación de Superrealismo fue del poeta Antonio Montoro, Presidente de la Sociedad Cultural Casino de Monóvar. Consistía el homenaje en adquirir mil ejemplares del libro para ser entregados a los maestros de la provincia de Alicante. José Capilla Beltrán, director del Semanario Idella de Elda, contribuyó al mismo y fue el artífice del suplemento literario número 189 publicado, en honor de Azorín, el 1 de febrero de 1930.[15]

         

          El interés de la Comisión organizadora – a la cual se unió el Alcalde, Saturnino Cerdá -, era que “sirviera el libro para que los maestros nacionales explicasen a los escolares los méritos que atesora el libro en cuanto al perfecto castellano y el amor que siente el autor por todos los pueblos y todos los paisajes de la provincia de Alicante”. 

 

         El homenaje consistió en una suscripción pública popular para adquirir ejemplares y sufragar un álbum que se tenía que entregar al escritor con el nombre de todos los que participaran. La suscripción la encabezó el Casino de Monóvar con cincuenta pesetas. La cuota más alta  para Organismos y Corporaciones era de cincuenta pesetas. La cuota personal máxima era de cinco pesetas y la mínima de un real. Los puntos de suscripción en Monóvar fueron las Oficinas del Juzgado de Instrucción, las oficinas de Correos y la Conserjería del Casino. El tesorero fue Vicente Alfonso, depositario de los fondos del Casino.[16] 

 

        “Nuestras actividades alcanzaron a todas las clases sociales”, refiere Montoro en su libro ¿Cómo es Azorín?. Es verdad: en las relaciones de suscriptores que iba publicando Idella se observa cómo, entre otros, se habían sumado al homenaje La Sociedad de Albañiles El Progreso de Monóvar, con veinticinco pesetas; el Taller de tonelería, con nueve pesetas y setenta y cinco céntimos; la Sociedad de Zapateros La Solidaridad, con veinticinco pesetas o la Sociedad de Canteros El Trabajo, con otras veinticinco pesetas.

 

         Parece como si estos colectivos de obreros hubieran querido corresponder al escritor por sus citas de oficios en el capítulo XXXII;  en su frase “homenaje a los jornaleros y labradores de Monóvar por su pericia insuperable en el arte de hacer ribazos” o en su elogio a la randa que hace la monovera con sus manos prestas[17],  tal y como se lee en Superrealismo[18].

 

       La suscripción pública voluntaria alcanzó, en pocos días, la suma de tres mil pesetas. La Librería Fernando Fé de Madrid realizó un 40% de descuento y les sirvió los mil ejemplares. Azorín intentó, por carta, parar la suscripción “contraria a mi temperamento”. Pero era tarde: el banquete se celebró, en el Casino, el domingo 2 de febrero de 1930. Azorín correspondió a tanta generosidad entregando su auto sacramental Angelita  al notario Martín Perea para que fuera representada en su ciudad natal.    Uno de los papeles del reparto – el Hermano Pablo -, fue para Queremón Alfonso.

 

       Las reseñas seguían brotando. Enrique Díez Canedo (El Sol, marzo de 1930) pensaba que todo Superrealismo estaba “bañado en una luz que suaviza contornos, combina formas, es a ratos cinematográfico, a ratos impresionista, siempre sin menoscabo de la realidad, viva en el fondo de sus evocaciones más libres”. Un testimonio que se recoge en el libro de Mulertt aparecido ese año con traducción, adiciones y correcciones de Juan Carandell y Cruz Rueda.[19]

 

        En junio de 1930, Antonio Espina, en Revista de Occidente, reconoce que con Félix Vargas,  Blanco en azul y Superrealismo realiza Azorín un gran experimento de arte nuevo, llevando a la práctica las teorías más audaces del arte vanguardista.[20]

 

      El diario alicantino El Día, dirigido por Juan Sansano Benisa, dedica, el 9 de septiembre de 1930, su número 4618 a la ciudad de Monóvar con motivo de sus fiestas patronales. Preside la portada una fotografía de la población con un texto extraído del capítulo XXXI de Superrealismo.  Llaman la atención dos fotografías más: una de Martínez Ruiz dedicada al médico Antonio Alfonso y, otra, del grupo de asistentes al homenaje tributado a Azorín al publicarse Superrealismo. Se quería recalcar con ello la relevancia que ese año había tenido para la población la aparición del libro.

 

         El 4 de  agosto de 1930, Azorín, según revela a Díaz Plaja, está “trabajando en otro auto sobre el pecado original; claro que tratado el asunto a la manera moderna. Título: Ifach”.[21] Azorín remitió esta obra a Rafael Ferreres quien tenía que traducirla al valenciano para ser estrenada en el Teatro Alkázar de Valencia, regentado por el empresario Vicente Barber. No pudo ser así porque la compañía terminó sus actuaciones en noviembre o diciembre de 1932.[22]  

 

Otros Personajes de  la Novela

 

-         Gabriel Miró (Capítulo “Gabriel Miró”)

 

                El autor de El Obispo leproso maduró su pensamiento en Alicante, Barcelona y Madrid. En Polop, se hizo consustancial con su ambiente. Por eso llama la atención que le dedique el capítulo XXI de un libro centrado en Monóvar, cuando lo normal hubiera sido poner su nombre dentro de la ciudad de Alicante y haber reservado este espacio a algún escritor monovero. 

 

                Sin embargo, el hecho de haber sido invitado por Azorín a pasar dos días en la casa solariega de Monóvar (1927); su lamentación por la  negativa del Premio Fasternrath de la RAE; los  artículos en  La Prensa (22-07-28) y ABC (31-01-29) manifestando las bondades de la obra mironiana; su propuesta por segunda vez a la RAE para que ocupara un sillón en la Docta Casa, junto a la dedicatoria de Blanco en azul (1929) de “su amigo, su admirador, su conterráneo Azorín” hacían necesaria esta distinción. Miró, por su parte, reconoce a Carlos G. Espresati[23] que “de ningún escritor he recibido tantas pruebas de amistad fraternal”. De ahí que Azorín lo envuelva en Superrealismo como en un ensueño pasando y repasando la mano suave, leda, por el paisaje, por las montañas, experimentando con el escritor alicantino la misma sensación que a él le hubiera gustado ejercer: la de restaurador de nuestro paisaje y  conservador de la esencia, tradición e idiosincrasia de esta tierra.

  

         En la Biblioteca Gabriel Miró[24] pueden leerse las dedicatorias de Blanco en azul con un “Conforme, Azorín” debajo de la dedicatoria impresa y de Superrealismo:A Gabriel Miró, con un cordial abrazo, Azorín”[25]. Y es que siempre tuvo predilección por Miró[26]. Le atraían los nuevos literatos. La explicación puede estar sintetizada en la misiva que le dirige a Miró el 24 de marzo de 1929:

 

           “ Defiendo a la juventud por razones estéticas, sociales y biológicas: estas últimas son las más poderosas, cuanto más avance en los años, me aferraré más a lo nuevo; esa estribación es la razón suprema – para mí – del vivir. Y abandonaré a esta juventud, en cuanto salga otra, si llego a vivir tanto”.[27]

 

       Un juicio claro, contundente, corroborado en su artículo “Literatura Española. Superación” (ABC, 20-03-29) en donde defiende: “existe una espléndida literatura nueva (...) y a esas manifestaciones estéticas, tan felizmente expresadas, definitivas, sólidas, debemos prestar nuestra atención y tributar nuestro aplauso”. Esos días, acude al homenaje en honor de Benjamín Jarnés[28], pidiéndole a Miró que haga lo propio.

 

        Gracias a una carta de Capilla a Cruz Rueda (22-12-48) se sabe que “Astrana Marín es (...) quien llamó bobo a Azorín por proponer a Miró para la Academia”.         

 

-         El Tío Pío Rabosa (Capítulo “Historia Antigua”)

 

     Era, en palabras de José Alfonso, “un anciano al que le vino el apodo por su destreza mental; un archivo viviente de la historia monovera”[29]. Habitualmente vestía una blusa gris, usaba una cayada amarilla, de olmo, y llevaba liado el cráneo con un zorongo, como se llama en Monóvar a los pañuelos que envuelven las cabezas de los viejos.

 

 

 

 

 

 

 

 

- La Viuda dels gañivetets. (Capítulo “Historia Antigua”)

 

         Remedios Pérez Verdú  era una rica hacendada de Monóvar. Se casó con José Pérez Payá, Gayivetet[30], natural de Monóvar, donde nació el 17 de octubre de 1805. Fue  alcalde desde 1861 a 1863. Fiscal, político y centro y cabeza del partido liberal monovero. A su muerte prematura el partido liberal fue liderado por su viuda, la viuda dels ganyivetets, como la llama Azorín, ayudada por sus hermanos Miguel Mª y Ciro y por su sobrino Ciro Pérez Ferrer. La viuda dels ganyvetets al heredar de su marido y hermanos reunió una de las mayores fortunas de Monóvar. Azorín le inmortalizó en esta obra y, con anterioridad, en el artículo “La viuda de los cuchillitos” publicado, en Blanco y Negro, el 12 de marzo de 1904. 

 

 

-         “Doña Loreto Ruiz” (capítulo “Historia Antigua”).

 

           Tía de la madre de José Martínez Ruiz. Heredaron de ella,  en 1876,  la casa enclavada en los números 4 y 6 de la calle Salamanca, hoy convertida en Casa-Museo Azorín, Obra Social de la Caja de Ahorros del Mediterráneo.

 

-         “El Seráfico, poeta humilde” (Capítulo “Historia Antigua”)

 

           Francisco Ganga Ager (1812-1871) es una de las figuras más sugestivas e interesantes que ha tenido Elda. Soltero y pobre de solemnidad – según el acta de defunción -, se ganaba la vida componiendo poesías. Frecuentó Monóvar. En las  últimas décadas  se  ha hecho justicia  a su obra y se han editado varios libros en su memoria[31].

 

-         “José de Salamanca” (Capítulo “Historia Antigua”).

 

         Fue alcalde Mayor de Monóvar de 1833 a 1835. De la documentación remitida por Queremón Alfonso a Azorín quizá sea la más exhaustiva la concerniente a Salamanca[32]. Azorín no atendió las buenas gestiones que hubiera podido hacer durante su mandato como alcalde, sino que quiso hacer hincapié en el castigo al que sometió a los monoveros poniendo la Estación de tren, a más de un kilómetro del pueblo, en represalia por haberse negado a una exigencia electoral.[33]

 

         En cambio, no consintió,  en 1917,  que sustituyeran el nombre de la calle Salamanca en Monóvar por el suyo, pensando, erróneamente, que era esa la que querían concederle. Finalmente, le otorgaron la calle de la Cárcel donde había nacido y, en dicha concesión, una vez más, tuvieron mucho que ver Capilla Beltrán y Queremón.

 

         Como puede comprobarse en el apéndice, parte del sumario de la vida administrativa de Salamanca elaborado por Queremón fue utilizado por Azorín para redactar sus juicios sobre Salamanca.

 

-         Vicecónsul de Esmirna (Capítulo “Historia Antigua”).

 

    Arturo Albert Verdú (1843-1906)[34], fue nombrado Vicecónsul de la ciudad turca de Esmirna el 19 de diciembre de 1868 por D. Juan Prim, amigo personal de los liberales de Monóvar, donde acudió a pasar unos días. Albert se casó con María Capelo Asuar fallecida, debido a una tuberculosis, en 1888, a los 35 años de edad. Se volvió a casar, a los 48 años, con Visitación Payá. Vivía – según confesión de Azorín a José Alfonso[35] -, cerca de la antigua Huerta con su mujer y un hijo. María Luisa Ruiz Maestre, la madre del escritor, los visitaba. Tenía un hermano que se llamaba Eutiquio. Cuando asesinaron a Prim, en 1870, regresó a Monóvar, donde falleció a los 64 años de una infección gripal. En Conversaciones con Azorín, de Jorge Campos, reflexiona Azorín sobre cómo ha podido subsistir tanto tiempo este personaje en su subconsciente[36].   

 

 

                   Azorín, incansable buceador de la historia local, supo rastrear las huellas de nuestro pasado. Llamaban su atención los Castillos, el Casino, la Torre del Reloj, la ermita de Santa Bárbara[37] y la Iglesia Arciprestal,  monumentos que, junto al Collado, la lengua, los jacintos y África, quedan reflejados - con frases y simbolismos que invitan a la reflexión -, en  Superrealismo.

 

 

CASTILLOS (Capítulos XXI, XXX y XXXVI “Gabriel Miró, Llegada                 y Alicante“).

 

         Al hacer el recorrido figurativo en tren desde Madrid a Alicante, nos presenta cómo es el castillo de Sax y cómo contempla desde el Collado de Salinas, desde el cuartito de tejavana[38] en que trabaja, el castillo y piensa en el tráfago de la vida en Madrid y el silencio y la quietud de la campiña.

 

         Un silencio, un sosiego, que añoraba. Amaba el silencio de los cementerios; la paz del escritor que él mismo llegó a gozar en sus primeros libros pergueñados en el Collado. Esta cuestión – la ventana del Collado y el castillo de Sax -, ya lo trató, con palabras y estilo diferentes, en el capítulo XXXIX de Las confesiones de un pequeño filósofo. Y, de nuevo, en el capítulo “La luna” de Superrealismo vuelve a incidir, sutil y escuetamente, en el paralelismo existente, a su juicio, entre la diminuta ventana del Collado – finca  de los Martínez Ruiz -, y el castillo:

 

          “Desde la ventanita del cuarto, el panorama lunar del valle allá             lejos estará vigilante en la noche, sobre el pueblo dormido, el                                        castillo de Sax”  

 

         Es evidente que el espíritu creador de Azorín se crece al evocar estos parajes donde discurrieron sus primeros pasos como escritor. Superrealismo es un libro de citas obligado para los amantes del mundo de los castillos. Azorín torna a referirse al de Sax con nuevos aderezos:           “ El castillo de Sax, agudo, perforando el azul, que se ve desde                   los campos de Monóvar”

 

          Los castillos de Villena, Petrer[39], Elda, Novelda y Alicante[40] también están presentes en esta obra. Sin embargo, es en  la ciudad apacible, en  la clara, azul y silenciosa Monóvar, donde  encontramos  – gracias a Superrealismo -, referencias al propugnáculo que sirven, al tiempo, para situarnos en esta población. Azorín utiliza el castillo como elemento imprescindible dentro del marco del pueblo para, más tarde, convertirlo en protagonista de un relato donde el personaje – Azorín -, se muestra inherente a una ciudad y a una edificación: el castillo de Monóvar o lo que queda de él, al cual confiesa llevar en el corazón. Esta evolución empieza en los capítulos “Griego y Árabe” y “Llegada”  de Superrealismo  y continúa en Memorias inmemoriales (1946) en su capítulo “En el castillo”.

 

         En este delicioso y delicado capítulo, tras ofrecer pistas que van rezumando el cariño y la añoranza que siente por su ciudad natal, revela que no ha subido nunca al castillo y que va a morir sin haberlo hecho, condensando en este sentimiento toda una vida dedicada a los libros y no a la realidad.

 

         Azorín concentra en la frustración de no haber subido al castillo de Monóvar, el sentimiento de haber esclavizado su vida en los libros. El castillo, además de una seña de identidad, es para Azorín un símbolo presente en muchos pasajes de Superrealismo. El Collado de Salinas, los castillos de Sax y Monóvar, la vía férrea y el tiempo son un elenco de puntos constantes en la obra azoriniana. Se hallan presentes en esta obra . A través de estos elementos revive sensorialmente su tierra y eterniza un paisaje que saboreó en su niñez y adolescencia.

 

CASINO.  (Capítulos XXX, XXXI, XXXII y XXXIX  “ Llegada, Monóvar, Ambiente y Resignación”).

 

         El sentimiento desprendido de la relación entre el  Casino de Monóvar y Azorín es la lealtad. El escritor pasó de escandalizar a los socios casineriles con sus folletos anarquistas - como cuenta Antonio Montoro en ¿Cómo es Azorín? -  a difundir la importancia que tenía esta Sociedad  en la vida local,  ejerciendo  de foco social y cultural.  El Casino, por su parte, supo corresponder al escritor con el homenaje de 1930 y con muchos más que, afortunadamente, se han venido celebrando en su honor.[41] 

 

COLLADO. (Capítulos XLII y XLVI “Collado de Salinas y Luna”).

 

        La hacienda de los Martínez Ruiz se halla en el Collado, ubicada en los términos de Monóvar y Salinas. Confiesa Azorín que siempre escribía este nombre con emoción porque “ han transcurrido aquí los días más felices de mi vivir”[42]. No podía, pues, obviar el Collado en una obra tan entrañable y emblemática, como, en 1904, había hecho con  Las confesiones de un pequeño filósofo, libro concebido entre sus paredes.

 

 

 LA LENGUA.  (Capítulo XXXVIII, “Esparto”)

 

            Azorín sabe, por experiencia, que existe una diversidad de lenguas en el Medio Vinalopó. Piensa que muchas voces castellanas injertas en el valenciano, que aquí se habla, son de uso de Aragón. Al  relacionar  las lenguas, incluye un comentario  que invita a meditar: “Mallorca y Alicante son tierras hermanas”. ¿Puede referirse a que, como afirma  en Memorias inmemoriales, en su pueblo se habla una hijuela del catalán?.  Este  tema – sobre el que vuelve a incidir en Agenda y Ejercicios del Castellano -,  ha sido poco tratado y demuestra, una vez más, que tenía unos conceptos sobre la lengua de Monóvar que han permanecido constantes a lo largo de su bibliografía. Queremón le mandó dos relaciones de palabras en valenciano para ser incorporadas a Superrealismo[43].       

 

LOS JACINTOS (Capítulo XXX “Llegada”).

 

 

                Entre las cuestiones de Monóvar que Azorín plantea a Queremón, el 23 de septiembre de 1929, figura una pregunta acerca de qué piedras son las de la Serreta des Escampilletes. Él mismo, al formular la pregunta, cree que son jacintos. La respuesta afirmativa de Queremón sobre estos cristales brillantes de cuarzo con sus dos puntas agudas, debió de influir  tanto a         

Azorín que llegó a incluir una frase en Superrealismo tan contundente como esta: “Dicen los filósofos naturales que el jacinto conforta el corazón y aviva el ingenio. Millares de jacintos proyectando su virtud sobre la ciudad”

 

         Es curioso que, en septiembre de 1965, el alcalde de Monóvar, Joaquín Albert Herrero, le hiciera llegar a Azorín jacintos recogidos en esta sierra [JP1] por un grupo de jóvenes monoveros. [44]          

 

 

ÁFRICA (Capítulo XLI “África”).

 

         Superrealismo es un ejemplo de la nueva estética azoriniana iniciada en los años veinte. En esta novela juega, maravillosamente, interponiendo planos. Su autor gozó siempre de un temperamento artístico, lo cual le permitió crear, sin supeditarse a ningún documento, cómo era Marruecos, sus gentes, fiestas, gastronomía y costumbres. Considera que ha estado en Marruecos. Contribuye a esto la semejanza con el paisaje de su ciudad natal. Para él, un pormenor indica el todo. Le basta la similitud del alcucuz con los gazpachos; del turbante con el zorongo; del aire de África cargado de los mismos olores que la España levantina para dedicarle el capítulo “África” de Superrealismo  a este Continente. Todo un alarde de planos cinematográficos, entre Marruecos y  Monóvar, que tiene coherencia con su esquema de cualidades similares.

 

         Tanto es así que, en Andando y pensando (1929) habla de Alarcón que guerreó en África; en  ABC (2-08-29) comenta el libro Los hebreos de Marruecos y,  en La Prensa (21-06-1931),  considera que “el porvenir de Europa está en África”. Una frase que resume su pensamiento, pero sus sentimientos le llevan a más: aspira a penetrar en la entraña misma de Marruecos y encontrar allí la ligazón con Monóvar. Es como una obsesión que le conduce a mantenerse fiel a una tesis que gira en torno al paraje El Secanet citado en el capítulo XXXIV. El mismo enclave le sirve en el capítulo “La seca España”, de Sintiendo a España, para autoanalizarse:

 

                    “Silvino Poveda – su trasunto -, estudiándose a sí mismo, se sentía africano (...) Pero era africano, en tanto que buen alicantino, por su silencio, por su gusto de la inmovilidad, por sus yantares sobrios, por su goce del momento presente, por su odio al maniquismo, a la superstición de la ciencia y al sentido progreso incesante del género humano”.

 

        Azorín no viajó al norte de África, lo cual no fue óbice para dedicarle una treintena de textos a esta temática; tener a la guerra de África como parte de su argumento de La arañita en el espejo (1927) o repetir el mensaje de que “todo el litoral alicantino semeja porción de África” y que hasta las Hogueras de San Juan tienen aspectos similares con las fiestas marroquíes. Por eso dedica un capítulo a resaltar estas coincidencias[45].      

 

       Colofón

      

        En líneas generales, Superrealismo no difiere del concepto que Azorín tiene de Monóvar a lo largo de toda su producción. Sus retratos del ambiente, recuerdos, evocación de los personajes o  sensaciones son constantes. Si analizamos la “Descripción de Monóvar” que hace para el Programa de Fiestas patronales de 1915 o sus “Papeles” de las Conversaciones con Azorín, de Jorge Campos, vemos que utiliza ideas y calificativos  semejantes. Es lógico que, en 1959, lo haga de un modo más etéreo pero, si observamos los capítulos “Rasgos de Monóvar” o “Cuestiones similares” del libro de Campos verificaremos que vuelven a aparecer don Antimo (que era su vecino de la casa de enfrente de la calle de la Cárcel)[46], Salamanca o el Vicecónsul de Esmirna[47]

 

        Es como si volviera, por última vez, a desplegar su esbozo del capítulo “Historia Antigua” de Superrealismo añadiéndole más franqueza y, si cabe, un poco de decepción por la fugacidad de la vida:

 

        “La realidad histórica de Monóvar será, para las nuevas generaciones – sin dejar de ser grata – permeable y fugitiva, como son todas las realidades históricas. No nos engañemos ni historiadores ni críticos. Para mí, quedan como restos de un naufragio en la playa, Virginia con sus ojos verdes y don Antimo en su soledad. Y con estos recuerdos, el de los ramitos de fragantes jazmines que se vendían en las calles”.[48]        

 

        Como bien ha señalado Lozano Marco, “la obra literaria de Azorín se caracteriza (...) por su gran coherencia, por las relaciones que podemos observar entre obras adscribibles a diversos géneros, y compuestas en diferentes épocas”. El profesor lo vio en Tomás Rueda[49] y nosotros lo hemos constatado en Superrealismo. Es más, hasta la celda que busca para el final de la novela, en el Convento de Santa Ana[50], cerca de Jumilla, es la misma que utilizó, en 1902, en la tercera parte de La Voluntad.[51]

 

            Superrealismo[52] y Agenda presentan elementos de similitud: la Torre del Reloj[53]; la limpieza; el Fondillón o el Casino son algunos de ellos. La magia apuntada en 1929 se acentúa, en algunas secuencias, treinta años después.          

 

         Se dice que Monóvar es la clave para comprender a Azorín. Si es así, indudablemente Superrealismo, como escenario, puede ayudarnos a ello. Es más, ha de ser considerado como un bres, una cuna donde ha nacido

 – junto a Félix Vargas -, un nuevo modo de forjar el castellano.

 

        Para los azorinistas, siempre quedará el reconocimiento a Azorín por haber hecho de Monóvar una ciudad literaria y legendaria, eje de muchas de sus producciones, en cuyo corazón se encuentra su Casa-Museo y su legado, custodiado, desde 1969, por la Caja de Ahorros del Mediterráneo.   

 

 

 

 

 

 

        

 

 

 


 

[1] Carta del 29-08-1929. Agradecemos a Dª Paz Casas que nos facilitara copia de la misma.

[2] “Queremón, Azorín y Superrealismo”, de José Payá. Monóvar, Ayuntamiento, septiembre de 1984

[3] Carta del 23-01-1925. En Azorín. En  torno a su vida y su obra,  de J. Alfonso. Barcelona, Aedos, 958, pág.. 224

[4] Carta del 30-01-1925. En Azorín, en torno a su vida y su obra, de J. Alfonso. Barcelona, Aedos, 1958, pág. 225

[5] “Azorín y Alfonso: cincuenta años de amistad”. Monóvar nº 6. Monóvar, Asociación de Estudios Monoveros, diciembre de 1987, pág. 19

[6] Carta de Azorín del 8 de septiembre de 1929. Copia en Casa-Museo Azorín (CAM).

[7] Capítulo “Historia Antigua”.

[8] “Alejandro. Uno de los personajes monoveros de Azorín”, de José Payá. Monóvar nº 15. Monóvar, Asociación de Estudios Monoveros, septiembre de 1990, págs 18-19.

[9] Así lo anuncia el propio Azorín a Queremón ese día, desde Madrid: “ La novela está terminada y comenzará enseguida la impresión”.

[10] Capítulo XXXII.

[11] Capítulo XL.

[12] Capítulo XL.

[13] “Monóvar tuvo, hace un siglo, un semanario y un diario”, de J. Payá. Monóvar, Ayuntamiento, septiembre de 1986

[14] Capítulo XXXII, “Ambiente”.

[15] Escritos de José Capilla sobre Azorín y Miró, de José Capilla Beltrán. Alicante, CAM, 1998, pág. 92. Se reproduce la carta de Azorín agradeciendo la aparición de este suplemento.

[16]  Idella, 11-01-30. Agradezco esta información a don Julio Capilla, custodio de los fondos de su padre y tan buen azorinista como su progenitor. 

[17] Capítulo XXXVII de Superrealismo. “Bolillos-Randa”, de Francisco Montoro. Monóvar nº 8. Monóvar, Asociación de Estudios Monoveros,  septiembre 1988,  pág. 1 y 2

[18] Capítulo XXXVII, (“Con la fresca”).

[19] Azorín (José Martínez Ruiz), de Werner Mulertt. Madrid, Biblioteca Nueva, 1930

[20] “La forma transgresiva en las Nuevas Obras de Azorín” de Domingo Ródenas. Anales de Literatura Española Contemporánea, vol. 24, Issues, 1-2, 1999, pág. 167-191

[21] Fue estrenada ante los micrófonos de la Unión Radio, de Madrid, el 5 de abril de 1933. Literatura Alicantina, de Vicente Ramos. Madrid, Alfaguara, 1966, pág. 170

[22] “Deuda con Azorín”, de Rafael Ferreres. Valencia nº 471. Valencia, 3-03-1967, pág. 1-2  

[23] Azorín y la amistad. Castellón de la Plana, 1954

[24] Perteneciente a la Obra Social de la Caja de Ahorros del Mediterráneo. Agradezco la ayuda prestada por doña Zoila Helbenso.

[25] Números de inventario 57150 y 57151.

[26] “Monóvar festeja a su hijo predilecto”, de José Alfonso Vidal. Mundo Gráfico, 27 de mayo de 1931

[27] “Epistolario”, de José Payá. Obras Escogidas de Azorín. Tomo III, 1998,   pág. 1376 y 1377

[28] “Yo hace tiempo que he tomado la resolución de no ir a ninguna comida ni enviar adhesión; pero este es un caso excepcional”, le explica Azorín a Miró desde Madrid.

[29] Azorín. En torno a su vida y su obra. Barcelona, Aedos, 1958

[30] “D. José Pérez Payá. Ganyivetet y su tiempo”, de Joaquín Pérez Rico. Monóvar, Ayuntamiento, septiembre de 1994, pág. 87-89

[31] Vida y versos de El Seráfico, de Alberto Navarro Pastor. Elda, Ayuntamiento, 1996; Eldenses Notables, de A. Navarro Pastor. Elda, Such y Serra, 2000, pág. 187-199. ; “Monóvar y el Seráfico”, de Francisco Montoro. Monóvar nº 2. Monóvar, Asociación de Estudios Monoveros, abril de 1986, pág. 29 

[32] Puede leerse en los apéndices de este trabajo.

[33] Carta de Azorín dirigida a Queremón Alfonso, el 23 de septiembre de 1929, en “Azorín, Queremón y Superrealismo”, de J. Payá. Monòver. Monóvar, Ayuntamiento, septiembre de 1984

[34] “Personajes de Monòver. Arturo Albert Verdú”, de Rafael Poveda. El Veinat. Boletín Informativo del Ayuntamiento de Monóvar, octubre de 2000, pág. 27 

[35] Carta del 15 de enero de 1965.

[36] “No pensaba yo entonces que acaso un elemento raro invadía mi subconsciente y había de determinar, sin que yo me diera cuenta, pasados muchos años, accidentes – con relación a la literatura –insospechados”, en “Cuestiones similares” de Conversaciones con Azorín

[37] Capítulos XXX y XXXII de Superrealismo.

[38] La tejavana se encuentra en el piso superior de la casa del Collado, cuya ventana da a la era. Debo esta información a la Dra. Martínez del Portal.  “Los Castillos y Azorín”, de José Payá. Castells nº 1. Alicante, Asociación Española de Amigos de los Castillos, Sección Provincial de Alicante, noviembre de 1991, págs. 25-29

[39] Capítulo XXI, “Gabriel Miró”.

[40] Capítulo XXXVI, “Alicante”.

[41] Monóvar, fiestas y recuerdos, de Francisco Montoro Pina. Monóvar, Generalitat Valencina, Ayuntamiento y CAM, 1998 y “Azorín en Monóvar”, de José Payá. Boletín Informativo de la Casa-Museo Azorín nº 5/6, junio 1999, págs. 42-43

[42] “La vuelta al campo en España”, de Azorín. La Prensa, 15 de enero de 1940

[43] Pueden leerse en los apéndices

[44] Carta de Albert Herrero a Azorín del 4 de septiembre de 1965. Archivo Municipal de Monóvar.

[45] “Azorín y África”, de José Payá. Anales Azorinianos IV, págs. 197-210

[46]   “Rasgos de Monóvar” en Conversaciones con Azorín, de Jorge Campos, pág. 194-196

[47]  “Cuestiones similares” en Conversaciones con Jorge Campos, pág. 190

[48] Azorín reconoce a Queremón que, en Superrealismo, “pinta a Monóvar tratando de dar una idea de su ambiente peculiar, con todas las particularidades del caso, haciendo un poco de historia moderna e historia del siglo XX”.

[49] Tomás Rueda, de Azorín. Edición, introducción y notas de Miguel Ángel Lozano. Alicante, Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, 1994, pág. 30-32

[50]  Capítulo XLIII, “Luces”.

[51]   “Santa Ana de Jumilla y la tercera parte de “La voluntad” de Azorín”, de Francisco Javier Díez de Revenga. Murcia, Academia Alfonso X El Sabio, 1990, pags. 229-232

[52] El cambio de título a El libro de Levante fue decisión de Azorín a propuesta de Cruz Rueda, según carta remitida por éste a Capilla Beltrán, desde Madrid, el 27 de diciembre de 1948   

[53] Capítulos XXXI y  XXXIII de Superrealismo.


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